65.
Cuando llega la hora de la cena, nos vamos todos al salón para prepararlo todo para la primera «noche en familia», como lo llama mi madre.
Hay una mesita delante del sofá grande, la misma que utilizamos Marcos, Natalia y yo para cenar antes del viaje, así que llevamos allí los vasos y las servilletas.
Después, Marcos y yo quitamos los adornos de una mesita baja que hay pegada a la pared y la llevamos frente al sofá más pequeño, para utilizarla nosotros.
Pedimos las pizzas, y después me voy con mi madre a la cocina para preparar un par de paquetes de palomitas que ir picando mientras llega la comida. Me doy cuenta de que no ha dejado de sonreír desde que hemos empezado a prepararlo todo, y no me cuesta imaginarme la razón.
—¿Estás contenta? —le pregunto, sonriendo yo también.
—Mucho —responde con sinceridad—. Muchas gracias por todo, cariño.
—¿A mí por qué? Yo encantado de cenar pizza.
Ella se echa a reír mientras mete el primer paquete de palomitas en el microondas.
—Qué tonto eres. Ya sabes por qué lo digo. —La sonrisa desaparece de su rostro y suelta un suspiro—. Sé que para ti ha sido muy difícil acostumbrarte a todo esto… Que me haya casado, tener hermanos… Te agradezco mucho que lo hayas intentado.
—No es nada —respondo, sonrojándome un poco ante sus palabras. A continuación, añado—: Me gusta que seas feliz.
—Pues sí, lo soy —afirma, y vuelve a sonreír otra vez—. Pero quiero que tú también lo seas.
—Lo soy —le aseguro, sonriendo yo también.
—Bueno, pues eso es lo que importa. —Se acerca para darme un abrazo, y yo se lo devuelvo con ganas. Tras unos segundos, se separa y me mira a los ojos—. ¿Sabes? Me hace mucha ilusión que Marcos y tú hayáis hecho tan buenas migas después de todo.
Mi sonrisa flaquea un poco en mi rostro, pero me esfuerzo por controlar el gesto.
—Sí. A mí también.
Cinco minutos más tarde, volvemos al salón con los dos cuencos de palomitas.
Compruebo con satisfacción que Natalia se ha sentado junto a su padre, tal como esperaba, y Marcos está en el sofá pequeño, así que camino directamente hacia él con uno de los cuencos y me siento a su lado.
Natalia ya ha escogido la película, y como no podría ser de otra manera, es una de terror.
Antonio le pide a Alexa que apague las luces y pone la película.
Iluminados solo por una pantalla que está a oscuras la mayor parte del tiempo, de pronto soy muy consciente de la presencia de Marcos a mi lado, con su muslo contra el mío y nuestros brazos rozándose.
Eso me provoca un cosquilleo agradable, y sonrío ampliamente al darme cuenta de que a partir de ahora nos esperan muchos sábados como este.
La situación se parece mucho a la de la otra película que vimos juntos la semana pasada, con Natalia, pero al mismo tiempo es muy diferente.
Para empezar, las cosas han cambiado mucho entre nosotros.
Ese día prácticamente nos acabábamos de reconciliar, y ahora, en cambio, llevamos más de una semana compartiendo intimidad entre nosotros.
Además, esa noche teníamos que compartir las palomitas con Natalia, lo que significa que duraron mucho menos.
Pero, ahora, el momento se alarga mucho más, y también los roces de nuestros dedos.
No sé si lo hace de forma deliberada, pero casi me da la impresión de que se espera a que yo meta las manos en el cuenco para hacerlo él también.
Ya se han terminado las palomitas y estoy concentrado en la película cuando, de pronto, suena el timbre. No me lo esperaba, así que doy un respingo y, sin darme cuenta, me abrazo a Marcos. Él se echa a reír y yo me aparto un poco al instante, muerto de vergüenza.
—Perdona —susurro.
—No pasa nada —responde él, y me da un apretón cariñoso en el brazo mientras me mira con una sonrisa—. ¿Tan asustado estás? Pensaba que te gustaban los juegos de terror.
—En los juegos puedo matar a los enemigos. Aquí no.
Lo miro a los ojos y, sin poder evitarlo, sonrío yo también.
Por suerte, nuestra familia no se da cuenta del momento.
Antonio ha salido a abrir al repartidor, mientras que mi madre y Natalia se han ido a la cocina a por las bebidas.
Me aparto un poco más de Marcos antes de que vengan, con el corazón todavía latiéndome con fuerza.
Un instante después, su padre regresa con las pizzas y deja la nuestra frente a nosotros.
Al momento, Natalia nos trae una botella de Coca-Cola.
Marcos y yo compartimos una mediana con palitos de mozzarella, mientras que los demás tienen una familiar.
Comenzamos a comer en silencio mientras vemos la película.
Si no he contado mal, a estas alturas el asesino ya lleva tres víctimas y se me está empezando a hacer un poco pesada la cosa, pero no me quejo: al fin y al cabo, la película es lo que me da la oportunidad de estar tan pegado a Marcos.
Él se termina primero su parte de la pizza y vuelve a reclinarse en el sofá.
Cuando termino, un par de minutos más tarde, decido probar con una nueva estrategia.
Subo las piernas al sofá y me apoyo un poco contra él, casi dejando caer la cabeza sobre su hombro.
Por supuesto, tampoco puedo hacer nada más con nuestra familia aquí, pero me gusta la cercanía y, sobre todo, me gusta el hecho de que Marcos ni se inmute, como si este gesto le pareciera lo más normal del mundo.
Cierro los ojos sin poder evitarlo, y me doy cuenta de que necesito que veamos una película los dos solos, sin nadie más en la habitación. Estoy tan a gusto ahora mismo que necesito disfrutar de un momento así con él a solas, sin preocuparme por lo que puedan pensar los demás.