64.
El sábado despierto pasadas las once y me quedo un rato en la cama, disfrutando de la sensación de no tener exámenes en el horizonte que me obliguen a pasarme el día estudiando.
Después, voy al cuarto de baño, un poco con la esperanza de encontrarme a Marcos dentro, aunque no tengo suerte.
Pero, cuando voy a la cocina a desayunar, lo veo allí comiéndose unas tostadas.
—Buenos días —lo saludo.
—Buenos días —responde con la boca llena. Traga un trozo de tostada y añade—: ¿Has dormido bien?
Aprovecho que estoy de espaldas a él, cogiendo mis cereales, para sonreír levemente ante sus palabras. Por alguna razón, me hace ilusión que me lo pregunte.
—Muy bien. ¿Y tú?
—Sí, bien.
—Me alegro.
Él sonríe y le da otro mordisco a la tostada.
—Por cierto —dice cuando se la termina, y me doy cuenta de que hay cierta timidez en su voz. Y ya estoy empezando a aprender lo que significa eso—. ¿Tienes planes para mañana?
—Eh… —comienzo, un poco sorprendido por la pregunta—. Pues no, la verdad. ¿Por?
—Porque quiero que hagamos planes juntos.
El corazón me da un vuelco.
—¿En serio? ¿Pero aquí o cómo?
—Fuera de casa —responde, pero tampoco entra en detalles.
—¿El qué?
—Es una sorpresa —dice con una sonrisa misteriosa—. ¿Confías en mí?
Hace dos semanas esto me habría resultado impensable, pero ahora…
—Claro.
—Genial.
Entonces, se termina su café, lo mete todo en el lavavajillas y se marcha de la cocina, dejándome solo y con el corazón acelerado. ¿Qué será lo que está planeando? ¿Y por qué no quiere contármelo?
Y, sobre todo, ¿desde cuándo nos preparamos sorpresas?
Cuando termino de desayunar, decido aprovechar mi mañana del sábado de la mejor forma posible: jugando a la consola. No me detengo hasta que Natalia llama a la puerta tres horas más tarde para que vaya a ayudar a poner la mesa.
Mi madre está especialmente sonriente cuando nos sentamos todos.
—Antonio y yo hemos pensado una cosa —dice con los ojos brillantes.
Los tres los miramos con intriga.
—Ninguno de los dos sois de salir mucho por la noche, ¿verdad? —nos pregunta Antonio a Marcos y a mí. Negamos con la cabeza.
—Oye, ¿y por qué a mí nadie me pregunta? —se queja Natalia.
—Porque tú eres menor de edad, mocosa —le recuerda Marcos, revolviéndole el pelo.
—Como los sábados por la noche vamos a estar todos en casa y al día siguiente no hay que madrugar —continúa Antonio, ignorando el conato de pelea entre sus hijos—, Belén y yo hemos tenido una idea.
Mira a mi madre para que sea ella quien lo diga.
—Hemos pensado que los sábados podemos hacer noches en familia.
Ahora los tres nos miramos mutuamente, pero de nuevo con intriga.
—¿En qué plan? —pregunto.
—A lo mejor podemos jugar todos a algún juego de mesa o algo así —sugiere ella—. Y, después, podemos pedir pizza para cenar viendo una película todos juntos.
—Hemos encargado un sofá de dos plazas para el salón —añade Antonio—, y va a llegar esta tarde. Así habrá hueco para todos.
No puedo evitar sonreír. Hace dos semanas ese plan me habría parecido salido del mismísimo infierno, pero ahora tengo que admitir que me encanta la idea.
Además, Antonio ha especificado que el sofá es de dos plazas, así que tal vez Marcos y yo podamos apropiárnoslo para nosotros.
Casi me estremezco al pensar en la idea de sentarme siempre junto a él, tal vez hasta de acurrucarme a su lado fingiendo que tengo sueño.
¿De verdad esta es mi vida? Porque me encanta.
—Me parece genial —respondo.
—Y a mí —añade Marcos.
—Vale, pero con una condición —dice Natalia. Todos la miramos, esperando a que hable—. Esta noche me toca a mí elegir la película, que la última vez eligieron Marcos y Fran.
Trato de contener la sonrisa, por dos razones diferentes.
La primera es que, si no recuerdo mal, la última vez Natalia quería escoger una película de terror, y eso me facilita mucho las cosas a la hora de pegarme a Marcos con la excusa de que tengo miedo.
Aunque lo más probable es que pase miedo de verdad, pero al menos, podré tenerlo a mi lado.
La segunda razón son las últimas palabras que ha dicho: «Marcos y Fran». Creo que es la primera vez que alguien pronuncia nuestros nombres juntos, al menos desde que empezó todo esto entre nosotros.
Y tengo que reconocer que me gusta cómo suena.