63.
Me quedo en la bañera hasta que termina el disco.
Para entonces, el agua se ha enfriado ya bastante, y cuando me quiero dar cuenta, tengo el cuerpo tembloroso.
Quito el tapón y, mientras se vacía el agua, me embadurno el cuerpo de gel, frotando con fuerza para tratar de entrar un poco en calor.
Después, pongo la ducha en marcha y suelto un suspiro de satisfacción cuando el agua caliente comienza a caer sobre mi cuerpo.
Pronto, el frío desaparece y los temblores remiten.
Me seco con calma antes de ponerme la ropa que he dejado a un lado.
Cojo el móvil y suelto un suspiro de resignación al ver que todavía son las seis.
Lo más probable es que Marcos no haya llegado todavía, porque de lo contrario, seguramente habría oído algún ruido en su habitación o incluso habría llamado a la puerta para entrar en el baño.
Aun así, no puedo evitar sentirme algo decepcionado cuando me acerco a su puerta y veo que dentro está oscuro.
Un segundo después, me reprendo por ello.
¿Qué más da que no esté? Tampoco es que hayamos pasado nunca la tarde juntos ni nada por el estilo.
Necesito distraer mi mente, así que entro en mi habitación, cierro la puerta y me siento en el puf frente a la tele para desconectar el cerebro matando zombis. No hay mejor forma de olvidarme del mundo que esa.
No sé cuánto tiempo ha pasado cuando alguien llama a la puerta y pongo el juego en pausa.
—¿Sí?
—Ya va a estar la cena —me avisa Natalia—. Dice tu madre que me ayudes a poner la mesa.
—Voy.
Suelto un suspiro y apago la consola. Cuando salgo de mi habitación, miro de reojo hacia la puerta de Marcos, algo esperanzado, pero dentro sigue estando oscuro. ¿Estará ya en el salón? ¿O es que todavía no ha llegado?
Pero, por supuesto, tampoco está allí.
—¿Cuántos platos llevo? —le pregunto a mi madre para asegurarme cuando voy a la cocina.
—Cuatro —responde ella—. Marcos no va a venir a cenar.
—Ah —digo, sin saber muy bien qué otra cosa decir—. ¿Y cuándo vuelve?
—Supongo que en un par de horas como mucho —contesta Antonio—. Nunca sale de fiesta, así que no creo que vuelva tarde.
—Ah —repito como un idiota—. Vale.
Llevo los platos al salón y, junto a Natalia, terminamos de poner la mesa. Al igual que con mis amigos, no participo demasiado en la conversación. Por suerte, con mi madre funciona la misma excusa que con ellos, y no insiste demasiado cuando le digo que he estado durmiendo mal estos días.
—Pero acuéstate pronto, ¿vale?—me aconseja—. Después del viaje es normal que tengas los horarios desfasados; necesitas descansar.
—Sí, tranquila.
Pero, por supuesto, no lo hago. Cuando termino de cenar, vuelvo a la comisaría de Raccoon City; es la única forma de acallar mis pensamientos.
Una hora más tarde, aparece mi madre para darme las buenas noches y recordarme que debería acostarme temprano, aunque esta vez tampoco le hago caso.
Sin embargo, con el tiempo comienzo a notar que se me cierran los ojos y cada vez me cuesta más concentrarme, así que apago la consola y me pongo en pie para ir cuarto de baño.
Con suerte, no tardaré demasiado en quedarme dormido cuando me acueste.
Tengo tanto sueño que tardo un segundo en darme cuenta de que la luz del baño está encendida cuando abro la puerta. Lo siguiente que proceso es el sonido de Marcos meando.
—Tío, pero llama al menos —se queja.
—Perdona. No sabía que habías vuelto.
—Acabo de llegar, es que estaba intentando no hacer ruido.
Lo miro mientras tira de la cisterna y se dirige al lavabo. Me dirige una sonrisa a través del espejo mientras se lava las manos, pero estoy demasiado cansado para devolvérsela. Y tal vez un poco molesto todavía, para qué nos vamos a engañar.
—Buenas noches —dice cuando pasa junto a mí para marcharse, y cierra la puerta tras él.
Que me dé las buenas noches cuando supuestamente íbamos a convertir lo de ayer en una tradición me molesta aún más. Pero tengo sueño de todos modos, así que tampoco me voy a quejar.
Cuando salgo del cuarto de baño unos minutos más tarde, su puerta está cerrada.
La casa está a oscuras y en silencio, a excepción del sonido amortiguado de los ronquidos de Antonio a través de la puerta.
Marcos no mentía ayer: era imposible que nadie pudiera oír nada de lo que estábamos haciendo.
Vuelvo a mi habitación, cierro la puerta y me meto en la cama.
Un segundo después, mi móvil vibra con un mensaje.
Ey
Ey
Qué tal?
Bien
No me digno a preguntarle cómo está él; quiero hacerme el duro. Sé que estoy siendo un niñato y un inmaduro, pero, si estoy molesto con él, lo lógico es que actúe en consecuencia. Aunque Marcos no parece darse cuenta, porque su siguiente mensaje me deja de piedra.
Jugamos?
Paso, tengo sueño
Venga ya
La tengo durísima…
Pues hazte una paja
Anda, Fran
No seas así
Y, entonces, recibo una fotopolla. No mentía: es verdad que la tiene durísima. Y el problema es que la mía comienza a reaccionar al instante al verla. Será traidora.
Por qué quieres que te la chupe?
Porque estoy cachondo
Y qué más?
Porque la chupas dpm
Sinceramente… ¿a quién pretendo engañar? Aunque hace cinco minutos me estaba cayendo de sueño, ahora mismo estoy deseando volver a hacerlo.
Bueno, vale
Pero ven tú
Tío… que estoy empalmadísimo
Me pueden ver
Pues tú sabrás
Buenas noches!
Tío… qué cabrón
No contesto a eso último. En realidad, solo me estoy metiendo con él por puro rencor infantil, porque, por algún motivo, sigo molesto por la estúpida razón de que no haya estado esta tarde en casa conmigo. Pero lo estoy empezando a conocer, y sé que va a venir de todos modos.
Tal como esperaba, la puerta de mi habitación se abre unos segundos después y allí está él, tan empalmadísimo como decía.
—Qué cabrón eres —susurra al plantarse frente a mí.
—¿A que no te la chupo? —contraataco mientras me siento en la cama.
—Venga ya, Fran —dice mientras se baja los bóxers—. No seas así.
Quiero responderle, y también quiero enfadarme con él.
Sin embargo, la visión de su pene erecto frente a mí es demasiado tentadora, así que no puedo hacer otra cosa que metérmelo en la boca y disfrutar de su dureza y su calidez, de ese sabor que cada vez me resulta más familiar.
Mientras tanto, me bajo el pantalón del pijama y comienzo a masturbarme.
Cuando inunda mi boca apenas unos minutos más tarde, la excitación que siento es tan grande que no necesito más que acelerar un poco para correrme yo también. Mientras los chorros de semen salen por mi polla, me trago el de Marcos hasta la última gota.
—Joder —susurra simplemente.
—¿Qué pasa?
—Que la chupas que flipas.
Enrojezco ligeramente, dando gracias a la oscuridad.
—Qué exagerado.
—Te lo digo en serio, Fran —insiste—. Por mí, me correría en tu boca todos los días.
—Joder, y decían que el romanticismo había muerto.
Pero, en el fondo, se me escapa una sonrisa. Después de todo, a mí tampoco me importaría tragarme su semen todos los días.
No me creo la suerte que tengo de poder seguir haciéndolo.