62.
Por suerte, la mañana no se me hace demasiado pesada. Entre clase y clase, Álex me hace alguna pregunta sobre Marcos, y le cuento lo que pasó ayer sin entrar en demasiados detalles.
—Tío, estás fatal —me reprende, aunque con una sonrisa.
—¿Por qué?
—Joder, que estabais en vuestra casa. Con vuestros padres… y la hermana de Marcos.
—¿Te crees que nuestros padres no follarán estando en casa o qué? —replico, utilizando el mismo argumento infalible que me dio él.
—Bueno, vale, eso es verdad. Pero, no sé, no es lo mismo.
—¿Por qué? —pregunto, algo molesto—. ¿Porque somos dos chicos?
Ella frunce el ceño.
—Venga ya, Fran, no vayas por ahí. Sabes que no tiene nada que ver con eso.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—No sé, Fran, es que vuestros padres están casados. Técnicamente, es como si fuerais…
—No somos hermanos —la interrumpo—. Ni compartimos sangre ni esto tiene nada que ver con el incesto, así que…
—Venga, no te enfades, anda. Si sabes que yo te apoyo. Tan solo estoy preocupada.
—Bueno, pues no te preocupes tanto. Los dos somos mayorcitos y sabemos lo que hacemos.
—También me preocupa una cosa más.
—¿El qué?
—¿Se lo has contado a Alejo?
Uf.
Alejo.
Para ser sincero, lo he estado rehuyendo un poco desde que empezó todo esto con Marcos.
No es que haya pasado de él ni mucho menos, pero el hecho de querer evitar el tema ha provocado que no esté hablando con él tanto como antes.
Alejo es mi mejor amigo, y por eso él es precisamente la persona que mejor sabe lo mal que me caía Marcos hasta hace literalmente unos días.
Si hay alguien que no lo entendería, ese es él.
Pero, por supuesto, sé que tengo que contárselo en algún momento. Es solo que todavía es todo demasiado nuevo; todavía no me he acostumbrado a esta nueva realidad con Marcos ni sé muy bien cómo definirla.
Como casi todos los viernes (y también los jueves, aunque a partir de ahora parece que eso se va a acabar), me quedo comiendo con mis amigos después de clase.
Sin embargo, apenas soy capaz de concentrarme en la conversación y de contestar con nada que no sean monosílabos; estoy demasiado metido en mis pensamientos.
Por suerte, decir que tengo los horarios desfasados por el viaje y que he dormido mal basta para que nadie me presione demasiado al respecto.
Cuando llego a casa, a eso de las cinco de la tarde, me asomo a la puerta del salón y veo a mi madre y a Antonio viendo la tele en el sofá, con Natalia haciendo los deberes en el suelo, tal como parece que suele hacer. Sin embargo, no hay rastro de Marcos por ninguna parte.
—Buenas —los saludo, tratando de fingir indiferencia.
—¿Qué tal, cariño? —pregunta mi madre.
—Bien, como siempre. —Hago una pausa, y entonces—: ¿Marcos está en su cuarto?
—No, ha salido —me informa Natalia—. ¿Por?
—Nada, por saber. Me voy a mi cuarto.
Sin embargo, por alguna razón que no logro comprender, me doy cuenta de que estoy un poco molesto.
Me he acostumbrado demasiado a la presencia de Marcos; después de todo, en el viaje nos hemos pasado prácticamente las veinticuatro horas juntos.
Ahora que tenemos que separarnos para ir a clase, me resulta extraño volver a casa y que tampoco esté.
Me tumbo en la cama dispuesto a perder el tiempo con el móvil, pero me doy cuenta de que no me apetece hacer nada, ni matar el rato en TikTok o en Instagram ni hablar con nadie.
Tampoco me apetece ponerme a jugar a algo, ni mucho menos estudiar.
Sigo con la cabeza saturada, y ahora lo único que necesito es relajarme un poco.
Así pues, vuelvo a levantarme y me voy al cuarto de baño.
Una vez allí, pongo el tapón de la bañera y comienzo a llenarla de agua calentita.
Cuando ya va por más de la mitad, pongo el último disco de Darío en el móvil y me meto en la bañera.
Suelto un suspiro de satisfacción cuando el agua caliente cubre mi cuerpo; hacía una eternidad que no me daba un baño calentito. Apoyo la cabeza en el borde de la bañera y cierro los ojos. Con la música sonando bajito y el agua acariciando mi cuerpo, pronto comienzo a relajarme poco a poco.
Pero los pensamientos sobre Marcos siguen ahí, y ya no puedo seguir ignorándolos.
Es evidente que está pasando algo entre nosotros, o al menos por mi parte.
A estas alturas me resulta imposible creer que sea hetero, por mucho que me haya dicho que no le gustan los chicos.
La única opción coherente es que sea bisexual y esté empezando a descubrirlo conmigo, porque es lo único que tiene sentido.
Pero, por supuesto, no le voy a presionar más al respecto, sobre todo después de nuestra conversación tumbados sobre aquella roca de la playa.
Sin embargo, espero que al menos pueda confiar en mí si necesita hablar del tema. Sé que no es un proceso fácil, y me gustaría poder ayudarle. Después de lo que ha pasado durante esta última semana entre nosotros, es lo mínimo que debería hacer por él.
En cualquier caso, el verdadero problema es que ya no puedo seguir mintiéndome: me gusta Marcos.
No sé cómo ha pasado ni por qué, pero no tiene sentido que trate de negármelo más.
Puede que por su parte no sea más que un desahogo sexual; después de todo, si está descubriendo su bisexualidad conmigo, tiene sentido que tenga ganas de experimentar y probar cosas nuevas.
Pero a mí me gusta, aunque haya tratado de negármelo, y ni siquiera sé cuándo ha pasado exactamente. ¿De verdad pueden cambiar tanto las cosas en tan poco tiempo?
Hoy mismo se cumplirá una semana desde nuestra primera noche juntos en el hotel, aunque parece que haya sido hace un millón de años.
Hasta esa misma noche, estaba bastante seguro de que Marcos me caía mal, a pesar de aquellos momentos de curiosidad debido a los encuentros desafortunados en casa.
Pero, entonces, las hormonas se apoderaron de nosotros y pasó lo que pasó, y después las cosas fueron creciendo a pasos agigantados con cada noche que pasábamos juntos.
¿En qué momento dejó de caerme mal para dar paso a esto?
Me gusta Marcos, y eso supone un gran problema. O, más bien, un par de ellos.
El primero es el más obvio, y es que sería complicar las cosas de forma innecesaria.
Lo que hacemos por las noches es algo inocuo e inocente; no le hacemos daño a nadie.
Pero, si hay sentimientos de por medio… En ese caso, la cosa se complica, y mucho.
De momento estoy bien, sí, y en general no necesito de él nada más que lo que me da.
Pero, ¿acaso no van ya varias veces que deseo que me bese?
¿Acaso no deseaba anoche poder volver a dormir con él?
Aunque ahora esté bien, si esos deseos sin corresponder siguen creciendo, es posible que la frustración acabe provocando que sea yo mismo quien se lo acabe cargando todo tarde o temprano.
Y eso me lleva al segundo problema, y es el más evidente: nuestros padres están casados.
Si esto sale mal, Marcos y yo no seremos los únicos que acabaremos mal: la onda expansiva afectaría a toda la familia.
Y, pase lo que pase, no puedo permitirme hacerle daño a mi madre.
Ni siquiera sé si puede haber alguna clase de sentimiento hacia mí por parte de Marcos, pero si él también siente algo o acaba sintiéndolo, eso también sería problemático.
Solo tendríamos dos opciones: ocultarlo o contarlo.
Lo primero sería complicado; ¿cómo le vamos a ocultar una relación a nuestra familia cuando los dos vivimos en la misma casa?
Y, en cuanto a la segunda opción… ¿cómo van a ser capaces de aceptarlo siquiera? Nos cargaríamos la familia.
Me lleno las manos de agua y me la echo en la cara, tratando de sacarme esos pensamientos de la cabeza. A continuación, estiro el brazo para coger el móvil y subo el volumen de la música, no demasiado, pero sí lo suficiente como para acallar un poco a mi propia mente.
Aun así, no puedo evitar sentir ese cosquilleo en el estómago al pensar que tal vez Marcos pueda llegar a sentir algo por mí, por imposible que parezca.