El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 60.
67%

60.

‎

Unos diez minutos más tarde, oigo la cisterna del baño. El corazón comienza a latirme con fuerza una vez más. ¿Se habrá dormido ya su padre? Si es así, Marcos podría entrar en mi habitación de un momento a otro.

Y, efectivamente, la puerta se abre apenas unos segundos después.

Oigo el suave clic del pestillo, y después sus pasos amortiguados mientras se acerca a mi cama.

Lo ilumino con la pantalla del móvil y veo que lleva sus bóxers negros habituales, aunque se adivina un bulto tentador debajo.

Dejo el móvil a un lado, con la pantalla encendida para tener algo de luz, y después llevo las piernas al suelo para sentarme en la cama y quedarme frente a él.

Y entonces, por fin, le bajo los calzoncillos.

Su polla está semierecta, así que la tomo con la mano y comienzo a masajearla despacio, disfrutando al sentir cómo crece entre mis dedos. He pasado casi dos días sin tocarla, pero por fin puedo hacerlo. Levanto la mirada hacia él y nuestros ojos se encuentran en la penumbra.

—Oye, Fran —susurra mientras le doy placer.

—Dime.

—¿Te importa si hoy vamos rápido? Que mañana tengo que levantarme temprano.

—Sin problema —respondo—. Yo también estaba pensando que deberíamos hacer estas cosas rápido, que así es menos arriesgado.

—Me parece bien. Ya podremos tomarnos nuestro tiempo cuando estemos solos en casa.

—Pero avísame cuando te vayas a correr, ¿vale? —le pido.

—¿Ya no quieres que me corra en tu boca?

—Al contrario. Lo que quiero es asegurarme de que no cae nada por fuera, que luego se me mancha la cama.

En realidad, lo que quiero es no desperdiciar ni una sola gota, y también aprovechar para correrme yo a la vez mientras saboreo el placer de su cuerpo, aunque no se lo digo.

—Tranquilo, yo te aviso —me asegura.

Para entonces su polla ya está totalmente dura, así que me la meto en la boca.

Trato de contener un gemido al saborearla; es todavía mejor de lo que recordaba.

Hace menos de cuarenta y ocho horas que la he tenido en la boca, pero es como si hubiera pasado una eternidad.

Espero que a partir de ahora tengamos ocasión de hacer esto todas las noches, porque no se me ocurre una mejor forma de terminar el día.

Es evidente que Marcos se muere de ganas tanto como yo, porque su polla palpita en mi boca mientras se la chupo con ansia.

Su respiración se acelera de forma evidente, aunque por suerte logra controlarse lo suficiente como para no gemir.

Yo me masturbo mientras tanto, y no tardo en darme cuenta de que estoy a punto.

Solo tendría que acelerar un poco la velocidad para correrme.

—Fran… ya estoy a punto —susurra apenas un par de minutos más tarde. Continúo chupando con más ganas que nunca, aumentando la velocidad de mi brazo. Su respiración se acelera todavía más, y entonces—: Me corro.

Los densos chorros de semen salen disparados hasta mi garganta; el sabor intenso impregna mi lengua y mi paladar y hace que yo también me corra al instante.

Su polla palpita varias veces, derramándose dentro de mi boca, y no me queda más opción que tragármelo todo mientras termino de correrme sobre el suelo, temblando a causa del torrente de sensaciones.

—Joder —susurra.

Recorro toda su longitud con la lengua y me detengo especialmente en el glande, asegurándome de que no quede ni una sola gota por tragar. Después, me saco su polla de la boca y observo a Marcos con una sonrisa.

—¿Te ha gustado?

—Mucho —me asegura—. ¿Tienes pañuelos?

Asiento con la cabeza y me estiro para alcanzarle los que tengo en la mesita de noche. Le doy uno para que pueda secarse, aunque lo único que hay es mi saliva, y cojo un par más para hacer lo mismo. A continuación, utilizo los pañuelos para limpiar el suelo.

—Bueno… —digo cuando terminamos, sin saber muy bien qué decir—. Será mejor que nos vayamos a dormir, ¿no?

—Sí, que no quiero que se me vuelvan a pegar las sábanas mañana. ¿Me das los pañuelos?

—¿Quieres más? —pregunto extrañado; ya se ha limpiado y se ha subido los bóxers.

—No, los tuyos. Así te los tiro en el baño.

—¡Ah! Vale.

Algo cohibido, cojo los pañuelos húmedos y llenos de mi semen y se los tiendo. Si está asqueado por ello, no lo demuestra.

—Pues nada… Buenas noches, Fran.

—Buenas noches, Marcos.

Compartimos una sonrisa más, y entonces se aleja de mi cama.

Oigo el sonido suave del pestillo deslizándose, y después el de mi puerta abriéndose y cerrándose.

Me tumbo en la cama y, apenas unos segundos más tarde, vuelvo a oír la cisterna.

Me pego a la pared y sonrío al sentir el colchón cediendo al otro lado cuando se acuesta.

De pronto, soy plenamente consciente del sabor de su semen en mi boca. Podría tomarme un chicle de los que tengo en la mesita de noche, pero… ¿para qué? No me molesta, sino más bien todo lo contrario.

No tardo en oír el sonido amortiguado de su respiración profunda al otro lado de la pared, y la sonrisa de antes vuelve a aparecer en mi cara una vez más. A continuación, me abrazo a la almohada y me imagino que es él mientras escucho sus suaves ronquidos y siento el sabor de su placer en mi boca.

Puede que no podamos dormir juntos como me gustaría, pero al menos, esto se le acerca un poco.