57.
Despierto de buen humor después de haber dormido nueve horazas del tirón. ¡Nueve horas! Ni siquiera recuerdo la última vez que dormí tanto tiempo, pero tienen que haber pasado años. Mi móvil está sobre la cama, a unos centímetros de mi mano, así que lo alcanzo para ver qué me ha respondido Marcos.
Mi buen humor se agria de inmediato.
Me ha dejado en visto.
Venga ya. ¡Me ha dejado en visto!
Nos hemos pasado cinco días corriéndonos juntos, hemos follado como conejos, y ahora me deja en visto. ¡En putísimo visto! A mí me están grabando.
Invadido por una mala hostia repentina, salgo de la cama y voy al cuarto de baño; me he pasado tantas horas durmiendo que estoy a punto de explotar.
Mientras estoy dentro, oigo pasos apresurados por el pasillo y después el sonido de la puerta de la entrada cerrándose, y recuerdo que Marcos siempre es el primero en salir de casa por la mañana.
En fin, al menos voy a poder ducharme tranquilo sin que me pida entrar.
Después de ducharme y tomarme un desayuno rápido, cojo lo primero que pillo del armario y me peino sin mucho cuidado antes de salir de casa.
El buen humor con el que me he despertado está más que muerto, y ahora mismo no podría apetecerme menos la perspectiva de pasarme una mañana entera en clase.
Supongo que resulta evidente en mi rostro, porque Álex hace una mueca nada más verme llegar a las escaleras de la facultad.
—Qué cara traes, ¿no? —pregunta mientras nos abrazamos antes de entrar—. Creo que no te ha sentado muy bien volver a la rutina.
Mi única respuesta es un gruñido.
Con una paciencia que no sé de dónde saco, aguanto estoicamente durante toda la mañana de clases. Trato de animar mi mente con los recuerdos de estos últimos días, pero tampoco es que me sirva de mucho cuando Marcos aparece en casi todos ellos y ahora me ha dejado en visto. ¡En putísimo visto!
Todos los tíos son iguales, joder. Te usan para descargarse y después, cuando ya no te necesitan, te tiran a la basura como un pañuelo corrido.
Me cago en él, en su puta polla y hasta en su puto pelo de oveja.
Álex me pregunta por el viaje entre clase y clase, pero yo le doy largas en todo momento y prometo contárselo todo cuando estemos comiendo. Sin embargo, cuando al fin llega la hora, no sé ni por dónde empezar. Ayer hasta me hacía ilusión la idea de contarle lo que ha pasado, pero ahora…
—A ver, Fran, suéltalo ya —me dice con voz tajante—. ¿Qué te pasa? Me estás empezando a preocupar.
El corazón me late a mil por hora. Tengo la respiración acelerada, así que tomo aire con lentitud para tratar de calmarme. No funciona, y mientras tanto los ojos de mi amiga no dejan de mirarme fijamente.
Trago saliva y, sin darle más vueltas, lo suelto de sopetón.
—He follado con Marcos.
Ella continúa mirándome, como si no fuera capaz de procesar mis palabras. Y entonces, de repente, se echa a reír. Pestañeo un par de veces, confuso. ¿Qué cojones tiene esto de gracioso?
—Sí, y yo he follado con tu tío Jesús porque me pone a mil, pero no se lo cuentes a nadie.
Está hablando del padre de Vero y Víctor, el turbofacha que parece el primo de Gollum.
—Que no es coña, Álex.
—Que sí, Fran, muy buena —dice entre carcajadas—. Pero venga, ahora en serio.
—Álex… Te lo estoy diciendo en serio.
Ella pone los ojos en blanco antes de contestar.
—Ya, claro. No tienes nada mejor que hacer que follarte a…
—Joder, Álex —la interrumpo exasperado, notando que me arden las mejillas—. Que no es coña. Que hemos follado.
Me mira fijamente mientras su sonrisa desaparece de su rostro con lentitud, dándose cuenta al fin de que esto no es ninguna broma. Lo más probable es que se lo haya terminado de confirmar el intenso rubor que ha invadido mis mejillas.
—Joder —susurra, claramente incrédula.
—Ya.
—Joder.
Ahora soy yo quien pone los ojos en blanco.
—¡Ya lo sé!
—Joder, Fran. Estoy flipando. —Tiene los ojos tan abiertos que la situación sería hasta cómica en otras circunstancias—. ¿De verdad te has tirado a Marcos?
—Que sí, cojones.
—¿Es que estabas borracho o algo? —pregunta, incrédula. Entonces, hace una pausa y se pone muy seria de repente—. Espera. No se habrá aprovechado de ti, ¿verdad?
—No, no —le aseguro—. Tranquila. Los dos éramos totalmente conscientes de lo que estaba pasando. A ver, habíamos bebido un par de copas y tal, pero nada más.
—Pero… ¿por qué? —insiste—. ¿Por qué coño has follado con Marcos?
Suelto un suspiro, consciente de lo difícil que va a ser esto.
Y, entonces, comienzo a contárselo todo, aunque procurando ahorrarle los detalles más escabrosos: los encuentros en el baño y como había ido aumentando mi curiosidad por él sin que yo mismo me diera cuenta, el día que lo pillé en el salón, el viaje y todo lo que pasó esos días…
Tengo la cara cada vez más roja y trato de no contarle más que lo estrictamente imprescindible para que pueda comprender bien la situación, pero…
—Creo que me va a entrar una sobredosis de sexo solo de oírte —dice.
—Ja, ja.
—Oye, ¿y cómo la tiene?
—¡Tía!
—Joder, ¿qué pasa? Me da curiosidad.
Pongo los ojos en blanco. Sin embargo, ella arquea una ceja mientras me mira y sé que no va a parar hasta que le dé una respuesta. Bajo la mirada hasta mis manos y las coloco a lo que calculo que será una distancia aproximada.
—Ah, pues no está mal —comenta, como quien habla del tiempo—. Aunque pensé que la tendría más grande, la verdad.
Muy a mi pesar, trato de contener la risa.
—Cómo se nota que a ti nunca te han metido nada por el culo. Su polla es perfecta, créeme.
—Uy —dice con una sonrisita.
—¿Qué pasa ahora?
—«Su polla es perfecta, créeme» —repite sin dejar de sonreír, y eso me hace enrojecer todavía más, si es que es posible—. ¿Hay algo que no me estés contando?
—Te acabo de contar que estoy follando con Marcos. ¿De verdad crees que me he dejado algo por contarte?
—Pues yo creo que te gusta.
—¿Marcos? —Suelto una carcajada—. Tú flipas.
—Has follado con un montón de tíos y nunca me habías dicho que ninguno tuviera la polla perfecta —señala.
Pongo los ojos en blanco una vez más.
—Tampoco he follado con tantos tíos.
—Ya, bueno. Pero ninguno la tenía perfecta.
—Joder, que es una forma de hablar.
—Ya.
—Que no me gusta, ¿vale? —insisto, algo molesto por la sugerencia, aunque no sé muy bien por qué—. Solo era sexo. Los dos estábamos cachondos, no nos quedaba otra que dormir juntos, y surgió sin más. Tampoco es para tanto.
—Ya.
—Joder, Álex —insisto—. Que te lo estoy diciendo en serio. A la próxima no te voy a contar nada…
—Vale, vale. Perdón. Es que… —Niega con la cabeza, todavía incrédula, y entonces sonríe—. Joder, Fran. Marcos. ¡Has follado con Marcos!
El rubor que parecía haber empezado a remitir vuelve a intensificarse.
—Ya.
—¿Y qué tal folla?
—¡Joder, Alex! —repito.
—Vale, vale. Ya me callo. —Deja de sonreír y se pone seria—. ¿Y ahora qué vais a hacer?
Buena pregunta. Si me lo hubiera preguntado ayer, aunque tampoco tendría una respuesta, mis pensamientos serían muy diferentes.
Pero, ahora que Marcos parece estar ignorándome de forma deliberada…
¿Será que se arrepiente de lo que hemos hecho estos días?
Ahora que volvemos a estar en casa y hemos vuelto a la rutina habitual, ¿preferiría que no hubiéramos hecho nada?
O, peor todavía, ¿y si está enfadado conmigo o algo así?
Después de todo, él me dijo varias veces que no le gustaban los chicos.
¿Y si se ha sentido presionado y yo no me he dado cuenta?
Pero no puede ser, ¿verdad? Todo lo que hemos hecho ha sido con su consentimiento, y ni siquiera le insistí para que hiciéramos nada que él no quisiera hacer.
Supongo que la respuesta más sencilla es precisamente la más probable: lo que pasó entre nosotros se debe solo a la desafortunada mezcla entre nuestras hormonas desbocadas, el alcohol y la proximidad forzada de tener que compartir una cama durante cinco noches.
Y, ahora que se ha terminado el viaje y hemos vuelto a nuestra rutina habitual, también se ha terminado todo lo que hemos compartido estos días.
—Sinceramente… —respondo al fin, con un nudo en la garganta que no sé muy bien a qué se debe—. No lo sé.