56.
No llegamos a casa hasta pasadas las cuatro de la tarde, así que tampoco es que vaya a tener tiempo de hacer gran cosa hoy, sobre todo teniendo en cuenta que estoy muerto de sueño y quiero irme a la cama temprano.
Al principio me cuesta entender por qué, ya que me he pasado varias horas sentado primero en un autobús, después en un avión y más tarde en un coche.
Pero entonces recuerdo que, entre unas cosas y otras, tampoco es que durmiera mucho anoche, así que no debería extrañarme.
Esta primera tarde de vuelta en casa se me hace rara.
Estamos todos en el mismo sitio, al igual que estos últimos días, pero la situación no podría ser más diferente.
De nuevo siento esa melancolía en el ambiente que noté ayer en la playa; es evidente que a todos nos da pena que se haya terminado ya el viaje.
Y pensar que busqué todas las excusas posibles para tratar de escaquearme…
Lo primero que hago, por petición de mi madre y de Antonio, es deshacer el equipaje y llevar toda la ropa sucia a lavar.
A continuación, me meto en el cuarto de baño para darme una ducha larga y caliente; lo necesitaba después del viaje.
Dejo el pestillo sin cerrar y, mientras estoy bajo el agua, no puedo evitar preguntarme si Marcos llamará a la puerta de un momento a otro.
Pero no lo hace.
Después de ducharme, me siento en el puf de mi habitación para retomar mi partida al Resident Evil 2 , pero no aguanto ni diez minutos.
Tengo la cabeza demasiado dispersa y soy incapaz de concentrarme, así que apago la consola y me tumbo en la cama.
Con los ojos cerrados, me doy cuenta de algo: ahora que vuelvo a estar en casa, en mi cama de siempre y en una habitación muy parecida a mi habitación de siempre, es como si todo lo que ocurrió en ese hotel entre Marcos y yo no fuera real, como si le hubiera ocurrido a otra persona, o como si lo hubiera visto en una película.
Parece mentira que de verdad me haya ocurrido a mí, pero el olor y el sabor de Marcos siguen siendo demasiado nítidos en mi mente como para ser imaginarios.
Me doy cuenta de que necesito hablar de esto con alguien, aclararme un poco las ideas ahora que ha terminado el viaje.
Durante estos días me he dejado llevar, he permitido que mi cuerpo, mis hormonas y tal vez mi corazón dominaran mis acciones.
No he querido hablar con nadie a propósito; no quería permitir que nadie interfiriera con lo que estábamos haciendo Marcos y yo, con cómo se desarrollaban las cosas entre nosotros.
Pero, ahora que vuelvo a estar en casa, ha llegado el momento de pensar con la cabeza para saber cómo actuar en el futuro, así que necesito hablar con alguien que me ayude a saber qué hacer.
Sin embargo, me cuesta encontrar a la persona adecuada.
Vero está descartada desde el principio, eso por supuesto.
Aunque la quiero mucho y siempre se lo cuento todo, ella también forma parte de esta familia, así que puedo imaginarme lo que me diría si le contara lo que hemos hecho Marcos y yo ahora que somos hermanastros.
Y, por supuesto, su hermano Víctor no es siquiera una opción.
El chaval es buena gente y nunca ha tenido problemas con mi sexualidad, a diferencia del orco de su padre, pero jamás he hablado con él de mis sentimientos y no voy a empezar a hacerlo ahora.
Alejo también está descartado, y por más razones todavía.
Aunque es mi mejor amigo y se lo cuento casi todo, hay un tema que siempre evitamos tocar: el sexo.
Es una especie de acuerdo tácito entre nosotros; salvo que sea totalmente necesario, yo no le hablo de sexo gay y él no me habla de sexo hetero.
Y, aunque esta situación entraría precisamente en la categoría de lo «totalmente necesario», hay un problema más: todo esto no ha ocurrido con una persona cualquiera, sino con Marcos.
El putísimo Marcos, tal como llevamos ya más de un año refiriéndonos a él.
Sé que Alejo jamás comprendería lo que ha ocurrido estos días entre nosotros.
Eso convierte a Álex en mi única opción, pero no por descarte, sino por idoneidad.
Por una parte, ella ni forma parte de la familia ni tiene la misma historia compartida con Marcos que tenemos Alejo y yo, así que puede ser neutra en ese sentido, aunque sabe perfectamente que mi nuevo hermanastro nunca me ha caído muy bien que digamos.
Y, por otro lado, la conozco lo suficiente como para saber que no se va a escandalizar al enterarse de que han pasado cosas entre nosotros, siempre que no entre demasiado en detalles.
Es verdad que eso significa que no voy a poder hablar con toda la libertad que me gustaría, pero sigue siendo mi mejor opción.
Así pues, le mando un mensaje preguntándole cómo lo tiene mañana, para quedar con la excusa de contarle lo que he hecho durante el viaje y darle la postal que le compré en una tienda de regalos.
Como tenemos casi todas nuestras clases juntos pero ese no es precisamente el mejor lugar para hablar de estas cosas, quedamos en comer juntos después de la universidad.
Uf. La universidad. Después de estos días de vacaciones, tener que ir a clase me parece un castigo inhumano. Decido que tengo que aprovechar bien mis últimas horas antes de volver a la rutina, así que, como no podía ser de otra manera, me paso el resto de la tarde entre TikTok e Instagram.
A eso de las nueve, mi madre llama a la puerta.
—Vamos a pedir pizza para cenar —me dice—. ¿Lo de siempre?
—Lo de siempre —confirmo.
Desde que tengo uso de razón, siempre pido lo mismo: pizza barbacoa con una botella de Coca-Cola bien fría.
Aunque creo que ahora me va a saber a poco después del italiano de la playa, porque esa comida estaba a otro nivel.
Pero ya están empezando a gruñirme las tripas, así que tampoco voy a hacerle ascos.
Media hora más tarde suena el timbre, así que me levanto de la cama y me dirijo hacia el salón. Por el camino me doy cuenta de lo cansado que estoy y suelto un prolongado bostezo, reafirmando mis ganas de acostarme temprano esta noche.
Marcos y Natalia ya están sentados cuando llego, así que ocupo mi asiento ya habitual junto a él. Lo miro con una leve sonrisa en los labios, pero él no me está mirando. En lugar de eso, tiene la vista clavada en el móvil y cara de concentración.
—No os acostumbréis a esto, ¿eh? —nos advierte Antonio cuando deja las cajas sobre la mesa—. Hemos pedido pizza porque estábamos muy cansados para cocinar, pero no penséis que esto va a ser así siempre.
—A partir de mañana, volvemos a la comida sana —añade mi madre—. Nos hemos pasado un poco durante las vacaciones.
Natalia hace una mueca.
—Espero que ahora no estemos una semana a base de ensaladas.
—Ya veremos —contesta su padre entre risas.
El resto de la cena transcurre con normalidad, salvo por un detalle: Marcos parece extrañamente ausente; es como si fuera una persona diferente al que ha venido de viaje con nosotros.
Al que ha compartido esas cinco noches conmigo.
Lo miro más veces de lo que debería, pero él no me devuelve la mirada en ninguna de ellas.
De hecho, apenas participa siquiera en toda la conversación, aunque se come con ganas la mitad de la pizza mediana que comparte con Natalia.
Poco después de las diez, ya hemos terminado todos de comer.
—Me voy a la cama —anuncio, poniéndome en pie—. Estoy que me caigo.
—Yo también —se suma Marcos, casi lo primero que dice desde que se ha sentado.
Nos damos todos las buenas noches y salimos del salón.
Soy muy consciente de Marcos caminando detrás de mí, y me pregunto si él también estará recordando los momentos que hemos compartido juntos estos días.
¿Cuándo tendremos ocasión de repetirlo? No va a ser fácil viviendo en una casa con otras tres personas, pero espero que podamos hacerlo pronto.
Cuando salgo del cuarto de baño, veo que tiene la puerta abierta, así que me acerco con cierta timidez y llamo antes de asomarme. Marcos está sentado frente al escritorio, con el portátil abierto, pero hace girar la silla al oírme.
—Me voy a dormir —le digo, sin saber muy bien por qué. Supongo que, después de habernos pasado cinco noches durmiendo juntos, parece lo lógico—. Buenas noches.
—Buenas noches —contesta simplemente.
Me gustaría hacer algo más, ¿pero el qué? ¿Darle un abrazo, un beso de buenas noches o algo así? Me gustaría, sí, pero no puedo hacerlo. Así pues, le dirijo una sonrisa y me voy a mi habitación. Cuando cierro la puerta, oigo que se mete en el cuarto de baño.
Se me hace raro volver a estar en mi cama.
Sí, es mi cama de siempre, pero en estos días me he acostumbrado tanto a la cama del hotel que ahora me resulta extraño estar aquí otra vez.
No, en realidad no es eso. Lo que me resulta extraño no es la cama en sí, sino el hecho de no poder compartirla con Marcos.
Me pregunto si alguna vez tendremos ocasión de hacerlo.
¿Tal vez algún día que nuestros padres salgan por la noche o algo así?
Suelto un suspiro, y me doy cuenta de que siento algo molesto en el pecho, como una especie de vacío por su ausencia.
¿En serio basta con cinco días para acostumbrarte a dormir con alguien?
Después de lo que he hecho con él estas últimas noches, ni siquiera me apetece hacerme una paja yo solo.
¿Le pasará a él lo mismo? ¿También me echará de menos o lo que sea que me esté pasando ahora mismo?
Presa de un impulso repentino, decido mandarle un mensaje.
Me gustaba más dormir contigo estas noches, la verdad
Nada más mandarlo, oigo que suena la cisterna del cuarto de baño, y un poco más tarde, el sonido de la puerta abriéndose.
Entonces cierra la puerta de su habitación, y unos segundos después, oigo su colchón cediendo al otro lado de la pared, a apenas unos centímetros de donde yo mismo me encuentro.
Con el móvil en la mano para enterarme si vibra con su respuesta, me abrazo a la almohada.
Puede que no esté durmiendo con Marcos, pero tengo cinco noches de recuerdos muy nítidos en mi mente para acompañarme.
Y, por suerte, también estoy agotado, así que no tardo en quedarme dormido mientras imagino que la almohada que estoy abrazando es el propio Marcos.