54.
Desayunamos más rápido de lo habitual, conscientes de que no es el momento de probar todo lo que hay en el bufé libre.
Después, volvemos a las habitaciones, y nuestros padres nos hacen prometer que estaremos fuera dentro de cinco minutos.
Por suerte ya lo habíamos dejado todo recogido la noche anterior, así que solo tengo que cerrar la maleta, colgarme la mochila a la espalda y asegurarme de que no me dejo nada antes de salir por la puerta con Marcos.
Bajamos los cinco a recepción para entregar las tarjetas de las habitaciones, y la recepcionista nos informa amablemente de que el autobús que lleva al aeropuerto pasará en menos de diez minutos.
Hemos llegado justo a tiempo, así que salimos del hotel y nos unimos a la cola de turistas de todas las nacionalidades que hay esperando junto a la parada.
Cuando llega el autobús, nosotros somos los últimos en subir.
—Vamos a tener que separarnos —dice mi madre al ver que está bastante lleno y no hay ninguna zona con cinco asientos libres a la vista—. A ver qué encontramos…
Cerca de la mitad del autobús vemos dos asientos libres, que ocupan mi madre y Natalia para no dejar sola a la pequeña de la familia. Tres o cuatro filas después hay un único asiento vacío.
—¿Te quieres sentar tú aquí, Fran? —me pregunta Antonio, que sabe perfectamente que suelo ser bastante independiente y siempre prefiero ir a mi bola—. Y a ver si Marcos y yo encontramos algo más atrás.
—Mejor siéntate tú, papá —responde su hijo antes de que yo pueda responder—. Nosotros seguiremos buscando.
Su padre nos mira con una sonrisa.
—Parece que al final os habéis vuelto inseparables, ¿eh?
Aparto la mirada, algo cohibido, pero Marcos se ríe con despreocupación y continúa avanzando por el pasillo. Hay algunos asientos libres aquí y allá, pero no nos sentamos, y me doy cuenta de que tanto él como yo estamos buscando lo mismo: dos asientos donde podamos estar juntos.
Por suerte, los encontramos justo en la penúltima fila del autobús.
De hecho, detrás hay asientos suficientes para nuestros padres y su hermana, pero no los llamamos.
Siento un cosquilleo cálido en la tripa al darme cuenta de que parece tener tantas ganas de volver a estar a solas conmigo como yo.
Y, aunque no hablamos en todo el trayecto, cohibidos por lo que ocurrió anoche, el simple hecho de estar sentado en silencio junto a él ya me resulta agradable.
Cuando llegamos al aeropuerto y facturamos nuestras maletas, paso por los controles de mucho mejor humor que el otro día. Y pensar que antes de venir aquí lo único que quería era quedarme en mi casa… Si pudiera, ahora me quedaría viviendo en ese hotel con Marcos, aislado de todo y de todos.
—¿Os apetece tomar algo antes de subir al avión? —propone Antonio mientras nos dirigimos hacia la puerta de embarque.
—Pero si hemos desayunado hace menos de dos horas —señala Natalia.
—Sí, pero todavía queda una hora hasta que salga el avión, así que no vamos a llegar a casa hasta dentro de casi cinco horas —le recuerda él—. Vamos a estar muertos de hambre.
—Podemos comer algo o comprar algo para comer después en el avión —sugiere mi madre—. ¿Os apetece?
Hay que reconocer que tienen razón, así que nos vamos todos a una cafetería donde nos cobran la comida a precio de oro.
Media hora más tarde, cuando ya hemos terminado de comer y estamos a punto de ir a la puerta de embarque, empiezo a notar en la vejiga los efectos del zumo y del café que me he tomado para desayunar.
—Voy un momento al baño —digo, señalando el cartel que se encuentra no muy lejos de nosotros—. Ahora vuelvo.
—Yo también voy —se suma Natalia.
—Y yo —añade Marcos, y se pone en pie para ir con nosotros.
Trago saliva y echo a caminar hacia los lavabos, tratando de calmar los latidos nerviosos de mi corazón.
Una vez dentro, veo que los cubículos están todos ocupados.
En otra situación, seguramente me esperaría, pero tendríamos que estar yendo ya hacia la puerta de embarque, así que me dirijo hacia los urinarios.
Solo hay tres, y el de la derecha se encuentra fuera de servicio.
Temiéndome lo peor, ocupo uno de ellos y Marcos se sitúa justo a mi lado.
—¿En serio tenías que entrar conmigo? —murmuro entre dientes. Ni siquiera me he abierto la bragueta; sé que no va a servir de nada. Lo mejor va a ser esperar a que él acabe y se marche de aquí.
—¿Llevamos cinco días corriéndonos juntos y follando pero todavía no eres capaz de mear a mi lado? —susurra.
—Pues no, gilipollas —respondo. Sé que no voy a ser capaz de hacer nada, así que hago ademán de marcharme—. Mejor me espero a que acabes.
—No, espera —dice él—. Quédate aquí.
—Sabes que no puedo…
—Hazme caso, ¿vale? Mira, tú cierra los ojos.
—Marcos, en serio…
—Confía en mí, anda. Cierra los ojos. —Hago lo que me pide a regañadientes, sin poder evitar sentirme un poco ridículo—. Sácatela, pero no abras los ojos.
—Pero no mires, ¿vale? —le pido, con un tono mucho más suplicante de lo que pretendía.
—No miro, tranquilo. Tú hazlo y después me avisas.
De nuevo, hago lo que me dice, con el corazón palpitando con fuerza dentro de mi pecho. En serio, ¿por qué tengo que ponerme tan nervioso con esto? Como él mismo ha dicho, llevamos cinco días corriéndonos juntos.
—Ya está.
—Pues ahora, quiero que sigas con los ojos cerrados y respires hondo. Intenta olvidarte de que estoy aquí, ¿vale? Yo no te voy a hablar más. Tú tan solo respira hondo, concéntrate y deja que todo fluya. No tenemos ninguna prisa, así que tómate todo el tiempo que necesites.
—Vale.
—Me callo ya. Confío en ti.
Y entonces, tal como me ha prometido, se queda en silencio.
Oigo movimiento en el baño, pero no hay nadie más junto a estos dos urinarios.
Marcos está tan inmóvil y tan callado que bien podría haberse marchado, pero prefiero no mirar para comprobarlo.
Mantengo los ojos cerrados y, tal como me ha dicho, respiro hondo varias veces.
Continúo tomando y soltando aire, tratando de calmar los latidos acelerados de mi corazón.
No sé cuánto tiempo ha pasado; tal vez un minuto.
Pero, al fin, lo consigo y comienzo a orinar.
Un par de segundos después, oigo a Marcos haciendo lo mismo a mi lado. Eso hace que mi chorro flaquee ligeramente, pero consigo continuar.
—¿Me estabas esperando? —acierto a preguntar.
—Claro. ¿Has visto? Al final lo has conseguido.
El flujo tiembla de nuevo ante sus palabras, pero no se corta.
Me obligo a mantener los ojos cerrados y a seguir respirando con calma.
Marcos termina primero, y yo lo hago apenas unos segundos después.
Solo entonces abro los ojos mientras me subo la cremallera de los vaqueros.
Lo miro y veo que me está sonriendo ampliamente.
—Gracias —respondo con una sonrisa tímida.
—De nada. Pero en casa seguimos practicando, ¿vale?
Pongo los ojos en blanco y me alejo hacia los lavamanos.
—Ya veremos.
Nuestros padres y Natalia nos están esperando frente a los lavabos cuando salimos, así que nos ponemos en marcha hacia las puertas.
—Antes de que se me olvide —dice mi madre—. No había suficientes asientos libres para que estemos todos en la misma fila. Tenemos tres asientos juntos a mitad del avión, y otros dos más hacia el final. ¿Queréis sentaros los tres juntos?
Abro la boca para decir que me da igual, pero Natalia me interrumpe antes de que pueda hacerlo.
—¡Yo quiero ir con papá y contigo! —les pide—. Que ellos son un coñazo.
Mi madre me mira, y después a Marcos.
—Si a vosotros os parece bien…
—Sí, claro —se apresura a decir él—. Si total, ya nos hemos pasado todo el viaje juntos.
Aparto la mirada, cohibido al notar que se me sonrojan las mejillas. Con un poco de suerte, los demás no se habrán dado cuenta.
Con el corazón palpitante, camino con los demás hacia la puerta de embarque, feliz ante la perspectiva de poder pasar todo el vuelo junto a Marcos.