El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 52.
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Todavía hay cierta torpeza en sus movimientos, pero es evidente que le ha gustado la experiencia de antes porque lo hace con ganas, decidido a darme placer al igual que yo mismo lo he hecho hace apenas unos instantes.

Siento cómo su lengua juega con mi orificio, introduciendo la saliva y empujándola con la punta para lubricarme poco a poco, arrancándome gemidos ahogados contra la almohada.

Tengo la espalda arqueada, y unos escalofríos de placer me recorren todo el cuerpo.

Unos minutos más tarde, noto el primer dedo.

Sigue siendo torpe, pero hay algo en esa torpeza que me gusta, que me resulta adorable y sexy al mismo tiempo.

Poco después, introduce otro dedo, y enseguida lo acompaña de un tercero.

Entre esto, la ducha y lo de antes, ya estoy bastante dilatado, así que enseguida llega el momento de seguir adelante.

—¿Pruebo ya? —me pregunta con voz ronca, como si estuviera leyendo mis pensamientos.

—Vale.

Ha dejado un par de condones sobre la mesita de noche mientras yo estaba en el baño, así que abro uno y se lo alcanzo para que se lo ponga.

Estoy deseando sentirlo dentro de mí, y por suerte, no se hace de rogar.

Esta vez, su polla entra con más facilidad, como si estuviera un poco más seguro de sí mismo y yo menos nervioso.

Sus movimientos también parecen un poco más seguros, más confiados.

Pronto comienzo a gruñir y gimotear contra la cama, y me doy cuenta de que, como siga así, voy a estar a punto de correrme sin tocarme siquiera.

Sin embargo, también hay un pensamiento molesto en algún rincón de mi mente, una idea que se esfuerza por hacerse oír entre el mar de emociones que sacude mi cuerpo por completo.

Necesito algo más que esto.

—¿Podemos cambiar de postura? —pregunto unos minutos más tarde, incapaz de deshacerme de la molesta idea que ronda por mi cabeza.

—Claro. —Se detiene y sale lentamente de mi interior—. ¿Te quieres poner tú encima?

—No, así no. —Dejo caer las piernas sobre la cama y me giro para quedar tumbado sobre mi costado, de espaldas a él—. Mira, ponte detrás de mí.

Él lo hace y siento su pecho contra mi espalda y su respiración entrecortada contra la nuca. Su polla roza ligeramente mis nalgas, juguetona.

—¿Te la meto así? —pregunta.

—Sí.

Marcos obedece y vuelvo a sentir esa deliciosa presión que me llena por dentro, esa calidez que explota dentro de mí.

Comienza a mover las caderas para entrar y salir de mí, pero me doy cuenta de que lo hace con más torpeza que antes, como si le costara un poco.

No sé qué estará haciendo con los brazos, pero ni siquiera me rozan.

Me imagino que no debe de estar muy cómodo que digamos.

—¿No te gusta así? —pregunto.

—No es eso —dice mucho más cerca de mi oído de lo que esperaba, provocándome un agradable cosquilleo que hace que me estremezca por completo—. Es que es un poco incómodo.

Justo lo que pensaba.

—A ver, es que creo que estás como muy tieso.

—¿Cómo que tieso? —pregunta con una risita nerviosa.

—Pues eso, con los brazos y tal… No sé.

—¿Y qué quieres que haga con ellos? —me pregunta, todavía cerca de mi oído. Trato de ignorar el cosquilleo, pero es demasiado difícil.

—Abrázame.

—¿Qué?

—Abrázame —repito—. Así, mi cuerpo se moverá pegado al tuyo, y podrás meterla más hondo.

—Eh… Vale.

Si ha habido muchos momentos de torpeza por su parte durante las últimas noches, este es el mayor de todos, pero también es el más tierno.

Primero, pasa el brazo izquierdo por debajo de mi cuerpo, y después el derecho por encima, para rodearme por ambos lados.

Una de sus manos cae sobre mi pecho, directamente sobre mi corazón desbocado, y llevo mi propia mano allí para apretarla más contra mí.

Entrelazo mis piernas con las suyas y él responde a mi movimiento, y su polla se introduce todavía más profundamente en mi interior.

Ahora estamos totalmente pegados, y su pecho ancho y cálido se amolda por completo a mi espalda.

Estamos un poco sudados, pero no parece que a ninguno de los dos nos importe.

Después de todo, hemos compartido mucho más que sudor estos días.

—¿Así? —susurra contra mi oído, volviendo a provocarme ese cosquilleo que me pone la piel de gallina. Me da la impresión de que se ha dado cuenta antes y lo está haciendo a propósito.

—Justo así, sí. Prueba ahora.

Comienza a mover las caderas una vez más, y es evidente que en esta ocasión le resulta mucho más fácil.

Sus brazos aprisionan mi torso y nuestras piernas están enredadas, de modo que mi cuerpo se mantiene todo lo inmóvil que es posible mientras Marcos me llena por dentro, primero despacio y después aumentando poco a poco la velocidad.

—¿Te gusta? —me pregunta con los labios rozándome la oreja de forma totalmente descarada, y siento un estremecimiento que recorre mi cuerpo por completo. Sí, está claro que lo está haciendo a propósito.

—Sí… —susurro con la respiración jadeante—. Me encanta.

—A mí también.

Entonces, sus brazos se tensan todavía más alrededor de mi cuerpo y comienza a follarme más fuerte que nunca.

Su boca está junto a mi oído, inundándome de sus jadeos y sus gemidos ahogados.

Consciente de que se acerca el momento, alcanzo un pañuelo de la mesilla de noche y comienzo a masturbarme mientras él entra y sale de mí a toda velocidad, los dos deseosos de que esto dure para siempre pero al mismo tiempo incapaces de aguantar mucho más.

Casi cada centímetro de mi cuerpo está en contacto con el suyo, y me doy cuenta de que no cambiaría este momento por nada en el mundo.

La velocidad de sus embestidas se incrementa, y también el sonido entrecortado de su respiración contra mi oído.

Entonces, tensa todo el cuerpo y comienza a correrse entre gemidos prolongados, dándome una embestida brusca con cada chorro.

Por supuesto, no puedo notar el semen en sí porque lleva condón, pero lo siento en sus embestidas y en los gemidos profundos que suelta contra mi oído, como los gruñidos desenfrenados de un animal salvaje.

La excitación es tan fuerte que, antes de que él termine, estoy a punto de correrme yo también.

—No pares —me apresuro a pedirle, antes de que sea demasiado tarde.

Marcos comienza a darme más fuerte que nunca, como para exprimir todo el semen que llevo dentro.

Cuando terminamos, seguimos los dos abrazados y con las piernas entrelazadas.

El único movimiento que hago es para formar una bola con el pañuelo que he utilizado y tirarlo al suelo.

La polla de Marcos, ahora semiflácida, se desliza hasta salir de entre mis nalgas, pero por lo demás, permanecemos inmóviles.

Ha sido una noche demasiado intensa; ninguno de los dos tenemos fuerzas siquiera para movernos.

El sonido de sus jadeos cerca de mi oreja mientras recupera poco a poco la respiración es como una melodía relajante y, sin poder evitarlo, me voy quedando adormilado entre sus brazos hasta perder por completo la noción de la realidad.

Pero, antes de quedarme totalmente dormido, me invade una felicidad absoluta al darme cuenta de que al final sí que voy a poder dormir entre sus brazos después de todo.