El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 51.
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Me despierto al sentir un movimiento en la cama. Abro los ojos y veo que Marcos acaba de ponerse en pie y está iluminando el camino con la linterna del móvil. Está desnudo, al igual que yo, aunque la escasa luz tampoco me permite distinguir nada.

—¿Qué pasa? —pregunto adormilado.

—Nada, tranquilo. Es que tengo que ir al baño.

—¿Hay que levantarse ya?

—No, qué va. Todavía podemos dormir un par de horas más.

—Vale.

Vuelvo a abrazarme a la almohada y cierro los ojos.

Sin embargo, no soy capaz de dormir. Me he acostumbrado demasiado a la presencia de Marcos a mi lado durante estos cinco días, y ahora que la cama está vacía, me siento como si fuera incapaz de conciliar el sueño sin él.

No sé cómo voy a hacerlo cuando volvamos a casa, la verdad.

Extiendo la mano hacia la zona donde estaba durmiendo él, a solo unos pocos centímetros de mí, y me doy cuenta de que la cama está caliente allí, así que me muevo para ocupar ese lado.

Así, es casi como si lo estuviera tocando de nuevo…

—¿Fran?

Abro los ojos, sobresaltado. Ahí está Marcos otra vez, al lado de la cama. Sigue desnudo, aunque no logro distinguir nada.

—¿Qué pasa?

—Es que estás ocupando mi lado…

—Perdona —respondo, y me aparto un poco. Por suerte, la oscuridad sirve para ocultar mi enrojecimiento repentino.

—No te preocupes —dice él, metiéndose en la cama—. Si en realidad tampoco me importa tenerte cerca…

Me quedo un tanto descolocado por sus palabras. Lo miro antes de hablar, aunque apenas distingo poco más que su silueta.

—¿Qué quieres decir?

—Bueno, ya sabes. Nos lo pasamos bien juntos y tal, ¿no?

—Eh… —Me aclaro la garganta—. Sí.

—Pues eso.

—Vale —respondo, sin saber qué otra cosa decir.

Él se ríe.

—Vale.

—¿Qué pasa? ¿Por qué te ríes?

—No, nada. Es que se me había ocurrido… —comienza, pero entonces hace una pausa—. Da igual. Supongo que tienes sueño.

—Qué va —le miento—. No podía dormir.

—Ya —responde, y su tono de voz deja claro que no se ha creído ni una palabra—. Pues a ver, es que todavía nos quedan un par de horas antes de tener que levantarnos…

El corazón comienza a latirme con fuerza.

—¿Y qué me quieres decir con eso?

—Bueno, no sé. —Se encoge de hombros, y me da la impresión de que ha vuelto esa timidez inexperta que siento en él cuando el alcohol no le está soltando la lengua—. Estos días lo estamos pasando bien juntos, ¿no?

—Sí, bueno. Eso ya lo has dicho.

Se ríe una vez más.

—Había pensado que a lo mejor podíamos pasarlo bien un rato más.

El corazón sigue latiéndome a toda velocidad, pero ahora siento algo diferente, ese calorcillo familiar que comienza en mi estómago y va descendiendo. Ni siquiera me había dado cuenta de que mi polla hubiera despertado, pero está semierecta.

—Me parece bien.

Entonces, Marcos se gira para mirarme y se apoya sobre un codo.

—¿Seguro?

—Seguro —susurro. Pero, entonces, mi lado práctico me recuerda que en este momento follar no sería la mejor idea del mundo, precisamente. Al menos, no sin algunos preparativos previos—. Aunque…

Trago saliva.

—¿Qué pasa?

—Debería prepararme un poco primero.

—¿Prepararte? —repite, algo confuso.

—Sí, ya sabes… Ir al baño, lavarme un poco y esas cosas.

—Ah. Vale.

Me pongo en pie, tapándome con las manos para tratar de ocultar mi semierección, a pesar de la oscuridad.

—Vuelvo enseguida, ¿vale?

—Vale.

—No te duermas.

Marcos vuelve a reír.

—Tranquilo, todo mi cuerpo está totalmente despierto.

Voy al cuarto de baño y cierro la puerta detrás de mí.

No enciendo la luz; no me apetece que la claridad me deslumbre.

Trato de darme prisa; después de todo, nada me asegura que Marcos no vaya a quedarse dormido.

Por suerte, no hay ningún contratiempo, y menos de diez minutos más tarde ya estoy saliendo por la puerta otra vez.

Durante estos minutos, mis ojos se han acostumbrado un poco más a la oscuridad, así que puedo ver un poco mejor la habitación.

Y eso significa que veo la silueta de Marcos tumbado en la cama, completamente desnudo mientras se masturba con calma.

Mi sangre entra en ebullición cuando pienso en lo que estamos a punto de hacer.

—¿Es que no podías aguantar hasta que llegara o qué? —pregunto con sorna.

—Pues no.

—Si que estás salido.

Él rompe a reír.

—Oye, que eres tú el que quiere que le reviente el culo.

—Bueno, esa es tu opinión.

No puedo verle bien la cara, pero estoy casi seguro de que está arqueando una ceja.

—Eres tú el que se ha pasado un cuarto de hora preparándose en el baño.

—No han sido ni diez minutos —replico.

—Pues a mí se me han hecho eternos, la verdad. —El corazón me da un vuelco al oír sus palabras y me quedo inmóvil donde estoy—. ¿Vienes o qué?

Me subo a la cama para dirigirme hacia donde está Marcos, justo en el centro.

En otras circunstancias, con otro chico diferente, este sería el momento en el que lo besaría en los labios, para provocarnos mutuamente antes de entretenernos con otras partes de nuestra anatomía.

Pero con él las cosas no funcionan así, de modo que voy directamente hasta su polla y comienzo a jugar con ella como tanto sé que le gusta.

Pronto, Marcos está gimoteando mientras yo me concentro en darle placer, disfrutando con ello casi tanto como él mismo. No sé cuánto tiempo permanecemos así exactamente, pero al cabo de un rato, Marcos empuja mi cabeza para que me detenga.

—Para —me pide, con la respiración entrecortada—. No quiero correrme todavía.

—¿Qué quieres hacer?

Me mira con una sonrisa que me enciende por dentro.

—Ponte a cuatro patas.

Por supuesto, hago lo que me pide sin perder ni un instante. Apenas un segundo más tarde, Marcos coloca ambas manos sobre mis nalgas para separarlas bien y, a continuación, hunde la cara entre ellas.