50.
Lo primero que siento al despertar es la presencia de Marcos a mi lado.
Lo segundo es que estoy desnudo.
Abro los ojos de golpe al darme cuenta, presa del pánico, pero entonces veo que estoy tapado por la sábana y la manta de la cama que comparto con Marcos.
Él se encuentra junto a mí, todavía durmiendo a pierna suelta.
Yo estoy de lado sobre mi costado izquierdo, como siempre, mientras que él sigue boca arriba, con los labios ligeramente entreabiertos de una forma que me hace sonreír.
Está muy cerca de mí; tan cerca que podría haber estado abrazándolo en sueños sin darme cuenta.
Lo observo durante unos instantes sin dejar de sonreír mientras su pecho sube y baja lentamente, oyéndolo roncar con suavidad.
Miro su rostro tranquilo y me doy cuenta de que, de alguna manera, parece muy distinto a lo habitual.
No tiene la misma cara que cuando está cachondo, esa cara llena de deseo a la que me he acostumbrado durante estas últimas noches.
Y tampoco tiene la cara que suele mostrar durante el día, mucho más seria.
Ahora parece simplemente en calma, ajeno a cualquier preocupación que pudiera perturbarle cuando está despierto.
Está tan guapo que, una vez más, me entran ganas de besarle.
Pero, por supuesto, me recuerdo de nuevo que no puedo hacerlo.
Aunque no lo hemos hablado específicamente, los dos sabemos que lo que hay entre nosotros no es más que sexo, una forma de dar rienda suelta a nuestras necesidades sexuales sin tener que cortarnos por habernos visto obligados a compartir habitación; una manera de desahogarnos con alguien que está cerca y es fácilmente accesible.
Y, en una situación así, los besos no tienen cabida.
Sin embargo, también tengo que admitir que echo en falta algo de cariño.
Me gusta comerle la polla, pero también me gustaría besar sus labios.
Me ha gustado follar con él, pero también me gustaría que nos durmiéramos abrazados al terminar, y no solo un rato por el agotamiento, sino toda la noche.
Puede que esté salido, no lo niego, pero en el fondo también soy un romántico.
Y supongo que llevo demasiado tiempo sin novio, porque no puedo ponerme a pensar en esas cosas.
Y menos con Marcos.
En cualquier caso, esta va a ser la última noche que pasamos juntos. Después de desayunar volveremos a casa, y supongo que entonces regresaremos a nuestra rutina habitual de no dirigirnos la palabra más que cuando nos crucemos por la casa nueva, sin buscar más contacto del necesario.
Suelto un suspiro. Aunque vayamos a dormir pared con pared, después de estas cinco noches será como si estuviera a kilómetros de distancia.
Y, por supuesto, nada de esto podrá volver a pasar cuando estemos otra vez en casa de nuestros padres.
Sería demasiado arriesgado, y las consecuencias podrían ser nefastas para todos.
Por alguna razón, ese pensamiento me provoca cierta tristeza.
Me apetece llorar, pero no puedo hacerlo con Marcos a mi lado, y tampoco quiero levantarme y encerrarme en el baño porque eso supondría separarme de él.
Echo un vistazo al móvil y compruebo que todavía faltan varias horas para que suene la alarma; he debido de dormir apenas una hora.
Lo miro en la penumbra y me doy cuenta de que la situación no podría ser más propicia, así que decido aprovecharla. Los dedos de Marcos están casi rozándome el costado. Con cuidado, entrelazo una mano con la suya y me acurruco contra él, sintiendo su calidez que me calienta por dentro y por fuera.
Poco a poco, me voy quedando dormido junto a él, feliz por el momento compartido pero dolorosamente consciente de que será la última vez.
Y no sé si estoy preparado para dejar esto atrás.