49.
Me despierto con unos golpecitos suaves en el hombro.
—¿Fran? —susurra una voz muy cerca de mi oído.
Levanto la cabeza, un tanto confuso al principio, y entonces me doy cuenta de que sigo tumbado encima de Marcos. Me apresuro a apartarme a un lado, cohibido. Doy gracias a la oscuridad de la habitación, porque siento que mis mejillas comienzan a arder al instante.
—Mierda. ¿Me he dormido mucho rato?
Él se ríe, y el sonido me provoca un cosquilleo en la tripa que ya está empezando a resultarme familiar.
—Un par de horas, según mi reloj.
—¿Qué dices? ¿En serio?
—En serio —responde—. Pero no pasa nada, si yo también me he dormido. Acabo de despertarme.
—Joder, y yo encima de ti todo el rato. Tienes que estar incomodísimo… lo siento.
—No te preocupes, anda. Pero sí que me estaba empezando a doler la espalda, por eso te he despertado.
—Lo siento, en serio.
—Te he dicho que no te preocupes —me recuerda entre risas.
—Bueno, pues vamos a dormir, ¿no?
—Sí, pero será mejor que pasemos por la ducha primero.
—¿Qué? —pregunto, todavía desorientado—. ¿Por qué?
Él se ríe como si fuera evidente. Si yo estuviera más despierto, supongo que lo sería.
—Estamos llenos de… fluidos —me recuerda, y solo entonces me doy cuenta de que siento los restos resecos sobre la tripa y el estómago—. En realidad ya se habrá secado todo, pero no sé… Creo que será mejor que nos lavemos un poco y tal antes de irnos a dormir.
Suelto un suspiro. No me apetece nada salir de la cama con lo a gusto que estoy con él, pero sé que tiene razón.
—Bueno… Vale —acepto a regañadientes—. ¿Quieres ir tu primero?
En realidad no se lo ofrezco por cortesía, sino porque así podré quedarme en la cama un ratito más. Con suerte, me volveré a quedar dormido y no me obligará a ir a la ducha.
—Mejor que vayamos los dos, ¿no? Ya es muy tarde.
—¿Cómo que los dos?
—Pues eso, que mejor si nos duchamos juntos. Así acabamos antes.
—Eh… —Su propuesta me ha dejado descolocado.
Sí, ayer mismo nos duchamos juntos por la mañana, pero la situación era diferente, básicamente porque teníamos prisa.
Pero, en cierto modo, es como si eso hubiera ocurrido hace una vida.
En menos de cuarenta y ocho horas hemos compartido más intimidad que nunca, y su propuesta tiene connotaciones muy diferentes hoy.
Sin embargo, ¿qué voy a decir? Tampoco es que pueda negarme, la verdad—. Bueno. Vale.
Nos ponemos en pie y caminamos a tientas hacia el cuarto de baño.
Marcos no enciende la luz al entrar, y se lo agradezco en silencio: la situación ya es demasiado extraña sin tener que vernos las caras.
Se mete en la amplia bañera y yo lo sigo, con el corazón latiéndome a toda velocidad.
No entiendo por qué estoy tan alterado de repente.
En estos cinco días nos hemos corrido juntos varias veces, me he tragado su semen y, hace apenas un par de horas, también me ha follado el culo.
¿Por qué me pongo tan nervioso por algo tan absurdo en comparación como ducharme con él?
Ni siquiera es la primera vez, aunque todavía me cueste creerlo.
Comprendo la razón de mi nerviosismo apenas unos segundos más tarde, cuando Marcos pone el agua en marcha, espera a que se caliente, y después me ducha el pecho, el vientre y la polla antes de situarse detrás de mí y hacer lo mismo con mis nalgas.
A continuación, se moja él también, y después se llena las manos de gel del dispensador de la pared.
Comienza a extenderlo por las zonas de mi cuerpo que ha mojado antes, formando espuma y preocupándose por cubrirlo todo bien.
Coge mi pene con la mano, retira la piel del prepucio y me extiende el gel también por ahí.
Me resulta especialmente extraño, aunque agradable al mismo tiempo.
Después, cuando pasa a mis nalgas, me introduce ligeramente la punta de un dedo como para asegurarse de limpiarme bien.
Mi cuerpo ni siquiera reacciona como habría podido esperar en cualquier otra situación.
Todo esto no tiene nada de sexual, sino que hay un cariño profundo en todos y cada uno de sus movimientos.
Un cariño que no comprendo del todo y que tampoco sé muy bien cómo interpretar.
Estoy paralizado, incapaz de comprender lo que está sucediendo.
¿Por qué está haciendo esto? ¿Por qué actúa como si hubiera algo más entre nosotros, como si yo le importara de verdad o algo parecido?
¿Por qué todo esto me resulta mucho más íntimo que cualquier cosa que hayamos hecho durante estos últimos días, incluido lo de hace un par de horas?
—¿Qué estás haciendo? —acierto a preguntar cuando se empieza a embadurnar él mismo de gel.
—Echarme gel.
Pongo los ojos en blanco.
—No me refiero a eso. A lo que has hecho justo antes.
—¿Echarte gel a ti? —pregunta.
—Sí, eso.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué lo has hecho?
—Porque estabas lleno de semen, Fran —me recuerda, como si fuera evidente—. ¿Por qué va a ser?
Pongo los ojos en blanco.
—Venga ya, Marcos. Que hasta hace literalmente cinco días nos odiábamos a muerte. ¿A qué viene todo esto ahora?
—Ya, bueno. Y desde hace cinco noches también nos corremos juntos. —No sé qué responder a eso, así que me quedo en silencio. Unos segundos más tarde, vuelve a hablar, esta vez bajando un poco la voz—: Además, no nos odiábamos a muerte.
No sé por qué, pero me da la impresión de que ahora sus palabras suenan tristes.
—Si tú lo dices.
—Joder, ¿qué quieres que te diga? —dice—. Yo he intentado que nos llevemos bien.
—Sí, bueno. Pero ahora no es el momento de hablar de eso. ¿Por qué estás haciendo esto?
—Fran, no lo sé. Estás medio dormido, tenías el cuerpo lleno de semen y me apetecía lavarte. No hay que darle más vueltas.
Hay algo en su tono de voz que me hace rendirme.
—Bueno, vale.
—¿Te molesta que lo haya hecho? —me pregunta, y oigo claramente la preocupación en su voz.
—No, no es eso.
—¿Entonces?
—No lo sé —respondo con sinceridad—. Es solo que todo esto se me hace un poco raro, supongo.
—¿Quieres que pare?
Tardo un instante en responder.
—No.
—¿Quieres que termine de ducharte?
Esta vez tardo mucho menos en pensármelo.
—Sí.
—Vale.
Y, sin decir nada más, comienza a hacerlo.
Esta vez el proceso es mucho más rápido, pero igual de íntimo.
Primero me enjuaga bien el vientre, y después hace lo mismo con mi polla.
Mientras me retira la piel del prepucio me mira directamente a los ojos, y tengo su cara tan cerca que solo quiero besarlo; ansío besarlo.
No, la cosa va mucho más allá: necesito besarlo.
Pero, por supuesto, no puedo hacerlo, aunque por suerte para mí, el momento pasa cuando se sitúa detrás de mí y termina de lavarme las nalgas.
Mientras él se enjuaga, me empieza a entrar frío, así que salgo de la bañera y me seco con una de las toallas.
Me la dejo sujeta alrededor del pecho y, sin pararme a pensar, cojo la otra mientras Marcos sale de la bañera.
Sin hablar ni preguntar, me acerco a él y lo envuelvo con la toalla.
Comienzo a secarle el pecho, el vientre, y después bajo las manos y le seco también lo que tiene entre las piernas.
Todavía se me hace muy raro tener esta clase de contacto con él, pero me gusta.
Él no deja de sonreír durante todo el proceso.
Cuando ya estamos los dos secos, colgamos las toallas y salimos del cuarto de baño sin decir palabra. Nos metemos en la cama en silencio, y esta vez yo tampoco me molesto en ponerme el pijama. A estas alturas, no tendría ningún sentido.
Nos acostamos casi en el centro de la cama, separados apenas por unos centímetros.
Mis ojos se han acostumbrado bastante a la oscuridad y me doy cuenta de que Marcos está boca arriba, tal como suele hacer.
Yo, como siempre, me tumbo de lado, con la cara hacia él.
Estamos tan cerca que solo tendría que estirar un poco el brazo para rodearle el torso, pero, por supuesto, no lo hago.
Me doy cuenta de que es como si hubiera algo denso en el aire, como si ninguno de los dos se atreviera a romper el silencio.
—Buenas noches, Fran —dice finalmente.
—Buenas noches, Marcos.
Antes de quedarme dormido, un único pensamiento invade mi mente: ojalá pudiera dormir abrazado a él.