47.
Marcos se detiene y traga saliva, sorprendido por mis palabras.
—¿En serio? —pregunta.
—¿En serio qué?
—Ya lo sabes.
—No, no lo sé —respondo, disfrutando de la provocación—. ¿Por qué no me lo dices claramente?
Me mira directamente a los ojos antes de contestar, y vuelvo a sentir esa ráfaga de fuego que arde entre nosotros con fuerza.
—¿En serio puedo… follarte el culo?
—Lo estás deseando, ¿no? —le pregunto, y él aparta un poco la mirada. Me doy cuenta de que está cohibido, pero asiente con la cabeza de todos modos—. Pues yo también.
—¿De verdad? —pregunta con más timidez de la que he oído jamás en su voz.
—De verdad.
—Vale —responde con una leve sonrisa.
Pero, entonces, me doy cuenta de algo y hago una mueca.
Me maldigo a mí mismo… ¿cómo he podido ser tan estúpido?
Si me hubiera percatado de ello antes, tal vez podría haberme separado de mi madre y los demás con cualquier excusa.
Pero, ahora que son más de las once, ya no hay forma de conseguir lo que necesitamos.
—Mierda.
—¿Qué pasa? —pregunta.
—Creo… que igual vamos a tener problemas técnicos.
—¿Por qué?
—Porque no tenemos condones ni lubricante. —Suelto un suspiro—. Mira que siempre llevo a todas partes por si acaso, pero como se suponía que esto iba a ser un viaje familiar y tal… Joder, soy gilipollas. Tendría que haber pensado en comprar antes.
—Tranquilo, no te preocupes por eso —me dice con una sonrisa—. Yo tengo.
Abro mucho los ojos, sorprendido.
—¿En serio?
—Bueno, tengo condones —especifica—. Lo del lubricante y tal… No sabía que hacía falta, la verdad.
—Pues entonces tenemos un problema menos, pero nos queda el otro.
—¿En serio? ¿Por qué?
Suelto un suspiro. Por mi experiencia con Alejo, sé que explicarle esta clase de cosas a un presunto cishetero (aunque, a estas alturas, eso no se lo cree ni él) es un poco como explicarle filosofía a un niño pequeño.
—Digamos que meterla en algunos agujeros es más complicado que en otros. Y este en concreto no lubrica de forma natural, así que es necesario utilizar algo para lubricar.
Permanece pensativo durante un instante antes de contestar. Sigue sentado sobre mi pecho, con la polla junto a mi garganta, y me doy cuenta de que la situación sería hasta cómica de no ser porque estoy preocupado de verdad.
—A ver, en el baño hay gel de la ducha. Podemos probar.
—Ni de coña —me apresuro a responder—. Ya lo hice una vez y te aseguro que no fue agradable.
Me estremezco solo de recordarlo.
—Entonces… ¿qué hacemos?
—Supongo que vamos a tener que utilizar mucha saliva y mucha paciencia. —Me encojo de hombros. No es lo ideal, pero en fin… en peores plazas hemos toreado—. Espero que estés bien hidratado.
—Eh… ¿supongo?
—Bueno, pues a partir de ahora, tú asegúrate de reservar para mi culo toda la saliva que produzcas.
—Vale… —responde él, aunque está claramente confuso—. ¿Y cómo lo hacemos?
Tengo claro por dónde me gustaría empezar, pero no sé si él estará dispuesto a hacerlo. ¿Me atreveré a decirlo? Marcos está siendo una caja de sorpresas estos días, así que a lo mejor me sorprende otra vez.
—Podrías empezar comiéndome un poco el culo. Si quieres, claro —me apresuro a añadir.
—¿Qué? —pregunta, un poco alarmado.
—Pues eso. ¿Nunca lo has hecho?
Él niega con la cabeza y pone cara rara.
—Pues no, la verdad.
—A ver, yo no te voy a obligar a hacer nada que no quieras. Pero creo que, si yo te como la polla y tú me vas a follar, también podrías devolverme el favor así. Pero vamos, que lo entiendo si no quieres, en serio.
—Tranquilo, no es eso —me asegura, más tímido que nunca—. Es solo que… Pues eso, que nunca lo he hecho. No sé cómo se hace y tal.
Pienso durante unos instantes.
—A ver… ¿Te has comido algún coño?
Se encoge de hombros y desvía la mirada antes de responder, más cohibido que nunca.
—Solo uno.
—Y yo que pensaba que eras un ligón —digo entre risas, para aliviar un poco la tensión. Marcos sonríe con timidez, todavía sin mirarme a la cara—. Pero bueno, ¿sabes si le gustó?
—Eh… Pues no sé, ¿supongo? A ver, estuvo gimiendo y tal.
Parece tan inseguro con esta conversación que me da hasta ternura.
—Bueno, vamos a suponer que se lo hiciste bien —respondo—. Yo no tengo experiencias con esas cosas porque todavía no he estado con ningún chico trans, pero me imagino que no puede ser muy diferente, ¿no? Podrías probar a hacer lo mismo, supongo.
—Supongo.
—Que no tienes que hacerlo si no quieres, ¿eh? —le recuerdo.
—Que sí, sí que quiero. —Me dirige otra sonrisita—. Pero no esperes que lo haga bien a la primera, ¿vale?
—Tranquilo.
—Si quieres, puedes guiarme un poco y tal —me sugiere—. Decirme lo que te gusta y lo que no, esas cosas. ¿Te parece?
—Vale, genial.
—Pues, a ver… —Se aparta de mi pecho y recorre mi cuerpo con la mirada, como si no supiera muy bien qué hacer a continuación—. ¿Cómo deberíamos ponernos?
Por supuesto, no había caído en que sus problemas empezarían ya desde allí, claro. Lo más probable es que la chica a la que se lo hizo solo tuviera que abrir las piernas, pero en nuestro caso, es un poco más complicado.
—A ver, básicamente hay dos opciones —respondo—. Puedo ponerme a cuatro patas, o puedo sentarme en tu cara. Lo que tú prefieras.
—Eh… ¿Te parece si empezamos a cuatro primero? Luego podemos cambiar si quieres.
—Vale, genial. ¿Me haces hueco?
Se aparta un poco y yo me coloco a cuatro patas, con el culo en pompa hacia él.
Esto es algo que siempre me ha hecho sentir vulnerable y expuesto, como si estuviera entregándome al otro chico antes incluso de que me vaya a meter nada.
Me doy cuenta de que el corazón me late con fuerza, pero también siento un calorcillo agradable a causa de la expectación.
Siento a Marcos moviéndose detrás de mí, colocándose en posición, y entonces acerca su cara a mi culo y noto su respiración contra mis nalgas.
Las separa ligeramente, con cuidado, y el contacto de sus dedos me provoca un estremecimiento.
—Allá voy, ¿vale? —me avisa.
—Vale.
Y entonces comienza, lamiendo directamente el orificio.
Lo cierto es que se nota su falta de experiencia, eso es innegable.
Pero también se notan sus ganas, y al final eso es lo más importante.
No sabe muy bien lo que está haciendo, pero no pasa nada: se está esforzando por darme placer y, poco a poco, comienza a conseguirlo.
Lo voy guiando, tal como me ha pedido, y me doy cuenta de que es un estudiante entusiasta.
No tardo en empezar a gemir de placer y eso parece animarlo, porque continúa con más ganas todavía.
De vez en cuando, me escupo en la mano y me introduzco la saliva directamente en el ano para ir abriendo camino.
Pronto Marcos me introduce el primer dedo, arrancándome más gemidos, y enseguida mete también el segundo.
Al principio me resulta un poco molesto porque está claro que no tiene ni idea de lo que hace, pero nadie nace sabiendo.
Al menos, se esfuerza por hacerlo con cuidado, y enseguida ya tengo tres dedos dentro sin contratiempos.
Las molestias comienzan a desaparecer para dar paso al placer.
—¿Probamos ya? —me pregunta con la respiración entrecortada.
—Vale, pues ve a por el condón. Aunque igual deberías lavarte las manos primero.
—Vale. Ahora vuelvo.
Se pone en pie para ir al cuarto de baño y enseguida oigo el sonido del agua corriendo. Yo me quedo como estoy, esperando mientras él sale del baño y se dirige hacia su maleta. Lo oigo mientras saca el neceser.
—Tráete un par, por si acaso —le indico, y comienzo a introducirme los dedos mientras lo miro. Ya que no tenemos lubricante, cuanto más dilatado esté, mejor.
—Vale.
Marcos deja dos condones sobre la cama y abre el envoltorio de uno de ellos para sacarlo.
Lo observo mientras se lo pone, y después me saco los dedos cuando se sube de nuevo a la cama.
Se sitúa detrás de mí una vez más, pero en esta ocasión planta ambas manos sobre mis nalgas y no tardo en sentir su glande contra mi orificio, explorando con curiosidad y deseo.
—¿Preparado? —me pregunta.
—Sí, pero échate mucha saliva, ¿vale?
Aguardo mientras lo hace, con el corazón latiendo con fuerza, y pronto vuelvo a sentir su polla entre mis nalgas otra vez, ahora mucho más húmeda.
—¿Voy?
—Vale.
Respiro hondo y me preparo para sentir a Marcos dentro de mí.