El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 46.
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El corazón me late con fuerza cuando me dirijo hacia la cama mientras él me devora la mirada, o al menos eso creo, porque me da la impresión de que está tratando de disimularlo. Por mucho que haya dicho que no le gustan los chicos, yo cada vez estoy menos convencido de ello.

Me subo a la cama por los pies y gateo lentamente hacia él, fijándome en cómo le crece la polla entre las manos. Y, cuando al fin llego hasta allí, se las aparto para cogerla yo y disfrutar otra vez de esa delicia palpitante que tanto desea que le dé placer.

Y eso es precisamente lo que hago. Tengo demasiadas ganas como para entretenerme igual que ayer, así que me la meto directamente en la boca.

Una vez más, me coloco de forma que Marcos pueda masturbarme mientras yo se la chupo.

Sin embargo, al cabo de un rato, la postura hace que me duelan el cuello y la espalda, así que me aparto un poco y me masajeo ligeramente los músculos.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Sí, sí. Tranquilo.

Continúo con lo que estoy haciendo, saboreando su polla con ganas.

Pero, entonces, noto sus manos sobre mi cuello.

Pienso que va a sujetarme la cabeza, pero en lugar de eso, comienza a masajearme el cuello y los hombros, al igual que hizo ayer en la playa.

Ninguno de los dos se detiene y comenzamos a gemir juntos, aunque por razones muy diferentes.

Al cabo de un rato, se me ocurre una idea tentadora, así que separo la boca y se lo propongo sin pensar:

—¿Quieres follarme la boca?

—Eh… Vale.

Pero no hace nada. Simplemente se queda inmóvil, mirándome y con pinta de estar un poco perdido.

—¿No sabes cómo se hace? —pregunto con una sonrisa.

—A ver, claro que sí —responde a la defensiva, pero su tono de voz le traiciona—. Pero, no sé… ¿Cómo quieres que nos coloquemos y tal?

Efectivamente, no sabe cómo hacerlo. Y no sé por qué, pero eso me resulta tan adorable que casi se me olvida por un momento lo cachondo que estoy. Mi sonrisa se ensancha un poco.

—Mira, lo mejor es que yo me tumbe boca arriba —le explico—. Y, después, tú te sientas encima de mí y me la metes en la boca.

—Eh… Vale.

Se nota que está cohibido, pero también que la idea le resulta como mínimo tentadora. Para facilitar un poco las cosas, cojo su almohada, la coloco sobre la mía y después me tumbo con la cabeza encima de las dos, de modo que quede ligeramente hacia delante sin fastidiarme el cuello.

—Siéntate encima —le indico cuando ya estoy en posición.

—¿Encima de ti? —pregunta alarmado.

—Sí, Marcos. Encima de mí.

Con las mejillas sonrojadas, se acerca a mí caminando de rodillas y después pasa una pierna por encima de mí para sentarse a horcajadas sobre mi torso.

Su torpeza me hace comprender al instante que no solo es la primera vez que va a follar una boca: también es la primera vez que se sienta en el pecho de alguien, y es evidente que no podría estar más nervioso.

Me aseguro de dejar los brazos bajo sus piernas; quiero tener el derecho libre por motivos obvios, y además puedo utilizar el izquierdo para acariciarle la espalda o, si me atrevo, también el culo.

Cuando ya está situado en la posición apropiada y su polla se encuentra sobre mi pecho, rozándome el cuello, me mira directamente a los ojos con una sonrisa tímida en los labios.

—Entonces… ¿te la meto en la boca?

—Claro.

—Avísame si te ahogo o algo, ¿vale? —dice con preocupación.

Pongo los ojos en blanco, más para picarlo que otra cosa.

—Tampoco te flipes, que no la tienes tan grande.

—Vete a la mierda —dice entre risas.

Y, entonces, me la mete de golpe en la boca abierta para castigarme por mi pulla. Me llega hasta la garganta, atragantándome, pero la saca al instante mientras yo rompo a toser.

—Joder, qué bestia eres —me quejo, pero no puedo evitar reír.

—Eso te pasa por bocazas.

—A ver si te vas a quedar sin mamada…

—A ver si te vas a quedar sin polla…

—Eres imbécil.

—Sí, pero estás deseando que te folle la boca —responde con una sonrisa, y yo pongo los ojos en blanco una vez más—. ¿Me equivoco?

—Empieza ya, anda —le pido, negándome a contestar.

Vuelve a metérmela en la boca, pero esta vez, con mucha más delicadeza que antes.

Cuando su glande llega otra vez hasta mi garganta, esta vez sin atragantamientos inoportunos, Marcos comienza a mover las caderas de forma lenta pero rítmica mientras su polla entra y sale de mi boca.

Se nota que nunca ha hecho esto, sí, pero también es evidente que está tratando de hacerlo lo mejor posible.

También me doy cuenta de que le gusta, y de que está tratando de controlarse para no hacerme daño.

Mientras su polla entra y sale de mi boca, yo le paso ambas manos por la espalda, acariciándola con suavidad mientras las hago descender poco a poco.

Cuando finalmente llegan a sus nalgas, él se queda inmóvil de repente, con el cuerpo tenso.

Nos miramos y veo que tiene los ojos muy abiertos, y entonces me doy cuenta de que nunca antes le había tocado el culo.

Pero él tiene ahora mismo su polla dentro de mi boca, así que tampoco es que sea momento para andarnos con vergüenzas absurdas.

Acaricio sus nalgas con suavidad, disfrutando del tacto blando pero firme, de su amplitud.

De pronto me invade el deseo repentino de ahogarme entre sus nalgas, de que se siente en mi cara y pueda utilizar mi lengua para darle un placer que probablemente no haya sentido jamás, pero sé que eso es imposible.

Sé que Marcos no está preparado para algo así, pero al menos puedo disfrutar con lo que tengo ahora mismo en la boca.

Enseguida vuelve a relajarse otra vez, y la tensión de su cuerpo desaparece poco a poco mientras disfruta de la sensación.

Con las manos todavía sobre sus nalgas, intento guiarlo un poco para que el movimiento sea un poco más atrevido, más rápido.

Cuando por fin coge el ritmo, mi mano encuentra irremediablemente el camino hasta mi polla; toda esta situación me tiene tan excitado que masturbarme es una necesidad casi física.

Poco a poco, Marcos se va animando, y apenas unos minutos más tarde ya me esta embistiendo la boca con fuerza, tal como me gusta que hagan, aunque jamás lo admitiría en voz alta.

A veces me atraganto un poco, pero no me importa.

En este momento, no hay nada que desee en el mundo más que seguir comiéndole la polla.

—Joder… —dice con la voz ronca—. Qué pena que solo pueda follarte la boca.

El corazón se me para durante un segundo. Estoy tan cachondo que sería capaz de hacer cualquier cosa que me pidiera, así que me saco su miembro palpitante de la boca y pregunto:

—¿Quién dice que solo puedas follarme la boca?