El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 45.
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Me he pasado la cena tan nervioso que no sé ni cómo he sido capaz de comérmelo todo.

Después, como viene siendo habitual, nos hemos venido al bar, donde estamos disfrutando del espectáculo de versiones de canciones famosas. Me bebí la primera copa casi del tirón, cosa que me ayudó a deshacerme de parte de los nervios.

El problema es que, durante todo el rato que pasamos aquí, Marcos y yo no dejamos de intercambiar miradas en todo momento.

No sé si se debe a la conversación que hemos mantenido en la playa o al hecho de que pronto estaremos solos en la habitación, pero he perdido la cuenta del número de veces que se me ha puesto la piel de gallina mientras nos mirábamos.

No sé si Marcos está igual que yo, pero no me sorprende cuando se pone en pie y declara que quiere irse a la cama, antes de la hora habitual.

Dice que tenía sueño, pero teniendo en cuenta que hasta nos hemos echado una siesta juntos en la playa, aquello parece poco probable.

Y, entonces, confirma mis sospechas al lanzarme una mirada bastante significativa.

—Voy contigo —me apresuro a decir—. Así no te despierto si vuelvo más tarde.

—¿Tan pronto? —se extraña Antonio—. Siempre os quedáis hasta el final.

—Mañana va a ser un día muy largo, papá —señala Marcos—. Prefiero descansar.

—Si ya estará a punto de acabar —insiste Natalia—. Quedaos al menos tres o cuatro canciones más, anda.

—Que no, en serio —replica él—. Tengo sueño.

—Dejad que se vayan, anda —interviene mi madre, y tengo que contener una sonrisa de agradecimiento porque ella no se imagina por qué tenemos tantas ganas de marcharnos—. Marcos tiene razón; mañana va a ser un día largo. Nosotros tampoco deberíamos quedarnos hasta tan tarde.

Tras darnos todos las buenas noches, Marcos y yo caminamos en silencio hasta el ascensor, y después aguardamos con paciencia hasta que llega.

Por suerte, dentro estamos solos. Lo miro a los ojos y él me devuelve la mirada, sonriendo.

Y entonces, envalentonado por su sonrisa, acerco mi mano a la suya y le rozo ligeramente los dedos.

Él continúa mirándome, con los ojos muy abiertos, pero cierra su mano alrededor de la mía.

Entonces, las puertas del ascensor se abren y volvemos a separarnos.

La tensión es algo casi palpable en el aire entre nosotros mientras caminamos hacia la habitación y abrimos la puerta.

Pero al fin estamos aquí otra vez, los dos solos y con toda la noche por delante.

Y, por supuesto, los dos sabemos lo que va a pasar y estamos deseando que ocurra, así que no tiene sentido que nos andemos con preámbulos.

—¿Quieres ir al baño tú primero? —me pregunta.

—Pues depende, ¿tú tienes muchas ganas de ir? Es que pensaba darme una ducha antes de meterme en la cama.

—¿Otra vez? —Frunce el ceño, extrañado—. Si te has duchado antes de cenar.

Enrojezco ligeramente.

—Ya, pero es que me parece que no usé suficiente champú y todavía tengo arena en el pelo. —Su expresión se normaliza; parece que ha colado—. Así que, si quieres entrar tú primero y tal…

—Vale, pues voy yo.

Me siento en la cama y respiro hondo para tratar de calmar mi nerviosismo.

Marcos no se molesta en cerrar la puerta del cuarto de baño cuando entra, así que oigo sin problemas el sonido mientras orina, y cierro los ojos para tratar de no imaginar esa parte en concreto de su anatomía.

Por suerte, no tarda demasiado y enseguida oigo el ruido de la cisterna.

Trago saliva y, tal vez impulsado por el alcohol que corre por mi sangre, me dirijo hacia el baño.

Todavía se está lavando las manos cuando entro.

Con el corazón latiéndome con fuerza pero fingiendo una calma que estoy muy lejos de sentir, comienzo a desnudarme junto a él.

Nunca había hecho esto delante de él, pero si parece sorprendido, no lo demuestra.

Se seca las manos despacio con la toalla mientras termino de quitarme la ropa, y lo hago con una única intención: quiero provocarlo.

Me pregunto si se habrá dado cuenta de mi estado de semierección, pero, desde luego, yo sí que me he fijado en el bulto en sus pantalones mientras sale del cuarto de baño.

—Bueno, pues no tardo —le digo cuando ya se ha ido, y cierro la puerta con pestillo.

Tal como le he dicho, me meto en la ducha.

Hay una razón para ello, y es que mis expectativas para esta noche están bastante altas.

Después de todo, desde que empezó todo esto, cada día hemos dado un paso más que el anterior.

La primera noche tan solo nos masturbamos juntos, algo bastante inesperado, pero tampoco es que fuera nada del otro mundo.

La segunda noche fue cuando me preguntó por mi opinión sobre su tamaño, aunque ahora en retrospectiva no puedo evitar preguntarme si tal vez no fuera más que una excusa para que se la tocara. Sea como sea, no voy a quejarme de cómo se han desarrollado las cosas, la verdad.

La tercera noche vimos porno juntos, masturbándonos el uno al lado del otro, y después se acabó corriendo en mi boca. Vale, sí, eso fue totalmente cosa mía; él no hizo ninguna clase de intento ni me pidió que hiciera absolutamente nada. Pero ocurrió, y el hecho es que a los dos nos gustó.

Y así fue como llegamos a lo que pasó anoche. Le comí la polla, y además por petición suya. Él me pajeó, se volvió a correr en mi boca, y yo me corrí prácticamente a la vez. Después, me lo tragué todo, lo suyo y lo mío.

Y volvería a hacerlo mil veces más.

Hoy es la quinta noche. Y, si la cosa sigue avanzando…

En fin, prefiero asegurarme de estar limpio.

Nunca me he hecho lavativas ni nada por el estilo; por mucho que me guste alguien, no estoy dispuesto a destrozarme la flora intestinal por ningún tío, la verdad.

Pero sí que es importante tener un poco de higiene básica, así que apoyo un pie sobre el borde de la bañera para facilitarme la tarea y me lavo entre las nalgas con agua y jabón, introduciendo también un par de dedos con gel para asegurarme de que quede todo limpio.

Hace ya casi dos semanas que no me meto nada y todavía mucho más tiempo desde que nadie me mete nada, así que la sangre no tarda en concentrarse en mi polla cuando tengo los dedos dentro.

Pero la ignoro por el momento; si todo va bien, lo que va a pasar esta noche con Marcos podría ser mucho mejor que cualquier cosa que pueda llegar a hacer yo solo.

Cuando salgo del cuarto de baño, con la toalla alrededor de la cintura, Marcos ya me está esperando en la cama. Está totalmente desnudo y se acaricia la polla semierecta con despreocupación, tan consciente como yo de lo que va a pasar.

—Tienes el pijama allí —me indica, señalando una silla. Por supuesto, lo he dejado fuera del cuarto de baño a propósito.

—No creo que me vaya a hacer falta, la verdad.

Él sonríe ampliamente ante mis palabras.

—¿Por fin te vas a animar a quedarte desnudo delante de mí? —me pregunta.

—¿Es que te gusta verme desnudo o qué?

—A ver, a mí me da igual —responde, aunque me da la sensación de que suena demasiado calmado para ser del todo sincero. Se encoge de hombros—. Pero me alegra que empieces a perder un poco la vergüenza conmigo.

—¿Vergüenza de qué? —replico, tratando de hacerme el tonto—. Llevo cuatro días pajeándome contigo y dos de ellos tragándome tu semen.

No se me escapa el hecho de que su mano comienza a moverse ligeramente más rápido al oír esas últimas palabras, como si el recuerdo lo excitara.

—Por eso mismo —responde, y su sonrisa se ensancha todavía más—. Ya iba siendo hora de que dieras el paso de desnudarte frente a mí.

—Qué imbécil eres, de verdad.

—Sí, pero te encanta mi polla —dice con arrogancia.

Arqueo una ceja mientras lo miro.

—Han llamado los Cazafantasmas, dicen que se les ha escapado el fantasmón más grande de todos.

Se echa a reír, y entonces yo me quito la toalla y la dejo sobre la silla que hay cerca. Me siento cohibido ahora que se me ha pasado un poco el calentón con la ducha, sí, pero Marcos tiene razón: ya va siendo hora de que empiece a perder la vergüenza con él.

Sobre todo si quiero que esta noche termine con él reventándome el culo.