El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 44.
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Cuando despierto, todavía abrazado a Marcos, me doy cuenta de que el sol ya ha empezado a bajar ligeramente hacia el horizonte.

El cielo está todavía más nublado que antes y ha empezado a refrescar un poco, y menos mal: de no ser así, nos habríamos achicharrado.

Aunque sin duda habría merecido la pena a cambio de este momento.

—¿Marcos? —susurro.

—Dime.

La vibración de su pecho al hablar me produce un cosquilleo agradable en la oreja.

—Nos hemos dormido.

—Ya —responde, y me doy cuenta de que, una vez más, debe de haberse despertado antes que yo.

—Deberíamos ir volviendo —señalo a regañadientes—. Nuestros padres se van a preocupar.

—Cinco minutos más —murmura, y no puedo evitar sonreír.

—Venga, vale —acepto, sin molestarme en disimular lo mucho que me apetece seguir así un poco más.

Su cuerpo está cálido bajo mis brazos, y su vello se enreda entre mis dedos cuando muevo la mano sobre su ancho torso.

Él comienza a deslizar las manos por mi espalda, y las caricias me provocan un escalofrío que recorre todo mi cuerpo.

Apenas soy capaz de asimilar lo que está pasando.

Marcos y yo no solo estamos abrazados, sino que también nos estamos acariciando.

Este momento de tranquilidad e intimidad compartidas me hace feliz, pero también soy consciente de que no podemos quedarnos aquí para siempre.

Y, una vez más, no puedo evitar preguntarme cómo hemos llegado hasta esta situación.

Pero enseguida comienzo a notar una agradable presión en el bañador y sé que no es el momento ni el lugar, así que me aparto de él y me siento sobre la roca antes de que la erección vaya a más.

Me maldigo a mí mismo por la incomodidad de la situación, pero no puedo evitar la respuesta natural de mi cuerpo ante la cercanía de Marcos.

—Venga, vamos —le digo, tratando de ocultar mi nerviosismo.

—Vaaale… —responde él, incorporándose también. Se frota los ojos, soñoliento. ¿Cómo puede ser tan adorable?

Nos ponemos en pie y emprendemos el camino de vuelta hacia el lugar donde está el resto de la familia.

Marcos no habla durante todo el camino, y la verdad es que se lo agradezco.

Después del momento que hemos compartido sobre la roca, no sé muy bien qué decir.

Todavía siento un calorcillo en la tripa mientras camino, recordándome con cada paso la intensidad del momento que acabamos de compartir.

Me doy cuenta de que me muero me ganas de que llegue la noche, y no solo por el sexo.

Por suerte, nadie nos hace preguntas cuando llegamos.

De hecho, mi madre hasta me sonríe. Me doy cuenta de que lo más probable es que se alegre de que Marcos y yo estemos pasando tanto tiempo juntos; después de todo, nos llevábamos a matar hasta hace literalmente un par de días .

Aunque, por supuesto, ella no tiene forma de imaginar a qué se debe exactamente esa buena relación que hay ahora entre nosotros.

El resto de la tarde transcurre con tranquilidad.

Nos quedamos un par de horas más en la playa; a pesar de lo nublado que está, es como si no quisiéramos perder ni un momento aquí.

Cuando se despeja un poco más la zona, hasta juego un rato a la pelota con Marcos y Natalia.

Finalmente, a eso de las seis y media, recogemos nuestras cosas para marcharnos.

Ya está atardeciendo, y el cielo se ha teñido de unos tonos rojizos y anaranjados que prácticamente me obligan a sacar una foto del mar para subirla a Instagram.

Me doy cuenta de que esta es la única foto que he subido en todo el viaje, pero no pasa nada.

Sé que todo lo que ha ocurrido estos días no va a desaparecer fácilmente de mi memoria.

Ya en el hotel, volvemos cada uno a nuestra habitación para asearnos un poco antes de cenar.

Como siempre, Marcos y yo nos turnamos para darnos una ducha y eliminar todos los restos del agua salada y la arena.

Esta vez entro yo primero, y después de cerrar la puerta con pestillo, me desnudo frente al lavabo.

Me doy cuenta de que tengo el torso algo enrojecido, aunque no demasiado; por suerte, no he llegado a quemarme.

Y, con un poco más de suerte, tal vez hasta coja algo de color, aunque eso ya me parece menos probable.

Cuando me meto en la ducha y el agua comienza a caer sobre mi cuerpo, de pronto soy dolorosamente consciente de que el día ya está llegando a su fin.

Ya ha oscurecido, ya hemos vuelto al hotel, y dentro de apenas media hora nos iremos a cenar.

Después nos quedaremos un par de horas en el bar del hotel, aunque yo preferiría volver directamente a la habitación, pero no pasa nada.

Marcos y yo siempre nos tomamos un par de copas con nuestra familia, y sé que eso siempre ayuda a que luego estemos más desinhibidos cuando volvamos a la habitación.

Y, teniendo en cuenta la conversación de antes, creo que nos va a venir muy bien.

Se me humedecen los ojos al darme cuenta del poco tiempo que nos queda aquí.

Pero, si todo sigue su curso, las cosas seguirán avanzando entre nosotros esta noche, y solo de imaginarlo vuelve a hacer acto de presencia esa erección inoportuna que apareció cuando estábamos tumbados sobre la roca.

Sin embargo, todavía faltan un par horas para que pueda ocuparme de ella, así que bajo la temperatura del agua para tratar de controlarme.

Mi cuerpo y mis ganas van a tener que esperar.