El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 43.
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Hoy es nuestro último día en la isla, así que hemos vuelto a la misma playa que el primero.

El plan es exactamente el mismo que el otro día: estar aquí hasta la hora de la comida, comer en el italiano que tanto nos gustó, echar la tarde en la playa, y después volver al hotel a tiempo para la cena.

Por suerte, mañana no tenemos que madrugar para volver a casa, así que también podremos ir al bar del hotel después de cenar.

Lo agradezco, porque esas copas siempre nos vienen muy bien a Marcos y a mí para desinhibirnos.

Mientras vamos hacia el restaurante de la playa, me doy cuenta de que el ambiente es muy diferente a la última vez.

En lugar de estar hablando animadamente, estamos los cinco en silencio.

Al principio no sé de qué se trata, pero entonces me doy cuenta: hay algo agridulce en el aire.

No me cuesta comprender el motivo; después de todo, es nuestro último día de vacaciones.

Y pensar que lo último que quería era hacer este viaje y ahora me pone triste pensar que se va a acabar…

Me cuesta creer que mañana a esta misma hora estaré en el aeropuerto, y pasado mañana, saliendo de la universidad.

La situación también me resulta agridulce por otra razón: Marcos.

Él era la razón por la que no quería hacer este viaje, y él es precisamente la razón por la que ahora no quiero que se acabe.

A mí mismo me cuesta creerlo, pero es así.

No quiero que se acabe el viaje porque eso significará dejar de dormir con él.

Trato de convencerme de que eso no tiene por qué significar que dejemos de hacer lo que hemos estado haciendo durante estas cuatro noches; después de todo, dormimos pared con pared.

Sería muy fácil encontrar algún momento para repetir.

Sin embargo, en realidad no es eso lo que más voy a echar de menos, sino el simple hecho de dormir juntos.

Despertar juntos. Dormir abrazados, como hemos hecho hoy.

Frunzo el ceño, confuso. ¿Por qué estoy sintiendo todo esto?

¿Y cuándo ha ocurrido el cambio exactamente?

Hace tan solo unos días le dije en el aeropuerto que no quería tener nada que ver con él, pero ahora…

Trato de ignorar esa molesta vocecilla que me dice que, tal vez, la charla del aeropuerto se debía a cosas que no era capaz de admitir ni siquiera ante mí mismo.

La comida transcurre con normalidad, aunque no participo demasiado en la conversación.

No dejo de darle vueltas en la cabeza a toda esta situación con Marcos, a todo esto que está pasando entre nosotros sin saber muy bien cómo ni por qué.

Me siento confuso; demasiado confuso. Ayer mismo me volvió a decir que no es gay, y tampoco dejó abierta la posibilidad de ser bisexual.

Hoy, sin embargo, se ha despertado conmigo abrazándolo y se ha quedado así, como si no pasara nada.

Es más: me ha rodeado él también con el brazo.

Y, no es por ser prejuicioso, pero me cuesta imaginar a un chico cisheterosexual haciendo eso.

Sin ir más lejos, creo que Alejo no lo haría en la vida.

Tomo nota mentalmente para preguntárselo cuando tenga ocasión, aunque eso significaría contarle lo que ha pasado con Marcos, y claro…

Tampoco es que me apetezca demasiado enfrentarme a esa conversación, la verdad.

Hay una razón por la que no les he contado a él y a Álex nada de lo que está pasando estos días, y es porque no sé cómo van a reaccionar.

Mientras me termino la pizza, tomo una decisión: Marcos y yo tenemos que hablar sobre lo que está pasando, y tenemos que hacerlo lo antes posible.

Por suerte, la oportunidad se presenta después de comer, nada más volver a la zona de las sombrillas. Mientras los demás se tumban en las toallas, Marcos anuncia que se va a dar un paseo para bajar la comida, aprovechando que el día se ha nublado un poco.

—¿Puedo ir contigo? —me apresuro a preguntarle.

—Claro —responde con una sonrisa.

Dejamos las sandalias con nuestra familia y caminamos descalzos hacia la orilla.

Allí el aroma del mar es todavía más intenso, y respiro hondo para dejar que inunde mis fosas nasales.

Juntos, echamos a caminar justo en la zona donde rompen las olas, refrescando nuestros pies cada vez que pasan justo antes de volver a retirarse.

Ninguno de los dos hablamos mientras caminamos, pero no importa: la situación es tan agradable que no hace falta.

El cielo está lleno de nubes que mitigan el calor, y hay mucha menos gente por aquí que la última vez.

De pronto me doy cuenta de algo, y es que esto se está empezando a volver algo familiar con Marcos: el silencio.

No tiene nada que ver con esos silencios incómodos que he experimentado alguna vez; los silencios con él son siempre cómodos, como si nos conociéramos de toda la vida y estuviéramos a gusto así, simplemente estando los dos juntos sin necesidad de nada más.

Marcos no rompe ese silencio hasta quince o veinte minutos más tarde.

—¿Nos tumbamos allí un rato? Seguro que se está muy bien.

Miro hacia donde está señalando y veo unas rocas aplanadas y lisas a causa del agua, no muy lejos de donde estamos. Eso me proporciona la oportunidad perfecta para lo que pretendo hacer, así que asiento con la cabeza.

—Vale.

Caminamos hacia las rocas y nos tumbamos sobre ellas. La superficie está húmeda y resbaladiza, pero su frescor es agradable. Cerramos los ojos y permanecemos así unos minutos, otra vez en silencio.

—Se está muy bien aquí, ¿verdad? —me pregunta entonces.

—Pues sí. —Hago una pausa, y entonces añado—: Me da pena que tengamos que irnos a casa.

—Ya. A mí también.

Volvemos a quedarnos en silencio, pero sé que no puedo seguir retrasando esto. Si lo hago, pasará el momento perfecto, y entonces Marcos dirá que ya va siendo hora de volver con nuestros padres y habré perdido la oportunidad.

—Oye —digo al fin—. Creo que deberíamos hablar.

—Dime.

Se tumba de lado para mirarme, y yo hago lo mismo. No sé si esto ha sido buena idea. Su rostro se encuentra ahora a unos centímetros del mío, y al ver sus labios no puedo evitar imaginarme cómo será besarlos. Pero ahora no es el momento. Trago saliva antes de hablar.

—Ayer te la chupé.

Pestañea un par de veces, sin saber a qué viene todo esto.

—Sí.

—Y te gustó.

—Sí —repite, claramente confuso.

Siento un ardor en las mejillas, pero me doy cuenta de que las suyas también se sonrojan. Al menos, parece que estamos en el mismo barco con esto.

—A mí también me gustó hacerlo —le digo.

—Pues entonces, todo bien, ¿no?

Sin embargo, me doy cuenta de que no me está diciendo todo lo que piensa. Trago saliva una vez más antes de continuar; sé que este tema es delicado, y no quiero someterlo a presiones innecesarias.

—Vamos a ver, Marcos… ¿No se supone que tú eras hetero?

Tarda unos instantes en responder.

—¿Y qué?

—Pues que a un tío hetero no le suele gustar que otro tío se la chupe.

—Una mamada es una mamada. —Se encoge de hombros, como fingiendo indiferencia, pero me doy cuenta de que parece incómodo—. Además, estaba oscuro.

Abro tanto los ojos que me extraña que no se ría de mi expresión. Sinceramente, ahora mismo no sé si reír o llorar.

—Venga ya, Marcos, no me jodas. Que lo de los heteros curiosos ya no cuela a estas alturas.

—Entonces, ¿qué quieres que te diga? —pregunta, y su voz suena un tanto molesta. Me planteo abandonar la conversación, pero sé que tengo que mantenerme firme, aunque sea con tacto.

—Quiero que me digas la verdad.

—Pensaba que lo habías hecho porque a ti te apetecía —dice en voz baja, y me doy cuenta de que suena algo dolido—. Si no quieres que sigamos haciendo nada, tampoco hace falta que…

—No es eso —me apresuro a decir—. De verdad, Marcos, no tiene nada que ver con eso. Claro que lo he hecho porque me apetecía, y claro que quiero seguir haciéndolo.

Sin duda tengo que tener las mejillas incandescentes a estas alturas.

—¿Entonces?

—Esta mañana me abrazaste —señalo—. En la cama.

—Tú me abrazaste primero —contesta él, a la defensiva.

—¡Estaba dormido! —le miento; en cualquier caso, eso no es lo importante ahora—. No me di cuenta.

—Ya, bueno. Pero me abrazaste tú primero.

—Joder, Marcos, que esto no es una competición por ver quién abrazó a quién primero.

El caso es que los dos nos abrazamos, sí, pero tú lo hiciste de forma consciente.

Me dijiste que llevabas cinco minutos despierto, y eso significa que estuviste cinco minutos abrazándome a propósito. ¿Por qué lo hiciste?

Permanece en silencio durante unos segundos antes de responder. Puedo ver claramente la confusión en su rostro. A juzgar por su expresión, es evidente que ha estado tratando de no pensar en el tema estos días. Pero, por mucho que lo haya intentado, también es algo que lo ha estado preocupando.

—Yo qué sé, Fran. —Se encoge de hombros—. Todavía seguía medio dormido, estaba a gusto y me salió así, sin más. Tampoco hay que darle más vueltas.

—Pero eso no es todo.

Él cambia de postura para tumbarse boca arriba, alejando la mirada de mí. Cierra los ojos y se lleva las manos a las sienes.

—No sé qué quieres que te diga.

Me incorporo un poco. Le pongo una mano sobre la mejilla, sintiendo la calidez de su piel y la leve aspereza de su vello contra mis dedos, y le giro la cara para poder mirarlo a los ojos.

De nuevo nos encontramos a solo unos centímetros de distancia, y cuando respira, siento su aliento sobre mis labios.

Los suyos tiemblan ligeramente, y quiero besarlos para acabar con sus nervios.

—Quiero que me digas la verdad —repito.

Entonces es cuando veo algo en sus ojos, una especie de temblor. Y me doy cuenta de algo más: están húmedos. Como si estuviera a punto de llorar. Pero no puedo permitir que llore, porque, si lo hace, voy a tener que besarle.

—De verdad que no lo sé, Fran. Te lo juro —me asegura, y la voz se le rompe al pronunciar la última palabra, provocándome un temblor en el corazón—.

Estoy intentando no pensar mucho en ello, ¿vale?

Pero, cuando estamos juntos por la noche y hacemos esas cosas…

No sé, es como que siempre me siento muy a gusto contigo.

Nunca me había sentido tan cómodo con nadie.

Y me gusta lo que hacemos. ¿Tan malo es?

Entonces, una lágrima se desliza por su mejilla, y me apresuro a secársela con el dedo.

Todavía le tiemblan los labios, y me doy cuenta de que está aguantando las ganas de llorar.

Igual que yo estoy aguantando las ganas de besarle hasta que se olvide de sus preocupaciones, pero sé que no es el momento.

—Claro que no es malo, Marcos —susurro muy cerca de su boca—. Lo que estamos haciendo no tiene nada de malo. Y podemos seguir haciéndolo siempre que quieras. Pero entiendes por qué tenía que preguntártelo, ¿verdad?

Él asiente con la cabeza, pero no responde.

Nos quedamos así durante unos instantes, él tumbado y yo medio incorporado, con la mano todavía sobre su mejilla mientras nos miramos a los ojos. Tras unos segundos, aparto la mano para volver a tumbarme yo también, pero él me sujeta el brazo.

—No —se apresura a decir—. No te alejes.

—¿Qué quieres que haga?

Titubea durante unos segundos, como si no fuera capaz de encontrar las palabras para expresarlo.

—¿Me abrazas? —dice al fin, con la voz llena de timidez, esa timidez tan poco propia de él y que solo muestra en los momentos más vulnerables. El corazón me da un vuelco al escucharla.

—Claro que sí.

Y entonces, tal como hice por la mañana, me vuelvo a tumbar y lo rodeo con el brazo.

Y, tal como hizo él por la mañana, Marcos me rodea también con el suyo.

Mis dedos se enredan en el vello de su pecho y siento la calidez de su pecho contra mi mejilla, el latido frenético de su corazón desbocado.

Sin embargo, no sé si se debe a mi presencia o a que está empezando a tranquilizarse, pero la velocidad de su pulso pronto comienza a disminuir.

—Todo esto es nuevo para mí —dice al cabo de varios minutos en silencio, con la voz ahora más calmada—. No he querido darle muchas vueltas, pero no sé… Estoy un poco confuso, supongo.

—Es normal, Marcos —le aseguro—. Pero yo estoy a tu lado, ¿vale? Podemos hablar de esto cuando quieras.

Él asiente con la cabeza.

—Pero… Todavía no, ¿vale? Necesito tiempo.

—Claro. Lo que necesites.

Y, sin decir más, los dos cerramos los ojos y nos quedamos así, abrazados sobre la roca, arrullados por el tenue rugido del mar y el agradable susurro de la brisa sobre nuestra piel.