42.
Cuando despierto, me doy cuenta de tres cosas.
La primera es que sigo abrazado a Marcos.
La segunda es que ahora su brazo me está rodeando los hombros, como para tratar de acercarme más a él.
Y la tercera es que él ya se ha despertado.
En cualquier otra situación, la primera de esas cosas me habría provocado un ataque de pánico. Sin embargo, la segunda y la tercera me dejan clara una cosa: a Marcos no le ha molestado que lo haya abrazado; de hecho, le molesta tan poco que él mismo me está abrazando también.
Sin embargo, no tengo forma de saber cuándo lo habrá hecho exactamente. ¿Habrá sido en sueños, como respuesta involuntaria a mi propio abrazo mientras dormía? ¿O lo habrá hecho al despertarse, de forma totalmente consciente?
En cualquier caso, una oleada de vergüenza me invade de inmediato. ¿Qué se supone que se hace en estas situaciones? ¿Cómo debería actuar o reaccionar ahora? ¿Debería decirle algo? ¿Me quedo donde estoy o me aparto de él?
Por suerte, Marcos debe de darse cuenta de que estoy despierto y rompe el hielo por mí.
—Ey —me saluda como siempre hace, y sonrío al sentir la vibración de su pecho contra mi cara. No aparta el brazo con el que me está rodeando, así que yo tampoco lo hago.
—Ey.
—¿Has dormido bien?
—Muy bien —respondo con cierta vergüenza, sin saber si me lo estará preguntando con segundas—. ¿Y tú?
—También.
—¿Qué hora es?
—Ya son casi las nueve. Está a punto de sonar el despertador.
—¿Llevas mucho tiempo despierto?
—Qué va —responde—. Cinco minutos o así.
Cinco minutos. Una vez más, no puedo evitar preguntarme cuándo me habrá abrazado exactamente. ¿Es posible que me haya rodeado con el brazo por voluntad propia al despertarse y verme abrazándolo? ¿De verdad lo ha hecho a propósito?
Sea cual sea la respuesta, una cosa está clara: incluso aunque me haya abrazado en sueños, si lleva cinco minutos despierto eso significa que la decisión de seguir haciéndolo ha sido totalmente consciente. Y no sé muy bien qué debería pensar al respecto, la verdad.
Pero, de pronto, la alarma de mi móvil suena y rompe el momento. Marcos retira el brazo con el que me ha estado rodeando, y yo me aparto de él y cojo el móvil de mi mesita de noche para que deje de traladrarnos los oídos.
Sin embargo, mientras me meto en la ducha cinco minutos más tarde, soy incapaz de dejar de darle vueltas a lo que ha ocurrido.
Hemos dormido abrazados.
Marcos y yo.
¿Qué cojones estamos haciendo?