El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 41.
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Noto algo extraño al despertar, aunque al principio no estoy seguro de qué se trata.

Entonces, oigo su respiración y me doy cuenta de lo que es: la cabeza de Marcos, a solo unos centímetros de la mía.

Abro los ojos y, bajo la escasa luz que se cuela por las rendijas de la persiana, veo que se encuentra mucho más cerca de mí que de costumbre, tanto como para poder notar su calor corporal.

Ha debido de moverse en sueños y ahora está casi pegado a mí.

Observo su rostro en calma, con los ojos cerrados y la boca un tanto entreabierta.

Veo sus rizos de un castaño oscuro que se le pegan a la frente y, por alguna razón, me entran ganas de tocarlos.

Miro su pecho desnudo, que sube y baja mientras respira con suavidad.

¿Por qué siento este impulso tan desesperado por acercarme todavía más a él?

¿A qué se debe este cosquilleo en el estómago que no parece tener nada de sexual?

Pero, entonces, los recuerdos de anoche invaden mi mente como un torrente.

Por supuesto, la inevitable erección no se hace esperar.

Sin embargo, aunque ahora mismo me encantaría despertar a Marcos para la segunda ronda que ayer se nos quedó pendiente, también es verdad que estoy muy a gusto así.

Recuerdo de pronto lo que ocurrió hace menos de veinticuatro horas, cuando me pidió que me quedara en la cama un ratito más.

Me abrazó de forma deliberada, eso lo tengo claro.

Y, ahora mismo, no hay nada que me apetezca más que abrazarlo yo a él.

Echo un vistazo al reloj que lleva en la muñeca.

Son las ocho menos cuarto de la mañana, lo que significa que tendría más de una hora para estar abrazado a él antes de que suene el despertador.

A pesar del bulto en mis pantalones, esa idea me resulta mucho más atractiva que todo el sexo del mundo, la verdad.

Se encuentra tan cerca de mí que no debería ser difícil.

Apenas nos separan unos centímetros y, sin embargo, la distancia entre nosotros parece infranqueable al principio.

Lo hago despacio; en parte para no despertarlo, y en parte por mi propia cobardía.

Milímetro a milímetro, me acerco a él mientras mi respiración se vuelve agitada.

Siento cada latido de mi corazón resonando en mis oídos y, por un momento, me preocupa que suene lo bastante alto como para despertar a Marcos.

Mis manos tiemblan ligeramente mientras se acercan a su cuerpo, temerosas pero ansiosas por el contacto.

Al fin, mi mano roza su brazo y siento un cosquilleo que recorre mi piel al entrar en contacto con la suya.

Está cálida y suave bajo mi tacto, y me sorprende lo reconfortante que me resulta sentir su presencia tan cerca de mí.

Acerco mi rostro al suyo y me coloco la almohada bajo la cabeza para apoyarme.

Sus labios están ahora tan cerca que no tendría más que acercarme unos milímetros para besarlo, pero no voy a hacer eso mientras siga dormido.

No; si algún día nos besamos, será estando los dos despiertos. Y solo porque él quiera hacerlo.

No sé qué hacer con el brazo izquierdo, así que lo doblo y lo dejo entre su torso y el mío.

Después, con cuidado, deslizo el derecho por encima de su pecho.

Siento el calor de su cuerpo contra el mío, y un suspiro escapa de mis labios ante la sensación reconfortante de su cercanía.

Marcos se mueve ligeramente en respuesta a mi abrazo, pero no se despierta.

Me quedo inmóvil, disfrutando del momento y dejándome llevar por el torrente de emociones que crece en mi interior.

No puedo evitar sonreír ante lo surrealista de la situación: hace apenas un par de semanas, jamás me habría imaginado que llegaría a estar así de cerca de él, y mucho menos, abrazándolo.

¿En qué momento ha dejado de ser el putísimo Marcos para convertirse en… lo que sea que es esto?

Mientras siento los latidos calmados de su corazón bajo mi palma, oyendo su respiración suave mientras su pecho sube y baja junto a mí, me pregunto qué estará soñando en este momento, qué clase de imágenes estarán pasando por su mente mientras duerme.

Me pregunto si alguna vez podremos hablar abiertamente sobre lo que está sucediendo entre nosotros, o si este momento de cercanía no será más que un fugaz destello en medio de la oscuridad.

Pero ahora no puedo pensar en el futuro ni en las complicaciones que puedan surgir.

Tengo sueño, estoy demasiado a gusto, y todavía me queda una hora junto a él que estoy más que dispuesto a aprovechar.

Me concentro en el calor de su cuerpo contra el mío y en el sonido reconfortante de su respiración, en los latidos de su corazón que tanto se aceleran durante lo que hacemos por las noches.

Quiero quedarme a vivir en este momento para siempre.