40.
Lo sigo mirando a los ojos, disfrutando de su desesperación y su placer. Durante un breve instante, me planteo la posibilidad de negarme, pero… ¿a quién pretendo engañar? Yo también lo estoy deseando.
Sin embargo, eso no significa que no pueda seguir haciéndome un poco el duro.
—Venga, vale —digo al fin—. Pero solo porque me lo has pedido bien.
Y, entonces, bajo al fin la cabeza hasta su polla.
El aroma es algo más intenso después de haber lubricado tanto, y me vuelve loco de una forma que no sabría explicar ni aunque lo intentara.
Me siento como si las hormonas de mi cuerpo se hubieran descontrolado por completo, como si me hubiera convertido en un animal en celo que mi cerebro racional no fuera capaz de controlar.
El olor invade mis fosas nasales y, cuando eso, pasa no tengo más remedio que seguir bajando la cabeza para saborear esa delicia palpitante que tiene entre las piernas.
Necesito toda mi fuerza de voluntad para no metérmela en la boca de inmediato.
Cuando mi boca se encuentra ya lo bastante cerca, saco la lengua y saboreo su glande, empapado en ese líquido que tanto me gustó desde el primer momento.
Ayudándome con la mano para tener un poco de estabilidad, introduzco la lengua por debajo del prepucio, arrancándole unos gemidos que me hacen pensar que se va a correr en ese mismo momento.
Pero, por suerte para ambos, logra controlarse.
A continuación, sigo bajando por toda la longitud del tronco, dejando que se interne cada vez más en mi boca, hasta llegar a mi garganta.
Todavía me faltan un par de centímetros, así que continúo haciéndolo y aguanto la arcada; quiero tenerla entera en la boca, quiero que Marcos sepa que estoy aguantando por él.
Permanezco así unos segundos mientras escucho sus gemidos, tratando de respirar por la nariz, hasta que al final tengo que abrir la boca y sacármela un poco.
Pero no permito que salga del todo; cuando su glande llega a la altura de mis labios, lo atrapo entre ellos y comienzo a succionar, tal como he averiguado que le gusta a muchos chicos.
—Fran… —susurra entre jadeos y gemidos descontrolados—. Tío… qué pasada.
Me la saco de la boca el tiempo justo para preguntar:
—¿Te gusta?
—Joder, me flipa —responde mientras se la chupo otra vez, succionando con fuerza—. Joder… creo que me voy a correr.
Pero eso significaría que dejaríamos de disfrutar los dos y no pienso consentirlo, así que me saco su polla de la boca.
—Todavía no, campeón. Que yo ni siquiera he empezado todavía.
Entonces, vuelvo a coger su polla con una mano y la mía con la otra, y después comienzo a chupársela mientras me masturbo con fuerza, incapaz ya de contenerme.
—¿Quieres que te ayude? —me pregunta de repente, descolocándome por completo.
Me saco su polla de la boca y lo miro a los ojos. Después, parpadeo un par de veces, confuso.
—¿Quieres chuparme la polla?
—No —se apresura a responder—. Lo siento… Pero no me veo capaz de hacer eso.
—No pasa nada —le aseguro—. No hace falta que me ayudes, tranquilo. Estoy bien así.
—Ya, pero a ver… —Me doy cuenta de que le está costando encontrar las palabras, así que le doy tiempo para que se aclare un poco—. Puedo ayudarte pajeándote un poco y tal. Si quieres.
—Eh… Bueno, vale. Pero… No sé, ¿estás seguro? —le pregunto, solo para dejarlo claro—. Recuerda que no tienes que hacer nada que no quieras, ¿eh?
—Sí, sí, tranquilo —me asegura—. A ver, lo de chupar y tal me da como cosita, la verdad, pero con las pajas tengo práctica…
Me echo a reír sin poder evitarlo, y él se ríe conmigo.
Y me doy cuenta de que esto es lo mejor del sexo, mejor incluso que el morbo, el placer y los orgasmos: la complicidad.
Haber tenido su polla en mi boca hace unos segundos y que ahora nos estemos riendo, esto es lo que me resulta mágico de verdad.
—Está bien —respondo.
—¿Cómo nos ponemos?
—Buena pregunta… —Lo miro y me lo pienso durante unos instantes.
Si los dos nos la fuéramos a chupar en el clásico 69, sería mucho más fácil.
Pero él no quiere chupármela y yo no quiero que se sienta presionado acercando mi polla demasiado a su boca, así que al principio no tengo muy claro cómo deberíamos colocarnos para poder hacerlo de forma que nos resulte cómodo a los dos—.
A ver, mira… Túmbate de lado, mirándome a mí.
Estoy a su derecha, apoyando mi cuerpo sobre el costado izquierdo para poder tener la mano derecha libre para pajearme.
Sin alejarme de su polla, cambio de postura para tumbarme sobre mi costado derecho, con las piernas hacia la almohada.
Él se gira hacia mí para poder metérmela en la boca cómodamente.
Mi polla está al alcance de sus manos, pero lo bastante lejos de su boca como para que la situación no le resulte desagradable.
—Bueno… ¿Pues empiezo? —me pregunta con timidez.
—Venga, vale —le animo, y me meto su polla en la boca.
Su nerviosismo es más que patente al principio, pero no lo culpo.
Se nota que es la primera polla ajena que tiene en la mano, y al principio es como si no supiera muy bien qué hacer con ella, como si no supiera cómo moverse.
Es normal, claro; no es lo mismo masturbarte a ti mismo que hacérselo a otra persona, y hay que cogerle el truco primero para llegar a hacerlo bien.
Pero Marcos parece más que dispuesto a aprender, así que continúo haciéndole la mejor mamada que he hecho en mi vida mientras él aprende a jugar con mi polla y arrancarme gemidos ahogados de placer.
—Fran… —dice unos minutos más tarde—. No aguanto más…
—¿Te quieres correr?
—Sí… ¿te importa?
—No, tranquilo. Pero tú pajéame fuerte, ¿vale?
Y eso hace. Su mano se mueve por mi polla a toda velocidad, y yo aumento el ritmo de la mamada.
Enseguida comienza a contraerse de placer, y eso hace que me apriete la polla todavía más fuerte.
Suelta un prolongado gemido y, tensando todo el cuerpo, comienza a bombear semen caliente en mi boca, un chorro tras otro de esa delicia entre dulce y salada a la que me estoy volviendo rápidamente adicto.
Cuando las últimas gotas caen sobre mi lengua, comienzo a correrme yo también y me trago su semen mientras el mío cae sobre su mano y mi vientre.
Al terminar, apoyo la cabeza sobre el colchón y nos quedamos los dos en silencio, respirando con fuerza mientras tratamos de recuperar el aliento. Todavía siento su sabor intenso y adictivo cubriendo por completo mi lengua, mi paladar y mi garganta.
Unos segundos más tarde, le echo un vistazo a la mano de Marcos, que se encuentra sobre mi muslo a solo unos centímetros de mi polla ya semiflácida. Mi semen se desliza lentamente entre sus dedos, y entonces se me ocurre algo que creo que le va a poner todavía más cachondo si cabe.
—Ven, dame —le digo, y tomo su mano con delicadeza.
—¿Qué haces?
No respondo. En lugar de eso, me llevo sus dedos a la boca y comienzo a lamerlos por turnos, saboreando mi semen mientras se los limpio uno a uno, todo ello sin dejar de hacer contacto visual con él en ningún momento.
Como ya le he dicho, prefiero el suyo, pero el mío también me gusta.
Estar tragándomelo mientras mi sabor se mezcla con el suyo en mi boca me pone cachondo de nuevo, y de repente soy consciente de que en el futuro voy a dedicar muchas pajas a este preciso momento.
Cuando termino, Marcos se queda en silencio durante unos instantes, observándome con los ojos muy abiertos.
—¿Qué pasa?
—Joder —dice simplemente.
—¿Eso es que te ha gustado?
—¿Tú que crees? —me pregunta, y se señala la entrepierna con un gesto.
Su polla ha vuelto a crecer, aunque no tanto como antes. Como parece que hemos roto una barrera y que ahora ya tenemos confianza para hacer estas cosas, se la cojo con la mano. Aunque no esté en toda su gloria, la sensación sigue siendo indescriptible.
—¿Es que te apetece otra o qué?
—Uf… No me tientes.
—Ya sabes que solo tienes que pedírmelo —señalo con una sonrisa.
—Ya, bueno. Pero, si nos ponemos de nuevo, creo que voy a tardar como una hora en correrme, y mañana tenemos que levantarnos temprano.
—Cierto.
—Pero podemos repetir mañana —me propone con una sonrisa—. Si quieres.
—Estaría bien —respondo, como si no me estuviera muriendo de ganas.
—Me ha gustado mucho, por cierto —añade, y oigo cierta timidez en su voz.
—Gracias, supongo.
—No, gracias a ti, en serio. Me ha encantado.
—Y a mí, idiota —confieso.
—¿De verdad?
—Pues claro.
—Bueno… ¿pues nos vamos a dormir ya? Es tarde.
—Vale. Buenas noches, Marcos.
—Buenas noches, Fran.
Tal como hago siempre, me giro hacia él para dormir y me abrazo a mi almohada.
Aunque estos días ha estado durmiendo boca arriba, hoy se gira hacia mí, y en la penumbra de la habitación puedo ver que sus labios se curvan en una sonrisa mientras me mira.
Permanecemos así durante unos instantes, mirándonos a los ojos y sonriendo.
Entonces, se gira para ponerse boca arriba y cierra los ojos, y yo suelto un suspiro. Ojalá estas noches a su lado no terminaran jamás.