El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 39.
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Continuamos cada uno con lo nuestro, con los ojos clavados en la pantalla de mi móvil. Uno de los chicos le está haciendo una mamada al otro, tal vez de forma un poco exagerada, pero me está poniendo cachondísimo. No puedo evitar preguntarme cómo sería hacerle lo mismo a Marcos.

—Oye, Fran… —dice una vez más, casi como si me estuviera leyendo la mente.

—Dime, anda.

—Nada, es solo que… —Hace una pausa demasiado larga, como si no supiera qué decir a continuación… o tal vez como si no se atreviera—. Nada, déjalo.

—Siempre haces lo mismo, tío —me quejo, poniendo los ojos en blanco—. Ahora me lo dices.

—Es que… —Lo miro y veo que sigue con los ojos fijos en la pantalla, como si estuviera hipnotizado por lo que está viendo—. Dicen que los tíos la chupan mejor.

Hago una pausa. ¿Querrá decir lo que pienso que quiere decir?

—Bueno, eso dicen.

—¿Sabes si es verdad?

—¿Supongo? —digo, encogiéndome de hombros—. No lo sé.

—Ah. Vaya.

—A ver, en parte supongo que tiene sentido. Si tú también tienes polla, supongo que es más fácil saber cómo estimularla. Aunque algunos lo hacen fatal de todos modos. —Decido aprovechar la oportunidad para apuntarme un tanto—. A mí siempre me han dicho que se me da muy bien, la verdad.

—Interesante —dice simplemente.

Trago saliva y me atrevo a lanzarle la siguiente pregunta.

—¿Es que te gustaría que te la chupara un tío o qué?

Tarda un largo instante en responder.

—No lo sé. Puede ser.

El corazón me da un vuelco al oír sus palabras. Acto seguido, comienza a latirme todavía más fuerte.

—¿Y se te ocurre quién podría hacerlo? —pregunto. Desde luego, a mí sí que se me ocurre—. Si quieres comprobarlo de verdad, tiene que ser alguien que sepa hacerlo.

Hace otra pausa larguísima, y entonces…

—Bueno, tú dices que se te da bien, ¿no?

Es como si el corazón me estuviera dando volteretas dentro del pecho. Ahora sí que no puede dejármelo más claro, pero entonces… ¿por qué me cuesta tanto lanzarme?

—¿Quieres que te la chupe? —le pregunto con un hilo de voz.

—Puede ser —dice otra vez.

—Pero eres hetero —señalo.

Un segundo más tarde, me maldigo a mí mismo por lo que acabo de hacer. ¿Para qué le digo nada? Marcos permanece en silencio, tal vez meditando mis palabras, pero entonces…

—¿Y qué?

¿Perdona?

¡¿Cómo que «¿Y qué?»?!

—Pues que los heteros no follan con tíos y tal —le recuerdo—. Por algo sois heteros.

—A ver, que solo es una mamada… —responde, encogiéndose de hombros—. Tampoco es para tanto.

—No, perdona —replico, haciéndome el ofendido—. Te aseguro que mis mamadas sí que son para tanto.

Él se echa a reír.

—Vale, vale. Usted perdone.

—Perdonado —respondo, sonriendo también.

—Entonces, ¿qué?

—¿Qué pasa? —pregunto, haciéndome un poco el tonto. Él se da cuenta y me da un golpe juguetón con el hombro.

—Vas a obligarme a decírtelo, ¿verdad?

—Obviamente —respondo, y él suelta una risita.

—Que si quieres comerme la polla, Fran.

Lo miro y veo que él también me está observando, con esa intensidad que me deshace por completo, así que clavo los ojos en los suyos.

—Sí, Marcos. Quiero comerte la polla.

Él traga saliva de forma visible y audible.

—¿Seguro?

—Claro. ¿Tú estás seguro? —pregunto por si acaso, aunque ha sido él quien lo ha dicho. Estoy deseando hacerlo, pero no quiero que hagamos nada de lo que vaya a arrepentirse después. Es evidente que todo esto es muy nuevo para él.

—Sí, supongo.

—¿Supones?

—Sí, no sé —responde—. Tengo ganas, pero también se me hace un poco raro.

—No tenemos que hacer nada que no quieras.

—A ver, ya te has tragado mi semen —me recuerda, como si fuera capaz de olvidarlo—. Normalmente la gente hace eso después de comerse una polla, así que, ya que estamos…

—Ah, vale, así que ahora tú eres el experto en mamadas.

Se echa a reír y me da otro golpe, más fuerte que antes.

—Idiota.

—Seré un idiota, pero tú estás deseando que te la chupe.

—Pues sí.

Lo dice como si nada, como si fuera lo más normal del mundo. Me quedo descolocado durante un instante, pero logro disimularlo a tiempo.

—¿En serio? —pregunto sonriente.

—¿En serio qué?

—¿En serio lo estás deseando?

Él suelta un largo suspiro antes de responder.

—Pues sí, ¿qué pasa? —admite al fin—. Me puso cachondísimo que te lo tragaras ayer. Si te soy sincero, no he podido dejar de pensar en eso en todo el día.

Por supuesto, no voy a admitir que yo tampoco he podido pensar en otra cosa desde que me he levantado. La necesidad de volver a saborearla me invade por completo.

—Bueno. Pues si a ti te parece bien, por mí no hay problema.

—Lo dices como si no tuvieras muchas ganas —señala, y me doy cuenta de que parece preocupado de verdad—. A ver , que si ves que no te apetece, tampoco hace falta que…

—Cállate ya, anda.

Sin decir nada más, me acerco a su polla y, envalentonado por sus palabras, la cojo entre mis manos.

Me gusta la sensación. Ahora que me ha dado libertad para jugar con ella, me doy cuenta de que, aunque es algo más corta que la mía, también es un poco más gruesa.

Tiene el tamaño perfecto, y no puedo evitar preguntarme cómo será sentirla dentro de mí.

Pero eso no importa ahora; por muchas ganas que tenga de que me folle, también llevo días deseando comérsela.

Y ahora, por fin, se me ha presentado la oportunidad.

Quiero saborear el momento de todas las formas posibles, así que voy despacio.

Primero, muevo la mano de arriba abajo por toda su longitud, al principio despacio y de vez en cuando un poco más rápido cuando Marcos menos se lo espera, disfrutando de la sensación de tener la llave de su placer en la mano y de los jadeos que está soltando.

Una vez más, está lubricando bastante, de modo que juego con su líquido preseminal para extenderlo bien por todo su glande y deslizo el dedo por él, arrancándole unos gemidos que me la ponen más dura que nunca.

—Joder… —susurra.

—¿Qué pasa?

—Eres… un… cabrón —gimotea mientras juego con el índice contra su glande, haciendo que se retuerza de placer. Entonces me quedo inmóvil, con su polla palpitante en la mano.

—¿Quieres que pare?

—¡No! Joder, no. Sigue, porfa.

Y eso es precisamente lo que hago. Juego con las manos, dándole placer con lentitud, disfrutando del momento y dejando que él también lo disfrute.

Estoy deseando volver a saborear su semen, pero no hay prisa: esto me resulta igual de excitante, igual de satisfactorio.

Sus jadeos y sus gemidos me indican lo que le gusta, así que me aseguro de tenerlo contento y también de tentarlo un poco para que quiera más, para que no deje de querer más y más en todo momento.

No sé cuánto rato pasa, pero de repente…

—Por favor… —susurra con voz suplicante—. Chúpamela ya, anda…

—¿Y si no lo hago? —pregunto.

—¿Qué?

—Ahora mismo, tu polla está bajo mi control —señalo, y hago un fuerte movimiento que le arranca un gemido para demostrárselo—. ¿Y si no lo hago? ¿Y si no te la chupo? ¿Y si te pajeo bien fuerte hasta que te corras y te dejo con las ganas de que te la chupe?

Lo miro a los ojos y compruebo con deleite que parece horrorizado. Esbozo una sonrisa maliciosa al verlo.

—No… Por favor, Fran. —Nunca lo había oído suplicar, pero me gusta—. No seas, cabrón, anda… Me has dicho que me la ibas a chupar.

Lo miro fijamente unos instantes más, y entonces me llevo a la boca la mano empapada de su líquido preseminal.

Me lamo los dedos uno a uno, siendo consciente de su desesperación con cada segundo que pasa, y saboreo bien ese néctar que tanto me gusta.

Está con la boca abierta mientras me observa como hipnotizado, y eso me hace sonreír.

—¿Cómo se piden las cosas?

—Por favor…

—¿Por favor qué? —insisto.

—Por favor, Fran… chúpamela.