El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 38.
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La tensión que hay entre Marcos y yo al entrar en nuestra habitación después de cenar y del espectáculo de Halloween en el bar es más fuerte que nunca.

Tanto él como yo somos plenamente conscientes de lo que pasó la noche anterior y, como no podría ser de otra manera, los dos nos hemos pasado el día entero haciendo como si nada, salvo por la conversación de esta tarde en la playa.

Pero también somos plenamente conscientes de lo que va a pasar esta noche, sobre todo después de su ofrecimiento, y esa conversación es precisamente lo que me da la calma de saber que podemos repetir lo de ayer sin peligro. O incluso llevarlo más allá, si es que los dos queremos.

He tenido su polla en la boca. Da igual por qué lo hiciera en realidad, o cómo haya tratado de convencernos tanto a mí mismo como a él de por qué lo hacía.

La única verdad es que he tenido su polla en la boca, aunque apenas tuviera ocasión de saborearla en condiciones.

Pero recuerdo el roce de su glande, la textura carnosa, y sobre todo, recuerdo el sabor intenso de la explosión de semen en mi boca.

No puedo evitar pensar que tal vez hoy pase lo mismo, que tal vez hoy tenga ocasión de volver a saborearlo todo otra vez.

Y eso me provoca una erección solo de pensarlo.

He elaborado una estrategia. No es que sea gran cosa, la verdad, pero tengo que intentarlo.

Así pues, nada más entrar en la habitación, pongo el móvil a cargar sobre mi mesita de noche y después sigo con mi rutina habitual de ir al baño, lavarme los dientes y esas cosas.

Cuando Marcos entra después de mí para hacer lo mismo, aprovecho para ponerme el pijama.

Puede que ayer me desnudara con sus propias manos y muy posiblemente me mirara el culo mientras me dirigía hacia el cuarto de baño para limpiarme los restos de la paja compartida que habíamos tenido, pero eso no significa que se me haya pasado la vergüenza de repente.

Cuando Marcos sale al fin del cuarto de baño, el corazón comienza a latirme a toda velocidad.

Está a punto de pasar. Y, si todo va bien, lo de esta noche será como mínimo tan interesante como lo de ayer.

Se detiene a un par de metros por delante de mí, rascándose el paquete con un gesto ocioso.

No sé si se da cuenta de lo que eso provoca en mí o si al contrario lo sabe perfectamente y por eso lo hace, pero lo odio un poco por ello de todos modos.

—¿Te apetece? —me pregunta con naturalidad, y yo asiento con la cabeza.

Al igual que ayer, comienza a quitarse la ropa para dejarla sobre una silla, todo ello sin dejar de mirarme con una intensidad que me hace enrojecer.

Yo, por mi parte, me quedo con mi pijama y voy hacia la cama.

Antes de meterme en ella, miro la pantalla de mi móvil en la mesita de noche y compruebo que la batería ya ha subido hasta el veintitrés por ciento.

Más que suficiente para lo que me propongo.

Mientras Marcos se mete en la cama, me doy cuenta de que hoy se ha dejado los calzoncillos puestos.

También me percato de que no ha cogido pañuelos.

Por un momento me planteo recordárselo, pero…

¿para qué? No quiero hacer nada que pueda acabar con la posibilidad de que esta noche vuelva a ocurrir lo mismo que ayer, y la necesidad de volver a probar su semen es casi física.

Sobre todo ahora que sé que no hay ningún peligro.

Esta vez, soy yo el que se ha tumbado casi en el centro de la cama.

Él hace lo mismo, y cuando su brazo y su pierna rozan los míos, siento un cosquilleo que me recorre todo el cuerpo.

Tan solo espero que no se haya dado cuenta de mi escalofrío, pero al menos, no lo menciona.

En lugar de eso, me mira con una sonrisa en los labios y dice:

—¿Quieres que pongamos algún vídeo?

Ya tenía planeado de antemano lo que me iba a decir si volvía a proponérmelo.

—Vale, pero con una condición.

—¿Cuál?

—Que tiene que ser de los que a mí me gustan.

Permanece en silencio durante unos instantes, como si estuviera tratando de asimilar mis palabras.

—¿Qué? —dice al fin.

—Pues lo que has oído. Ayer tocó porno hetero, ¿no? Pues hoy toca porno gay.

Puedo ver la indecisión en sus ojos.

—Pero yo no soy gay, Fran.

Eso no lo dudo. Pero cada vez estoy más convencido de que tiene que ser bisexual, aunque ni él mismo sea consciente de ello todavía, y esta podría ser una buena forma de averiguarlo.

Sin embargo, me doy cuenta de que se está poniendo nervioso y tampoco quiero presionarlo, así que echo un poco el freno antes de que la cosa vaya a peor.

—Bueno, no pasa nada. Pero, entonces, yo veré lo mío en mi móvil, ¿vale? A mí el hetero me da bastante pereza, la verdad.

—No, espera.

Trato de contener la sonrisa.

—¿Qué pasa?

—Es que me gusta ver porno contigo —admite tras una larga pausa.

Por alguna razón, eso me hace sentir un cosquilleo en el estómago que va mucho más allá de lo cachondo que estoy en este momento.

—¿En serio? —pregunto con timidez.

Él se encoge de hombros.

—A ver, lo pasamos bien y tal, ¿no?

—Sí. La verdad es que sí. —Suelto un suspiro, y entonces le muestro una sonrisa—. Entonces… ¿te atreves a ver porno gay? Prometo que no va a ser nada demasiado bestia.

Vuelve a quedarse en silencio unos segundos.

—Bueno, vale —responde, aunque todavía puedo oír la duda en su voz—. Pero, si no me gusta, nos quedamos cada uno con nuestro móvil, ¿vale?

—Me parece bien.

Entonces, se acerca un poco más a mí y yo hago lo mismo. Mi brazo y mi pierna izquierdos rozan ligeramente su brazo y su pierna izquierdos, provocándome un estremecimiento, pero ninguno de los dos se aparta ni rehúye del contacto. Por alguna razón, estamos cómodos así.

Cojo el móvil de la mesita de noche para ir a mi página de confianza para estos casos.

En realidad, ya tengo mis vídeos favoritos guardados, pero prefiero empezar con algo más suave.

No quiero traumatizar a Marcos antes de que tengamos la oportunidad de comprobar si estas cosas le gustan o no.

Veo en la lista uno que no parece demasiado fuerte, una mamada con final feliz en la boca, así que lo selecciono y lo pongo a pantalla completa.

Con suerte, a lo mejor se le ocurre alguna idea interesante.

El vídeo empieza como es habitual en estos casos: dos chicos guapos y normativos que no tienen la más mínima idea de actuar se encuentran en una situación total y ridículamente forzada para acabar dándose rabo.

En este caso, son dos amigos jugando a la consola.

En un momento dado, uno de ellos deja el mando sobre el sofá para contestar un mensaje en el móvil y, al ir a coger el mando de nuevo, le agarra el paquete a su amigo «sin querer».

Lo normal, vaya. La situación me resulta inverosímil, pero por primera vez en mi vida, tengo que dar crédito a las mentes creativas de dudoso talento detrás de estos vídeos.

Después de todo… ¿acaso no es todavía más inverosímil todo lo que está pasando entre nosotros estos días?

Sin embargo, si a Marcos le resulta ridículo, lo cierto es que no lo demuestra.

Tiene los ojos fijos en la pantalla y la boca ligeramente entreabierta, y parece muy concentrado en lo que estamos viendo.

Su pecho sube y baja con normalidad; todavía no se le ha acelerado la respiración.

Pero se ha llevado la mano a los calzoncillos, y me doy cuenta de que el bulto ha comenzado a crecer mientras ve el vídeo.

Eso hace que yo me empalme también. ¿Es posible que le esté gustando lo que ve?

Pronto, los chicos del vídeo pierden la ropa y nosotros también lo hacemos, aunque él tarda mucho menos que yo porque la diferencia en el número de prendas es evidente.

Estamos muy cerca, y su brazo derecho me roza el izquierdo mientras se mueve rítmicamente.

El contacto me está volviendo loco, y ya no sé cómo aguantarme las ganas que tengo de hacerle la mamada de su vida hasta que me llene la boca de ese semen que me pasaría la vida entera tragando.

—Oye, Fran —dice al cabo de unos minutos, cuando los dos ya tenemos las manos llenas.

Suelto un suspiro y trato de contener una sonrisa.

—Dime, Marcos.

—¿Te puedo hacer una pregunta?

Ya estamos otra vez.

—Venga, dime.

—Cuando te tragaste mi semen anoche… —El corazón se me acelera solo de recordarlo; ¿todavía querrá que vuelva a hacerlo esta noche?—. ¿De verdad que te gustó?

He tratado de parecer lo más indiferente posible con todos los acercamientos sexuales que ha habido entre nosotros, pero no puedo negarlo.

Sí, por supuesto que me gustó recibir su semen en la boca, me gustó saborearlo y, sobre todo, me gustó tragármelo mientras yo también me corría.

Tengo la polla tan dura que me temo que vaya a explotar de un momento a otro, pero hago lo que puedo por disimular.

—Claro, si ya te lo dije.

—¿Siempre sabe igual?

—Qué va. El mío, por ejemplo, no me gusta tanto, aunque no está mal. —Hago una mueca al acordarme de Raúl; menos mal que siempre me negaba a que se corriera en mi boca—. Pero también estuve con un chico que… uf. Mejor no contarte, la verdad. Me quedo mil veces con el tuyo.

Él me mira con una sonrisa que me provoca un cosquilleo en el pecho.

—Parece que te ha gustado mucho.

—La verdad es que sí —admito, devolviéndole la sonrisa.

—¿Y piensas hacer algo al respecto?

Trago saliva, nervioso, mientras trato de reunir el valor para decirle lo que estoy pensando en estos momentos.

Es absurdo, porque en la playa ya me dijo que podía hacerlo, pero ahora que es de noche y volvemos a estar en esta cama donde tantas cosas han pasado, los dos desnudos, es como si todo fuera mucho más real, más tangible. Lo miro, y entonces doy el paso al fin.

—No me importaría volver a tragármelo.

Nos estamos mirando fijamente a los ojos, y su mirada es tan intensa incluso en la penumbra que por un momento temo que vaya a abrasarme por completo.

Una vez más, es como si fuera a ocurrir algo entre nosotros, como si Marcos estuviera a punto de besarme.

Pero ninguno de los dos da el paso, ninguno de los dos se mueve.

—Pues puedes volver a hacerlo cuando quieras —dice al fin, y su voz no es más que un susurro.