37.
El plan de hoy ha sido venir a Las Palmas, la capital de la isla.
Tras visitar varios puntos de la ciudad, hemos ido al casco antiguo, donde hemos visitado lugares como la casa donde estuvo Cristóbal Colón cuando pasó por aquí durante su viaje a América.
Después, nos hemos venido a pasar la tarde a una playa cercana antes de volver al sur de la isla a tiempo para cenar en el hotel.
Como es habitual, no me baño demasiado para tratar de no quemarme. Me he traído el último libro de Virginia Cavanillas y Fátima Embark para leer bajo la sombrilla, pero al cabo de media hora, me doy cuenta de que no soy capaz de concentrarme. Por supuesto, sé perfectamente cuál es la razón: Marcos.
Una vez más, no puedo evitar pensarlo: ¿qué cojones estamos haciendo?
Todo esto está pasando demasiado rápido, y entre que por las noches estamos ocupados dando rienda suelta a nuestro placer y que durante el día hay muchas cosas que hacer y muy pocos momentos a solas, apenas he tenido tiempo para reflexionar.
Son precisamente estos escasos momentos de calma los que me dan la oportunidad de hacerlo, pero para cuando llegan, no sé ni por dónde empezar.
Por un lado, está lo evidente: mi madre está casada con su padre.
Sí, no somos hermanos. Y sí, los dos somos mayores de edad y técnicamente podríamos hacer lo que quisiéramos.
Pero seguimos siendo más o menos familia, y seguimos viviendo bajo el mismo techo.
Si las cosas acabaran mal entre nosotros, podríamos acabar haciendo mucho daño a la gente que queremos.
Muchísimo. No recuerdo una época en la que mi madre haya estado más feliz que ahora, y no puedo ni quiero arriesgarme a destruir eso.
Pero, ¿y si las cosas acaban bien? ¿Qué haremos entonces con nuestra familia?
Porque algo tendremos que decirles. Y, en cualquier caso, ¿qué sería acabar bien, exactamente?
No puedo olvidar el abrazo de esta mañana.
¿A qué venía eso? ¿Era porque Marcos estaba demasiado cómodo como para salir de la cama, como él mismo me dijo? ¿O een realidad significaba algo más?
Esa primera noche que ocurrió hace lo que parece una vida, la cosa estaba muy clara.
Los dos teníamos ganas de desahogarnos pero estábamos obligados a compartir cama, así que en cierto modo masturbarnos juntos parecía una opción más o menos lógica, dentro de lo surrealista de la situación.
Pero las cosas avanzaron a la noche siguiente, y después aún más ayer por la noche, aunque todavía me cueste creérmelo.
¿Qué se supone que debería pensar al respecto?
Y eso me lleva a otra de mis preocupaciones, y es que no hemos tenido cuidado.
O, más concretamente, yo no he tenido cuidado.
Me he tragado su semen. Lo hice sin pensar, tanto en lo que estaba haciendo como en las posibles consecuencias.
Pero, ahora que estoy calmado y las hormonas no se han adueñado todavía de mi cuerpo, me doy cuenta de que ha sido una irresponsabilidad.
Después de todo, apenas conozco a Marcos.
No sé cómo será su vida sexual. Y creo que esa es, probablemente, la conversación más urgente que deberíamos mantener ahora mismo. Incluso más que la del instituto.
Sigo rumiando esos pensamientos durante un buen rato hasta que de pronto, como por algún milagro, levanto la mirada y veo que Marcos se dirige hacia mí desde la orilla. Y, para mejorar todavía más el milagro, está solo.
—¿Ya no quieres seguir bañándote? —le pregunto cuando se acerca lo suficiente como para poder oírme. Trato de no fijarme en su torso desnudo, en su piel mojada y reluciente, en su bañador mojado y el bulto que se adivina tras él…
—Me apetecía venirme contigo un rato —contesta con naturalidad mientras se tumba sobre su toalla, al lado de la mía.
El corazón me da un vuelco, y me doy cuenta de que no sé cómo contestar a eso.
No ha dicho «me apetecía tumbarme», ni «me apetecía salir del agua».
No. Ha dicho «me apetecía venirme contigo».
Conmigo. Y tampoco sé qué debería pensar al respecto.
Sin embargo, esto me proporciona la oportunidad perfecta para que hablemos, así que no pienso desperdiciarla.
—Oye, Marcos. —Me doy la vuelta hacia él, pero, de pronto, ya no soy capaz de hacerlo. Me estrujo el cerebro, tratando de pensar qué decir—. ¿Te pongo crema? Te vas a quemar.
—Eh… claro —responde, y entonces sonríe y me da el bote.
Se coloca de espaldas a mí, y entonces me vierto el protector solar sobre la mano y comienzo a extendérsela por la espalda.
Comienzo por sus hombros y su cuello y después paso a sus antebrazos, disfrutando de la sensación de su piel cálida bajo mis dedos.
Entonces, sigo bajando por su espalda hasta llegar a la cintura.
La tentación de seguir descendiendo todavía más es casi insoportable, pero logro contenerla.
Me doy cuenta de que nunca lo había tocado de esta manera, y de que no quiero dejar de hacerlo.
—¿Me pones por delante? —me pide, como si estuviera escuchando mis pensamientos. Es capaz de ponérsela él solito, pero no me voy a quejar.
—Claro. Date la vuelta.
Hace lo que le pido y se coloca frente a mí, mirándome intensamente con esos ojos castaños.
Esbozo una sonrisa tímida, y él me la devuelve mientras llevo las manos a su pecho y comienzo a extenderle la crema.
Siento el calor que emana de su cuerpo mientras mis dedos se enredan en su vello y, cuando le paso la crema por los pezones, noto que están duros.
Entonces, continúo bajando hasta su vientre, asegurándome de cubrir cada centímetro de su torso.
Cuando llego a la cintura, la necesidad de seguir bajando es todavía más intensa que antes.
Me da la impresión de que algo se mueve en su bañador.
Pero estamos en público, así que no podemos hacer nada más.
—¿Quieres que te ponga? —me pregunta con voz ronca.
—Vale.
Ahora es él quien se vierte una generosa cantidad en las manos y empieza a esparcírmela por el cuello y los hombros.
Cuando baja hasta el pecho, mis pezones también endurecen, y él sonríe ligeramente mientras me los pellizca suavemente y mi rostro comienza a arder.
Entonces, continúa descendiendo hasta mi vientre.
Ojalá siguiera más abajo, pero es imposible.
—Date la vuelta —me pide, y yo obedezco. Comienza por mi nuca, masajeándome ligeramente—. Tienes una contractura —susurra muy cerca de mi oído.
—Ya, siempre tengo.
—A ver, déjame.
Comienza a masajearme la zona, arrancándome un gemido de sorpresa.
Con ambas manos, me trabaja la nuca y los hombros, tratando de deshacerme los molestos nudos mientras yo trato de contener los gemidos.
Para cuando termina, estoy completamente empalmado.
Pero ya llevamos un buen rato aquí, así que lo mejor será que le saque ya el tema.
—Oye, quería decirte una cosa.
—¿Qué pasa?
Trago saliva, sin saber cómo expresarlo. No quiero que parezca que lo estoy acusando de nada.
—A ver. Antes que nada, quiero que sepas que no me arrepiento de lo que pasó ayer.
—Yo tampoco —responde sin pensárselo.
—Pero tengo que hacerte una pregunta, y necesito que seas sincero conmigo.
—Eh… Bueno, vale. —Frunce el ceño un poco más—. ¿Qué pasa? ¿Qué pregunta?
—Necesito saber si te has hecho pruebas.
—¿Cómo que pruebas? ¿De qué?
Esto está siendo más difícil de lo que pensaba.
—Pues ya sabes. De ITS, enfermedades y esas cosas.
Él parece sorprendido por mis palabras, y entonces enrojece ligeramente.
—No.
—Joder. —Cierro los ojos y me los tapo con las manos, temiéndome lo peor—. Pues de puta madre.
—¿Qué pasa?
—¿Cómo que qué pasa? —Miro a nuestro alrededor para asegurarme de que nadie pueda oírnos y bajo la voz—. Que ayer me tragué tu lefa, tío. Si nunca te has hecho pruebas…
—Creo que no tienes que preocuparte por eso, Fran —responde en voz baja.
—Pero vamos a ver, Marcos. Si me he tragado tu semen…
—En serio —insiste—. No tienes que preocuparte por nada.
—¿Estás seguro?
—Estoy completamente seguro —confirma, y creo que es la primera vez que lo oigo tan cohibido. Está empezando a ponerse tan rojo como creo que lo estoy yo—. ¿Recuerdas que te dije que eras la primera persona que se lo tragaba?
—Sí.
—Bueno, pues eso.
O sea, que ha tomado precauciones siempre. Suelto un suspiro de alivio que no soy capaz de disimular.
—Perdona. Es que me había rallado un poco, y pensaba que…
Dejo la frase inconclusa y aparto la mirada, lleno de vergüenza.
—Pues lo dicho. No tienes nada de lo que preocuparte.
—Joder. Pues qué alivio, la verdad.
Él se echa a reír, disipando un poco la tensión del momento.
—Tranquilo, Fran. —Me mira y alza una ceja, con una sonrisita picarona que me acelera el corazón—. Puedes tragarte mi semen siempre que quieras.
Enrojezco violentamente ante sus palabras, al mismo tiempo que siento esa presión familiar en los pantalones. ¿De verdad me ha dicho lo que me acaba de decir?
Y, más importante todavía… ¿debería tomármelo como una invitación de ahora en adelante?
—Bueno, pues ya sabes —respondo—. Por mí, encantado.