El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 36.
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No sé si es por el cansancio de estos días, por la comodidad de la cama del hotel o por el hecho de estar durmiendo con Marcos, pero ya es la tercera noche que duermo del tirón y no me despierto hasta que suena la alarma.

Me giro hacia la mesita de noche para apagarla, y entonces oigo que Marcos se mueve detrás de mí.

A diferencia de los días anteriores, no se queja por el sonido.

—Ey —me saluda.

—Ey. —Me doy la vuelta para echarle un vistazo bajo los escasos rayos del sol que se cuelan entre las rendijas de la persiana, y veo que tiene una sonrisa perezosa en los labios mientras me mira—. ¿Qué pasa?

—Nada, que estoy muy a gusto aquí.

—¿Ya estabas despierto? —pregunto, y él asiente con la cabeza sin perder esa sonrisa.

El corazón me da un vuelco al darme cuenta de que tal vez haya estado mirándome mientras dormía, y siento algo cálido en la tripa que sube por mi cuerpo y amenaza con teñir de rojo mis mejillas—.

Pues venga, que tenemos que levantarnos ya.

Me acerco a donde está y trato de tirar de la sábana con la que sigue tapado, pero él la sujeta para impedírmelo.

Forcejeamos unos segundos, entre risas, y de pronto, Marcos me sujeta el brazo con la mano y tira de mí con fuerza.

Pierdo el equilibrio y caigo sobre él, aunque logro apoyar la mano izquierda sobre el colchón.

La derecha, sin embargo, cae sobre su ancho pecho, con su mano todavía sobre mi brazo.

Mi cara se encuentra a solo unos centímetros de la suya, y me doy cuenta de que podría besarle si quisiera.

Pero, por supuesto, no puedo hacerlo.

—Cinco minutos más —dice con ojos de cachorrito, y no tengo más remedio que ceder.

—Vale. Pero ni uno más.

Su sonrisa se ensancha, y entonces, vuelve a tirar de mi brazo y me hace caer del todo sobre su pecho.

Todo mi cuerpo se tensa al instante; no sé muy bien qué hacer.

¿Me ha hecho caer encima de él a propósito, o tal vez debería apartarme?

¿Y si quiere que me aparte pero no sabe cómo decírmelo?

O, peor todavía: ¿y si quiere que sigamos así y yo la cago al apartarme?

Pero, entonces, me doy cuenta de algo: con la cabeza sobre su pecho, puedo sentir los latidos de su corazón en mi oído.

Son unos latidos acelerados, casi tanto como los míos, y eso basta para darme cuenta de que quiere que sigamos así, tal y como estamos.

Además, todavía no me ha soltado el brazo, y eso tiene que significar algo, ¿verdad?

Cierro los ojos, más relajado, y disfruto de las sensaciones que me rodean por completo: el olor de Marcos, el tacto y la calidez de su cuerpo, los latidos de su corazón.

Entonces, su mano me suelta el brazo y se desliza por mi espalda para abrazarme.

Una vez más, me quedo inmóvil a causa de la impresión.

No hay duda posible: Marcos me está abrazando de forma deliberada, y no entiendo cómo ni por qué hemos llegado hasta esta situación.

Puede que anoche me tragara su semen, pero esto es con diferencia lo más íntimo que hemos compartido hasta el momento.

Y también es mi momento favorito de todos los que hemos vivido juntos estos días.

—Fran… —susurra de pronto muy cerca de mi oído, sacándome del ensueño y provocándome un agradable cosquilleo.

—Dime.

—Ya han pasado más de diez minutos.

—¿En serio?

—En serio. Ya son casi y cuarto.

—Mierda.

Estaba tan a gusto que me he quedado adormilado encima de él.

—Podemos ducharnos juntos —sugiere entonces—. Así tardamos menos.

—Ni de coña.

No rechazo la idea porque no me guste, sino más bien todo lo contrario.

—¿Por qué?

—No sé… —respondo, y noto un calorcillo que comienza a invadir mi rostro—. Porque me da vergüenza.

—Te recuerdo que ayer te tragaste mi semen —señala, y mis mejillas enrojecen al instante—. Si ahora te va a dar vergüenza esta chorrada…

—No es lo mismo.

Marcos se echa a reír.

—Venga, no seas tonto. Es lo más rápido. ¿Vamos?

Suelto un suspiro. El tiempo juega en nuestra contra y no podemos seguir perdiéndolo, así que asiento con la cabeza.

—Pero tengo que mear antes —advierto—. Yo solo.

—Vale. Pues ve yendo tú y me avisas cuando termines.

Con el corazón palpitando con fuerza en mi pecho, entro en el cuarto de baño y me apresuro a vaciar la vejiga. A continuación, trago saliva y, más cohibido que nunca, comienzo a desnudarme. El corazón me late tan rápido que parece que vaya a explotar.

—Ya está —le aviso antes de meterme en la ducha. Dejo correr el agua durante unos segundos para que se caliente antes de mojarme.

La mampara de la ducha es transparente, así que puedo ver que ya se ha desnudado antes de entrar al cuarto de baño, y el corazón me late más fuerte aún.

Primero va a mear, justo al otro lado de donde yo me encuentro, así que aparto la mirada para que no piense cosas raras y me sitúo debajo del agua antes de enjabonarme, muy consciente de los latidos frenéticos de mi corazón y de mi respiración acelerada.

Las imágenes de aquel sueño vuelven a mi mente de golpe.

Suena la cisterna y, apenas unos segundos más tarde, Marcos abre la mampara y se mete en la ducha.

Al momento, me doy cuenta de dos cosas. La primera es que nunca habíamos estado los dos desnudos a plena luz, y esto cambia mucho las cosas.

La segunda es que el espacio de la bañera es mucho más reducido ahora que somos dos personas dentro, lo cual significa inevitablemente que va a haber roces.

Y eso es bueno y malo al mismo tiempo, por razones más que evidentes.

—¿Me lo pasas? —me pregunta, señalando el cabezal de la ducha.

Se lo tiendo en silencio y comienzo a enjabonarme, asegurándome de formar mucha espuma entre mis piernas para que no pueda fijarse demasiado. Con suerte, cuando inevitablemente acabe empalmándome, esto me ayudará a disimularlo un poco.

—¿Quieres gel? —le pregunto cuando termino, y él asiente con la cabeza—. A ver, vente.

Me da el cabezal de la ducha y yo me aparto un poco para que pueda llegar al dispensador de gel que hay anclado a la pared.

Nuestros cuerpos se rozan mientras lo hace, provocándome un escalofrío.

Después, dejo el cabezal en su soporte, detengo el agua para llenarme las manos de champú del segundo dispensador y comienzo a esparcirlo por mi cabeza.

Ahora estoy de espaldas a él y de pronto siento que algo me roza las nalgas, pero no sé de qué se trata exactamente y eso me provoca un nuevo torrente de sensaciones que recorre todo mi cuerpo.

Tal como esperaba, lo que tengo entra las piernas comienza a despertar. Era inevitable.

—¿Me dejas que pille champú? —me pide tras unos segundos, mucho más cerca de mi oído de lo que esperaba.

—Claro.

Asiento torpemente con la cabeza y me aparto otra vez, todavía de espaldas a él. Vuelvo a poner la ducha en marcha y comienzo a aclararme el pelo.

—¿Me haces hueco? —pregunta entonces.

El corazón me da un vuelco.

—¿Qué?

—Bajo el agua. Para ir más rápido y tal.

—Eh… Vale.

Trago saliva y me aparto un poco. Marcos se coloca junto a mí, pero entonces, en lugar de permanecer así, me hace girar de modo que nos quedamos frente a frente. Su rostro se encuentra a solo unos centímetros del mío mientras el agua templada cae sobre nosotros.

—Yo te enjuago a ti y tú me enjuagas a mí —me propone—. Así terminamos antes.

Sin esperar una respuesta que no soy capaz de articular, comienza a aclararme el pelo, con cuidado de que no me caiga espuma en los ojos.

Me quedo aturdido unos instantes, sin saber qué hacer.

Y al fin, con timidez, levanto las manos y comienzo a enjuagarle el pelo también a él.

Para entonces, él ya ha terminado con mi pelo y ha bajado hasta mis hombros.

Me los frota bien, y después introduce las manos bajo mis axilas para seguir lavándome.

A continuación, me frota el pecho, con el corazón palpitándome con fuerza bajo sus manos.

Supongo que podrá sentirlo, porque me dirige una sonrisa.

Seguimos así durante unos segundos, él aclarando una zona de mi cuerpo y yo haciendo lo mismo con él poco después.

Mientras lavo su ancho pecho, yo también puedo sentir los latidos de su corazón, tan acelerados como los míos.

Mis dedos se enredan entre su vello húmedo, trazando las líneas y las curvas de su cuerpo, y lo único que puedo pensar es que tengo que estar a punto de despertar de un momento a otro. Pero no lo hago.

Enseguida ya se ha encargado de mi pecho, mi espalda, mis brazos y mi vientre, y entonces comienza a bajar por debajo de mi cintura.

Me quedo paralizado una vez más, y el sueño de hace unas pocas noches vuelve a mi mente de golpe.

Tengo el pene semierecto cuando sus manos se cierran sobre él, pero no dice nada.

Como si esto fuera lo más normal del mundo, continúa enjuagándome y entonces yo bajo también hasta su polla.

Me sorprende darme cuenta de que él también está medio empalmado, pero tampoco digo nada.

Continuamos así durante unos segundos, casi masturbándonos mutuamente mientras nuestras pollas crecen entre las manos del otro.

Si tuviéramos un poco más de tiempo, estoy seguro de que acabaría poniéndome de rodillas frente a él sin poder evitarlo.

Pero, antes de que la cosa pueda ir a más, los dedos de Marcos se deslizan hasta mis nalgas.

Y, a diferencia de lo que ocurrió en mi sueño, se limitan al exterior.

Cuando ya estamos los dos bien enjuagados, Marcos detiene el agua.

—Un momento —me dice antes de que pueda moverme.

Entonces, abre la mampara y sale de la ducha antes que yo. A continuación, coge mi toalla y, para mi sorpresa, me envuelve con ella, como si quisiera asegurarse de que no pase frío. Solo entonces se envuelve él con su toalla y comienza a secarse mientras yo hago lo mismo.

—¿Qué hora es? —pregunto, señalando el reloj inteligente de su muñeca.

—Y veintiséis —responde—. Justo a tiempo.

Durante los cuatro minutos siguientes, nos apresuramos a terminar de secarnos y vestirnos antes de salir al pasillo, donde ya nos está esperando nuestra familia.

Mientras bajamos hacia el restaurante, con el recuerdo de las manos de Marcos alrededor de mi cuerpo todavía fresco en mi mente y cálido sobre mi piel, un único pensamiento da vueltas por mi cabeza: no sé cómo voy a sobrevivir hasta que llegue la noche.