El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 35.
39%

35.

‎

No hay forma de evitar lo que va a pasar.

Por supuesto, yo también tengo pene, y sé perfectamente lo que pasa cuando te estás masturbando y llegas a cierto punto.

A partir de determinado momento, ya es imposible parar; aunque dejes de mover la mano, el clímax llega y no importa que quieras o no.

El problema es que Marcos se corre a chorros, y eso podría suponer un problema ahora que estamos compartiendo cama.

En apenas una fracción de segundo, mi cerebro asimila toda la situación.

Su mano alrededor de su polla palpitante está inmóvil, pero ya es demasiado tarde para impedir lo que va a pasar.

Yo llevo puesto el pijama, el único que me he traído, y estamos tan pegados que voy a acabar inevitablemente pringado.

Por lo que me ha dicho sobre su potencia, hay muchas posibilidades de que una parte acabe sobre la cama y las almohadas…

la misma cama y la misma almohada que yo también utilizo.

Por morbosa que sea la situación, no es lo más apetecible para dormir después.

De pronto, es como si algo me poseyera, tal vez la pura encarnación de la lujuria.

Sin pensármelo siquiera, me acerco con rapidez hacia la polla de Fran y cierro la boca a su alrededor.

Mi lengua roza su glande durante un instante, y apenas tengo tiempo para saborearlo cuando su explosión de placer inunda mi boca por completo.

Oigo un gruñido y los chorros de semen salen uno tras otro, potentes y densos, y el sabor dulzón pero con un toque salado es tan intenso que, sin poder evitarlo, yo también llego al clímax antes de que Marcos termine siquiera de correrse dentro de mi boca.

Cierro la mano sobre mi propio glande para evitar salpicaduras y, cuando la polla de Marcos deja al fin de temblar, me lo trago todo mientras termino de correrme.

Me quedo inmóvil durante un instante, lleno de la más absoluta satisfacción mientras limpio con la lengua los restos de semen alrededor de su polla.

Entonces, mi cerebro asimila de golpe la realidad de lo que acaba de pasar. Me saco su miembro palpitante de la boca, me lamo los labios para limpiarme un par de gotitas que no he podido contener y me aparto ligeramente, muerto de la vergüenza por lo que acabo de hacer.

Ya está: se lo va a decir a nuestros padres, no hay duda. Le va a decir que soy un enfermo, un degenerado que no ha perdido ni un segundo en lanzarse a por su polla. Que me he tragado toda su lefa como un desesperado, como un enfermo, como un obseso sexual o algo por el estilo.

Sin embargo, Marcos permanece en silencio durante unos segundos que se me antojan interminables.

Si le hubiera molestado, supongo que me lo habría dicho al momento, ¿verdad?

Me da miedo mirarle la cara, pero al fin me atrevo a echarle un vistazo de reojo y veo que está tumbado tan tranquilo, con los ojos cerrados y la respiración todavía entrecortada. No parece enfadado.

—Joder —dice simplemente al cabo de unos instantes.

—¿Qué pasa?

Él se encoge de hombros, y entonces esboza una sonrisa que me llena de alivio.

—La verdad es que así es mucho más cómodo.

—¿No te molesta lo que he hecho? —pregunto con incredulidad.

—¿Qué? —Abre los ojos y me mira directamente—. ¿Por qué iba a molestarme?

¿Lo está diciendo en serio?

—Pues no sé… a lo mejor porque me he tragado tu semen y tal.

—Ya, bueno. —Se encoge de hombros una vez más—. Pero, si no lo hubieras hecho, ese semen nos habría cubierto a mí, a ti, y posiblemente también parte de la cama. Así que gracias.

Al menos, no me había equivocado en mi suposición.

—Bueno… pues de nada. —Ahora soy yo quien se encoge de hombros—. Sí que es verdad que te corres bastante.

Su sonrisa se vuelve tímida ahora.

—Ya, bueno. Me da un poco de vergüenza el tema, la verdad.

—¿En serio? ¿Por qué?

—No sé… Por un lado, porque es un engorro y tal, ya lo has visto. Pero aparte, no sé… ¿no es un poco asqueroso y tal lo de correrme tanto?

Le devuelvo la sonrisa. En realidad, para mí ha sido todo lo contrario a asqueroso, aunque supongo que no todos pensarían lo mismo.

—Bueno, al menos sabía bien.

—¿En serio? —Asiento con la cabeza—. En plan… ¿te ha gustado y tal?

—Claro.

—Pero, a ver… ¿Dirías que está…, rica o algo así?

—¿Sí? —respondo, como si fuera obvio—. ¿Es que nunca la has probado o qué?

Hace una mueca de asco.

—¡Claro que no! ¿Cómo voy a probar mi lefa, tío?

Ahora soy yo el que se encoge de hombros.

—No sé, a mí me parece algo normal.

—Ni de coña —me asegura tajante.

—Pues yo qué sé, será cosa nuestra o algo. Todos los tíos gays o bisexuales cis con los que he hablado del tema la han probado, así que…

—Qué raros sois —responde entre risas—. Pero bueno, me alegra que te guste. ¿Sabías que es la primera vez que alguien se traga mi semen?

Sus palabras hacen que el corazón me dé un vuelco.

—¿En serio? —pregunto.

—En serio.

—Bueno, pues no sé… me alegra haber sido tu primera vez.

Se echa a reír una vez más, y entonces…

—A mí también.

Perdona… ¿qué?

—¿En serio? —repito.

—En serio.

Se me queda mirando durante unos instantes, con una sonrisa en los labios. Pero, entonces aparta la mirada y suelta un suspiro.

—¿Pasa algo? —pregunto.

—¡No! —se apresura a responder—. Es solo que… No sé, ¿no deberías ir a lavarte o algo, antes de que se te seque todo?

—¿Cómo? —pregunto, algo confuso, y él señala con la cabeza mi mano derecha. Todavía está sobre mi polla, manchada del semen a medio secar del que casi me había olvidado—. Mierda. Es verdad.

—¿Te ayudo?

—¿Qué? —repito, con la voz una octava por encima de lo normal.

—Tú me has ayudado a que no me manche, ¿no? Pues ahora yo puedo ayudarte a ti.

—Bueno, que yo tampoco quería acabar hasta arriba de tu lefa, ¿sabes? —señalo, obviando por completo la parte de que estaba deseando tragármela—. Aunque sigo sin saber a qué te refieres exactamente.

Él me mira arqueando una ceja, como si fuera evidente.

—Estás todo pringado, y como te pongas de pie, a lo mejor se te cae todo encima del pijama —responde, y me da la impresión de que se está poniendo rojo—. Si quieres, te puedo ayudar a quitarte la ropa y tal.

Trago saliva. ¿De verdad me está ofreciendo eso?

¿De verdad hemos pasado de odiarnos o algo parecido a ayudarnos a limpiarnos después de corrernos juntos, y todo en cuestión de unos pocos días?

Claro que, teniendo en cuenta que ahora mismo tengo su semen en mi estómago, ¿de verdad debería extrañarme tanto su gesto?

—Vale —respondo simplemente.

Entonces, Marcos enciende la linterna del móvil para ver mejor y lo deja sobre la cama.

Todavía desnudo, se pone de rodillas y se gira hacia mí.

El corazón se me acelera por un momento al pensar que va a metérmela en la boca, pero por supuesto, no lo hace.

En lugar de eso, tira de la camiseta de mi pijama, que llevo subida hasta la mitad del vientre, y me la termina de subir hasta la cara.

No sé si es cosa mía, pero me da la impresión de que me está rozando el torso más de lo necesario mientras lo hace, casi como si estuviera acariciándome con los dedos.

Pero, entonces, suelta la camiseta y yo la sujeto con la boca para que no se caiga sobre mi tripa pringosa cuando me ponga en pie.

Sigo observando a Marcos, que se ha dirigido ahora hacia mis pantalones, y no se me escapa la mirada que le echa al charco que hay sobre mis manos, y a mi polla todavía en estado de semierección.

Antes no quería que me viera así, pero supongo que ahora que me he tragado su semen es como si hubiera perdido parte de la vergüenza de golpe.

Lleva ambas manos a los laterales de mis caderas y después pasa las manos lentamente por detrás.

—Levanta un poco —susurra.

Trago saliva y hago lo que me dice, y entonces él cierra las manos sobre mis nalgas.

Me mira a los ojos durante un segundo y, bajo la luz del móvil, me parece ver algo extraño ardiendo en sus pupilas.

Pero entonces vuelve a mirar hacia abajo y comienza a bajarme los pantalones con lentitud, y ahora sí que me parece evidente que lo está haciendo mucho más despacio de lo necesario.

Se me eriza el vello de las piernas bajo sus caricias, pero si él lo nota, desde luego no dice nada.

Finalmente, me baja los pantalones hasta los tobillos y termina de quitármelos.

—Bueno —dice, mirándome con una sonrisa—. Pues ya está.

Se pone en pie junto a la cama, pero en lugar de marcharse o algo así, lo que hace es quedarse ahí, esperando a que yo también me levante. Lo hago, con cuidado de no derramar nada, y entonces nos quedamos frente a frente, tan cerca que nuestra respiración se entremezcla.

—Gracias —susurro, muy cerca de su boca.

—De nada —responde él, y su aliento me produce un cosquilleo en los labios.

Nos quedamos así durante unos instantes, mirándonos a los ojos en silencio, y por un momento creo que va a besarme.

Después, creo que voy a ser yo quien lo va a besar a él.

Pero ninguno de los dos lo hace, y entonces se aparta para dejarme pasar.

Mientras camino hacia el cuarto de baño, coge el móvil de la cama para iluminar mi camino, aunque tengo la total certeza de que de paso está aprovechando para mirarme el culo.

Y esa idea me gusta tanto que mi polla comienza a ponerse dura de nuevo entre mis manos.

Una vez en el cuarto de baño, aprovecho que no hay nadie a quien pueda molestar para meterme en la ducha; va a ser lo más rápido. Solo me mojo de cintura para abajo, y me embadurno bien en gel para limpiármelo todo.

Cuando salgo un par de minutos más tarde, me miro al espejo y me doy cuenta de que tengo las mejillas rojas y los ojos muy brillantes, mucho más de lo normal.

Sin embargo, ahora que ha pasado el momento de excitación, un único pensamiento molesto no deja de darme vueltas por la cabeza.

Un pensamiento recurrente que ya he tenido más de una vez durante estos días, y que no parece que vaya a abandonarme pronto.

¿Qué cojones estamos haciendo?