El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 34.
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No sé si es por la charla con Marcos durante la tarde o por habernos pasado el día bastante más pegados de lo habitual al tener que ir juntos en el coche, pero esta vez me siento mucho más cómodo con él cuando entramos en la habitación después de cenar y el par de horas de rigor en el bar del hotel.

Ya es la tercera noche que vamos a dormir juntos. A estas alturas, los dos sabemos lo que va a pasar, así que no tiene mucho sentido que nos andemos con preámbulos.

—Bueno… —comienza con una media sonrisa después de turnarnos para usar el cuarto de baño—. ¿Te apetece?

—Vale —respondo con cierta timidez mientras pongo el móvil a cargar sobre la mesita de noche.

Como no podría ser de otra manera, mi sangre comienza a hervir por la expectación.

Nos encontramos los dos de pie en mitad de la estancia, con la luz todavía encendida mientras hablamos.

La situación es muy diferente a las noches anteriores.

Cuando estábamos en la cama, con la luz apagada, todo era más fácil.

No tenía que esforzarme tanto por disimular, no tenía que obligarme a tratar de no mirar el bulto que se adivinaba bajo sus pantalones.

Y, después de haberme pasado todo el día encendiéndome con cada mínimo contacto con él, ahora que lo tengo delante y puedo verlo con claridad, me cuesta contener el impulso de abalanzarme hacia él, ponerme de rodillas y bajarle los pantalones.

Como si estuviera leyéndome la mente, comienza a desvestirse.

El corazón me da un vuelco hasta que recuerdo un instante después que siempre duerme en ropa interior, que no está haciendo nada fuera de lo común.

Me pregunto si tal vez debería hacer yo lo mismo, si no debería quitarme el pijama para estar más cómodo, aunque enseguida descarto la idea.

A pesar de lo que hacemos por las noches, la idea de desnudarme delante de él todavía me resulta violenta, y más si está la luz encendida.

Pero, entonces, Marcos se quita también los calzoncillos.

Ya lo he visto completamente desnudo un par de veces, al entrar o salir de la ducha.

Además, ya me ha enseñado su polla en todo su esplendor y hasta la he tenido en la mano, aunque todavía no acabe de creérmelo.

Pero esto es diferente. En la primera situación, Marcos ni siquiera estaba empalmado, y de todos modos, el vapor del baño y mis prisas por salir tampoco me permitían fijarme demasiado.

Y, en la segunda… A ver, es cierto que la he tenido en la mano mientras la miraba, pero no es lo mismo.

En esos momentos estábamos en la cama y con las luces apagadas; es como que había cierta intimidad o algo así, supongo.

Marcos se estaba iluminando con la linterna del móvil, pero no podía ver nada más de él.

No podía verle la cara, no podía mirarlo a los ojos.

Ahora es distinto. Está completamente desnudo frente a mí, y se está acariciando la polla semierecta mientras me devuelve la mirada sin el menor atisbo de vergüenza.

Trago saliva. ¿Será esto alguna clase de insinuación o algo por el estilo?

¿O tan solo es que después de lo de ayer se siente lo bastante cómodo conmigo como para desnudarse delante de mí?

Cualquiera de las dos opciones me gusta, pero eso no significa que sea fácil, y las ganas de arrodillarme frente a él vuelven con más fuerza que nunca.

Por si fuera poco, todavía recuerdo el sabor intenso de su líquido preseminal en la boca con tanta claridad que mi mente trabaja a toda máquina para tratar de encontrar la forma de volver a probarlo.

Soy vagamente consciente de que mi propia erección comienza a tensarse contra mis pantalones.

—¿Apagas la luz? —me pregunta entonces, sacándome de la ensoñación.

Tengo el interruptor cerca, así que asiento con la cabeza sin decir palabra y lo hago. Cuando me doy la vuelta, Marcos enciende la linterna del móvil para que pueda ver el camino, y por alguna razón, eso me provoca un cosquilleo en el estómago.

Al meterme en la cama me doy cuenta de que Marcos no está en un lateral, tal como hizo la primera noche.

Se ha tumbado en el mismo sitio que ayer, prácticamente en el centro.

Supongo que eso quiere decir que hoy también busca contacto, así que yo también me tumbo más pegado a él.

Mi pierna roza la suya, totalmente desnuda, y el roce me provoca un escalofrío que me recorre todo el cuerpo.

El bulto de mis pantalones comienza a resultar casi molesto, y el corazón me late tan fuerte que por un momento temo que Marcos vaya a ser capaz de oírlo.

«Venga, Fran», me digo a mí mismo. «Céntrate. Ya habéis hecho esto dos veces. No pasa nada.»

Pero me da reparo que Marcos pueda llegar a vérmela si no está dura del todo, así que me acaricio ligeramente por encima del pijama.

Él, mientras tanto, está haciendo lo mismo con la mano derecha mientras usa el móvil con la izquierda.

Me muestra la pantalla y veo la imagen pausada de un chico encima de una chica con las tetas más grandes que he visto en la vida.

La pobre tiene que tener la espalda hecha un cristo de cargar tanto peso.

—No te importa, ¿no?

—No, no —me apresuro a responder—. Tranqui.

—¿Tú vas a ver algo, o…?

—Es que tengo el móvil cargando.

Hace una pausa antes de responder.

—Ah, vale. —Permanece en silencio durante un instante, y entonces pregunta—: ¿Quieres ver algo conmigo?

Trago saliva, sin saber muy bien qué responder a eso. Sin embargo, ver porno juntos es una buena excusa para estar pegado a él, así que… ¿por qué no? Aunque el sexo hetero no me interese mucho que digamos, supongo que siempre puedo concentrarme en el tío, ¿no?

—Bueno, vale.

—Pues venga, acércate.

Hago lo que me dice, y ahora toda la longitud de su brazo derecho está pegada al mío.

Se coloca la mano izquierda sobre el pecho, sujetando el móvil, e inicia la reproducción del vídeo.

Lo que veo me resulta un poco ridículo, la verdad.

Si yo pensaba que las situaciones de los vídeos que suelo ver yo son absurdas, esto es todavía peor.

Pero a Marcos parece gustarle, y más que mirar la pantalla lo que hago es mirarle la cara a él con disimulo, absorbiendo cada gesto, cada jadeo y cada gemido de placer que escapa de su boca.

Su brazo se mueve contra el mío, y el contacto físico basta para que mis hormonas estén a punto de hacerme explotar.

—Oye, Fran… —dice al cabo de unos minutos de un silencio solo roto por los gemidos de su móvil y nuestra propia respiración entrecortada. El corazón me da un vuelco al oírlo, pero intento mantenerme sereno y, sobre todo, fingir indiferencia.

—¿Qué pasa ahora, Marcos?

—A ver… Sobre lo que hablamos ayer…

Deja la frase inconclusa, pero puedo imaginarme a lo que se refiere. Trato de contener la risa.

—Tío, ya te he dicho que la tienes bien. No te ralles más, anda.

—No, joder, que no es eso. Es… sobre una cosa que dijiste.

—¿El qué exactamente?

Parpadeo un par de veces, confuso. Él hace una breve pausa antes de contestar.

—Da igual, déjalo.

—Los cojones, ahora me lo dices.

Pausa el vídeo y se deja el móvil sobre el pecho. La luz de la pantalla le ilumina un poco la cara, y me da la impresión de que parece nervioso. Estoy empezando a darme cuenta de que alterna mucho entre la seguridad y el nerviosismo, pero todavía no he logrado comprender por qué.

Permanece en silencio durante unos segundos, y entonces traga saliva de forma audible y se aclara la garganta antes de hablar.

—A ver… Me refiero a lo de que no te importaría meterte una polla como la mía.

Ahora soy yo quien traga saliva al mismo tiempo que mi corazón hace una especie de voltereta.

Sí, recuerdo perfectamente haberle dicho eso.

Y la verdad es que en ese momento me pareció buena idea la insinuación, aunque ahora que lo pienso, tal vez fuera demasiado impulsivo.

Pero, ¿y si le ha molestado? ¿Y si ahora que ha tenido todo el día para pensar en ello le molesta que le haya dicho algo así?

Después de todo, tampoco es que yo fuera demasiado sutil que digamos.

—Dime —respondo simplemente.

De nuevo, tarda un instante demasiado largo en responder, y no puedo evitar preguntarme qué es lo que se le estará pasando por la cabeza en estos momentos. Si he dicho o hecho algo que le haya molestado, la verdad es que prefiero que me lo diga cuanto antes.

—Nada, es solo que tenía curiosidad.

—¿Curiosidad en qué plan?

—En plan… ¿por qué te gusta? Que te la metan y tal, digo.

Esta vez sí que se me escapa la risa; no me esperaba que me fuera a preguntar algo parecido.

—Sabes que los tíos tenemos el punto G ahí dentro, ¿verdad?

—Venga ya —responde entre risas.

—Es en serio. ¿No lo sabías? —Lo miro a los ojos, y él me devuelve la mirada y niega con la cabeza—. ¿Nunca te has metido nada? ¿Un dedo o algo?

—Ni de coña —se apresura a responder.

—Pues oye, igual deberías probar. A lo mejor te gusta y todo.

—Ni de coña —repite—. Te recuerdo que yo no soy gay.

—Ya, bueno, pero eso no tiene nada que ver. —Me encojo de hombros—. Al final es una parte más de la anatomía, no tiene nada que ver con la orientación sexual. Hay muchos tíos cisheteros a los que les gusta que le metan dedos al follar.

Se echa a reír una vez más.

—Si tú lo dices…

—A ver, que yo no voy a intentar convencerte. Aunque una cosa sí que te digo: nunca me corro tan fuerte como cuando tengo algo dentro.

Y, tras eso, nos quedamos en silencio. Pero, por alguna razón, parece que la conversación nos ha encendido a los dos, porque me doy cuenta de que nuestras manos se mueven ahora mucho más rápido.

Oigo que sus jadeos y el ritmo de su respiración se aceleran, y me doy cuenta de que tiene que estar a punto de alcanzar el clímax.

Y eso, inevitablemente, hace que yo esté también mucho más cerca.

No sé por qué cojones me pone tanto hacer estas cosas con Marcos, pero supongo que ya estoy aprendiendo a aceptar la realidad.

—Mierda —murmura entonces, y me doy cuenta de que está toqueteando la mesita de noche con la mano libre.

—¿Qué pasa?

—Me voy a correr y no tengo pañuelos —dice con voz nerviosa.

Recuerdo de inmediato lo que me dijo ayer, lo de que siempre se corre mucho y lo deja todo perdido. Y eso significa que tenemos un problema.

—Pues córrete en los calzoncillos, ¿no?

—Están lejos.

—¿Y si vas a por ellos?

—No puedo —dice con la voz entrecortada—. Joder… me corro.