33.
Me despierta una mano sobre la pierna, zarandeándome ligeramente. Doy un respingo, sobresaltado, y veo a Marcos mucho más cerca de mí de lo que esperaba. Trago saliva mientras me quito los auriculares.
—Ey —me dice con una sonrisa que me provoca un cosquilleo en el estómago.
—Ey —respondo, un poco atontado al verlo.
—No sé cómo eres capaz de dormir en el coche —añade Natalia, totalmente ajena a mis pensamientos—. Qué envidia.
Miro a mi alrededor, pestañeando, y me doy cuenta de que ya hemos parado. Por suerte, no me he empalmado mientras dormía, o al menos, eso creo. Los demás ya se están quitando el cinturón para salir del vehículo, así que me apresuro a hacer lo mismo.
Lo que veo al salir me deja boquiabierto.
Durante la mañana hemos ido subiendo de forma progresiva por el centro de la isla, visitando algunos pueblos y deteniéndonos de vez en cuando para contemplar el paisaje.
Ahora hemos llegado a lo que debe de ser la parte más alta, una zona montañosa cubierta de un mar de nubes que parece extenderse por todas partes hasta llegar al mar.
—¿Os parece si paseamos un rato por aquí? —propone mi madre, y todos aceptamos sin dudarlo.
Echamos a caminar de buena gana, admirando el paisaje que nos rodea con un sol agradable sobre nuestras cabezas. No dejo de mirar el mar de nubes; casi dan ganas de zambullirse en él.
—Te vas a caer —dice Marcos cuando apenas llevamos un par de minutos caminando.
—¿Qué?
Él señala hacia el suelo.
—El cordón.
Sigo la dirección de su dedo y veo que se me ha desatado el cordón de una de las zapatillas.
—Ah. —Me agacho para atármelo mientras él espera junto a mí. Después, por si acaso, me aseguro de que el cordón de la otra zapatilla esté bien atado—. Gracias por avisar.
—De nada —dice con una sonrisa.
—Y gracias por esperarme —añado al ver que los demás se encuentran ya a varios metros de distancia.
—De nada —repite, y su sonrisa se vuelve más amplia. No sé por qué, pero verla me hace sentir un extraño cosquilleo en el estómago.
Podríamos echar a correr para alcanzar a los demás, pero no lo hacemos. En lugar de eso, seguimos caminando despacio el uno junto al otro, contemplando el paisaje en silencio.
—Esto es muy bonito —comenta Marcos.
—Pues sí —respondo, sin saber muy bien qué más decir.
—Oye, ¿me haces una foto?
—Eh… Vale. —Me saco el móvil del bolsillo y miro a mi alrededor—. ¿Dónde te quieres poner?
Él echa un vistazo a la zona y se mueve para situarse frente al sol, que ya está comenzando a bajar en el cielo, y con el paisaje montañoso a sus espaldas.
—Aquí mismo está bien.
—Vale.
Activo la cámara del móvil y le hago unas cuantas fotos, moviéndome ligeramente para que no sean todas iguales. A continuación, le muestro las fotos en la pantalla.
—Me molan. ¿Me las mandas luego para subirlas?
—Claro. Igual tendríamos que haberlas sacado directamente con tu móvil.
—Da igual —responde—. Así tienes un recuerdo mío.
El corazón me da un vuelco al oír sus palabras. ¿A qué ha venido eso?
—Vivimos en la misma casa y encima ahora estamos compartiendo habitación —señalo, tratando de fingir indiferencia—. No necesito recuerdos tuyos.
Él se echa a reír, y me doy cuenta de que su risa tiene algo contagioso que me obliga a unirme a él.
—Oye, ¿quieres que nos saquemos una juntos? —me propone entonces.
Alzo una ceja, sorprendido por la pregunta.
—¿En serio?
—¿Qué pasa?
—¿Desde cuándo nos hacemos fotos juntos?
Marcos se encoge de hombros.
—A ver, estos días estamos haciendo muchas cosas juntos, ¿no?
Por supuesto, no me cuesta demasiado imaginarme a qué se refiere exactamente. Mis mejillas enrojecen un poco, y me doy cuenta de que ya está empezando a convertirse en un hábito cada vez que hablo con él.
—Venga, va —acepto al fin.
—¿Te pones aquí? —me pregunta, volviendo a donde le he sacado la foto—. El fondo es bonito.
—Vale.
Sin saber muy bien qué hacer, cómo actuar y sobre todo qué pensar de esto, me dirijo hacia él y me coloco torpemente a su lado derecho. A continuación, vuelvo a activar la cámara y estiro el brazo para sacarnos un selfie.
—Tío, no seas soso —dice Marcos entre risas antes de que pueda hacer la foto—. Parece que te haya obligado a hacérnosla.
Y entonces, antes de que pueda contestar, se pega un poco más a mí y me coloca el brazo sobre los hombros.
Parpadeo un par de veces, aturdido, pero me obligo a recomponer mi expresión al ver mi cara en la pantalla.
A continuación, paso el brazo libre tímidamente por encima de sus hombros.
Es la primera vez que hacemos algo así, y me está resultando rarísimo.
Más que tener su polla húmeda en la mano, que ya es decir.
—¿Preparado? —pregunto.
—Dale.
Trato de esbozar una sonrisa, pero creo que me sale extraña.
—Tres, dos, uno…
Justo cuando pronuncio la última palabra y estoy tocando el botón de sacar la foto, Marcos me aprieta el hombro y me acerca a él de forma inesperada, con una especie de gesto de cariño que nunca antes había tenido conmigo. Sin poder evitarlo, me río mientras la cámara captura el momento.
—¿A qué ha venido eso? —le pregunto, con una sonrisa muy a mi pesar.
—Estabas muy serio —responde él, sonriendo también—. Ponla, a ver cómo ha quedado.
Hago lo que me pide y no puedo evitar sonreír un poco más al ver la imagen.
Marcos sale muy guapo, tal como esperaba, pero yo…
En fin, salgo hasta bien, la verdad. Siempre me cuesta sonreír de forma sincera en las fotos, pero en esta estoy muy natural, como si no estuviera posando siquiera.
Siento algo cálido en la tripa al darme cuenta de que es nuestra primera foto juntos, y no puedo evitar preguntarme si habrá más en el futuro.
—¿Me la pasas también? —me pide, y me estremezco un poco al oír su voz tan cerca de su oído.
—Claro. —Toco el botón de compartir para mandársela junto con las anteriores—. ¿Es que quieres subirla o qué?
—¿Tú quieres?
—No sé. —Me encojo de hombros—. Lo que tú quieras.
—A ver, que tampoco hace falta que la suba si no quieres.
—A mí me da igual, en serio.
—Bueno, vale. —Pienso que le ha molestado lo que he dicho, pero entonces añade—: Con tenerla yo me basta.
De nuevo, siento esa calidez en la tripa que ya está empezando a resultarme familiar.
Y, entonces, nos quedamos en silencio mientras observamos el paisaje, el uno junto al otro.
Es un silencio agradable, como si de verdad fuéramos hermanos, o tal vez amigos de toda la vida.
Como si hubiera cariño entre nosotros. Como si no hubiera ocurrido nada en el instituto.
Suelto un suspiro. El instituto… Ese es el origen de toda mi hostilidad hacia Marcos; una hostilidad que no creo que se merezca viendo lo bien que me trata desde que nos hemos reencontrado y, sobre todo, desde que vivimos juntos.
Sé que deberíamos hablar del tema; en realidad, ya sabía desde el principio que tendríamos que hacerlo tarde o temprano.
Y eso fue antes de que empezáramos a masturbarnos juntos.
—Oye, Marcos —me atrevo a decir tras varios minutos de silencio.
—Dime.
—Quería hablar contigo de una cosa.
—Eh… Vale. ¿Pasa algo?
—No, no. Tranquilo.
—Pues venga, dime.
Trago saliva, sin saber muy bien cómo comenzar.
Lo miro y veo que él también me está mirando, así que aparto la vista.
El corazón ha empezado a latirme con fuerza; me resulta difícil hablar de algo que debería estar enterrado hace mucho.
Pero al fin logro reunir el valor, así que me aclaro la garganta, y entonces…
—¡Marcos! ¡Fran!
Es la voz de Natalia, llamándonos desde la distancia.
—¿Qué pasa? —responde él a gritos.
—Venid ya, que os vais a perder —nos llama ella.
Efectivamente, tanto ella como nuestros padres se encuentran ya tan lejos que me cuesta distinguirlos. Marcos me mira y se encoge de hombros, y entonces nos ponemos los dos en marcha para volver a reunirnos con ellos, andando a paso rápido y en silencio.
Parece que la conversación va a tener que esperar.