32.
La excursión está siendo una tortura.
Y no es porque no me estén gustando los lugares que estamos visitando.
Más bien todo lo contrario; Antonio tenía toda la razón al decir que aquí hay mucho más que playas.
Las zonas montañosas y los pueblos que estamos visitando son todos preciosos.
No, la razón por la que está siendo una tortura es, como no podía ser de otra manera, por Marcos.
Tampoco es que haya hecho nada. O, al menos, no a propósito.
Lo miro de reojo desde el otro lado de la mesa.
Está mirando el móvil mientras come, distraído, y eso me permite observarlo con disimulo.
Ahora que nos estamos llevando bien, tengo que admitirlo: es mono.
Tal vez muchos no lo considerarían guapo desde un punto de vista normativo, pero ese punto de osete tiene algo que me encanta, y hasta están empezando a gustarme sus rizos de oveja.
Y sí, esto también tengo que admitirlo: me atrae mucho más de lo que me habría imaginado.
El problema… es que es Marcos. Y eso significa muchas cosas.
Primero, que vivimos juntos. Segundo, que nuestros padres están casados.
Y tercero… que sigue siendo el mismo Marcos que conocí en el instituto.
El putísimo Marcos. Puede que ahora haya cambiado, sería absurdo negarlo, pero todavía me cuesta confiar en él.
Aunque parece que todo eso se me olvida de golpe cada vez que llega la noche y compartimos cama otra vez.
Va a ser verdad eso de que pensamos con la polla.
—¿No tienes hambre, cariño? —me pregunta mi madre, interrumpiendo mis pensamientos.
Pestañeo un par de veces y miro mi plato. El pescado y las papas arrugás con mojo están deliciosos, pero he estado tan ensimismado que apenas he tocado la comida después de los primeros bocados.
—No, no es eso. —Trato de buscar alguna excusa—. Es que… estoy cansado.
—¿Estás durmiendo mal? —dice ella, preocupada.
—Bueno, un poco —respondo para seguir con la mentira—. Me cuesta dormir fuera de casa.
—Pues nadie lo diría —interviene Marcos con una sonrisita, y noto que aparece un calorcillo en mis mejillas—. No veas cómo roncas por las noches.
El calor crece, pero me obligo a poner los ojos en blanco para tratar de disimular.
—Pues tú no te quedas corto, chaval.
—Por la noche me desperté y pensaba que tenía un oso roncándome al lado, pero solo eras tú.
Ahora me he puesto tan rojo que no tengo forma de disimularlo.
—¿Y tú qué? Que pensaba que estaban taladrando la pared o algo de todo lo que roncas.
Pero, en realidad, lo cierto es que no tengo forma de saberlo. Llevo dos noches quedándome dormido nada más empezar a escuchar su respiración acompasada, y después ya no me despierto hasta por la mañana.
Nuestros padres intercambian una mirada.
—Igual no ha sido buena idea lo de que compartan habitación —dice Antonio, y mi madre asiente con la cabeza—. Pensábamos que sería bueno para vosotros hacer cosas de hermanos, pero…
Ahora somos Marcos y yo quienes nos miramos, extrañados por sus palabras.
—¿Estáis incómodos durmiendo en la misma habitación? —pregunta mi madre—. Sed sinceros. Si no estáis a gusto, Fran puede dormir conmigo y Marcos con su pa…
—¡No! —nos apresuramos a responder los dos a la vez.
—¿Seguro? —insiste ella—. Porque lo importante es que estemos todos bien.
—Seguro —respondo yo.
—Antes muerto que dormir con papá —añade Marcos—. Él ronca el triple que Fran.
Sin embargo, no puedo evitar una sonrisita.
Puede que todavía no tenga muy claro qué es lo que está pasando entre nosotros exactamente, pero me alegra comprobar que Marcos tiene las mismas ganas de que sigamos durmiendo juntos que yo.
Por mucho que se queje de mis ronquidos, aunque no sé cómo preguntarle si lo está diciendo de verdad o si tan solo lo hace para meterse conmigo.
Ya podría meterme otra cosa, la verdad.
Veinte minutos más tarde, ya hemos terminado de comer y nos metemos todos de nuevo en el coche, lo que significa que vuelve a empezar la tortura.
Marcos ha insistido en sentarse en el asiento de en medio, porque dice que al lado de la ventana se marea.
Eso significa que nos hemos pasado todo el trayecto de antes pegados, con su rodilla derecha contra mi rodilla izquierda.
Y ahora, por supuesto, vuelve a ocurrir lo mismo.
Los dos vamos en pantalón corto, así que nuestra piel se roza constantemente y, en alguna que otra ocasión, se me pone de gallina y no puedo evitar preguntarme si Marcos se habrá dado cuenta.
Antes, hasta hubo un par de ocasiones en las que tuve que ponerme la mochila sobre el regazo porque mis hormonas decidieron sin venir a cuento que era el mejor momento para una erección.
Tratando de evitar que vuelva a ocurrir lo mismo, cierro los ojos y me pongo los auriculares para tratar de concentrarme en la música.
Por suerte, el movimiento del coche, la vibración del motor y la comida en mi estómago se unen de modo que la modorra comienza a extenderse por mi cuerpo.
La pierna de Marcos contra la mía me provoca un cosquilleo, una sensación de calidez agradable que me invade por completo, y el sueño no tarda en apoderarse de mí.