31.
Esta vez no es la luz del sol lo que me despierta, sino el sonido de la alarma, así que busco el móvil a ciegas en la mesita de noche para acallar el molesto sonido.
Entonces, oigo que Marcos se mueve cerca de mí, a tan solo unos centímetros de donde yo me encuentro.
Suelta un bostezo prolongado que me contagia al momento.
—Ey —me saluda de su forma habitual, dirigiéndome una sonrisa adormilada.
—Ey.
—Joder, qué bien he dormido —murmura con la voz soñolienta.
Para mi sorpresa, me doy cuenta de que yo también.
Es raro: por lo general, me cuesta mucho dormir en lugares desconocidos, en una cama diferente y con una almohada que no es la mía.
Pero aquí, por alguna razón, estoy durmiendo de maravilla; de hecho, he dormido toda la noche del tirón.
Frunzo el ceño. ¿Será por estar durmiendo con Marcos?
¿O tal vez se debe solo a que las camas de este hotel son mucho mejores de lo que estoy acostumbrado?
De pronto, las imágenes de lo que sucedió anoche inundan mi mente.
Recuerdo con claridad el tacto de su polla en mi mano y la sensación de sus venas hinchadas, su olor, el sabor de su líquido preseminal…
Enseguida comienzo a sentir ese calorcillo que me invade últimamente cada vez que estoy con él, así que me pongo en pie antes de que vaya a más.
Puede que a Marcos no le dé la más mínima vergüenza que vea sus erecciones matutinas, pero ese no es mi caso.
—Me voy a la ducha, ¿vale?
Él asiente con la cabeza y vuelve a cerrar los ojos con una sonrisa, claramente contento de poder quedarse en la cama un rato más. Lo observo durante unos instantes y no puedo evitar sonreír. Aunque jamás lo diría en voz alta, tengo que admitir que está adorable.
Cuando me meto en la ducha y el agua comienza a caer sobre mi cuerpo, me doy cuenta de que todavía me cuesta creer que lo que ocurrió anoche fuera real. En cierto modo, es casi más surrealista que el sueño que tuve la noche antes de salir de viaje.
Marcos me ha enseñado la polla.
Y no solo eso: fui yo quien se la puso dura, haciéndole una paja hasta que se empalmó lo suficiente como para poder juzgar su tamaño.
Y, ahora que es de día, me cuesta creer que realmente haya ocurrido todo eso.
¿De verdad me pidió que le diera mi opinión sobre su tamaño o no ha sido más que un sueño?
¿De verdad la he tenido en la mano, de verdad se la he puesto dura?
Casi estoy empezando a convencerme de que no ha sido más que otro sueño demasiado real, pero hay un detalle que me convence de que todo ha ocurrido de verdad: todavía recuerdo a la perfección el sabor intenso de su líquido preseminal en mi boca.
Y sé que algo como eso no podría haber sido fruto de un simple sueño.
Doy gracias al agua fría por mantener las reacciones de mi cuerpo a raya mientras los recuerdos de lo que ocurrió hace apenas unas horas inundan mi mente como un torrente de imágenes, sensaciones, aromas y sabores.
Cuando termino de ducharme y salgo a la habitación, veo que Marcos se ha vuelto a quedar dormido…
y también se ha vuelto a empalmar. A la mierda los efectos mágicos de la ducha: verlo hace que un bulto comience a crecer otra vez bajo mis calzoncillos.
Sin embargo, vamos con el tiempo justo, así que me limito a hablar en voz alta y hacer como que no he visto nada.
—¡Marcos! Te toca ducharte.
—Un ratito más… —rezonga, y de nuevo me invade esa sensación de que está adorable. ¿Quién soy yo para juzgarlo? Después de todo, ahora mismo no hay nada que me gustaría más que meterme en la cama con él… y, a ser posible, con menos ropa.
—Venga, anda, que tenemos prisa —insisto, muy a mi pesar.
—Está bien…
Se levanta de la cama, y entonces, para mi sorpresa, se baja los calzoncillos y los tira a un rincón, donde ha estado acumulando la ropa sucia.
Soy incapaz de creer lo que ven mis ojos al contemplar el movimiento de sus nalgas mientras se aleja en dirección a la maleta.
Está claro que, después de lo de anoche, ha perdido por completo cualquier rastro de pudor que pudiera quedarle, si es que había algo.
Se inclina para rebuscar dentro de la maleta durante unos segundos, obsequiándome con la gloriosa visión de su culo, y después saca unos calzoncillos limpios y se da media vuelta para dirigirse al baño, con la polla balanceándose entre sus piernas en una imagen que ya está empezando a resultarme casi familiar.
Todavía no está flácida del todo, y no puedo evitar preguntarme si no lo estará haciendo para provocarme.
Cuando entra en el cuarto de baño y cierra la puerta, me meto otra vez en la cama y me abrazo a su almohada, que hoy huele todavía más a él.
De verdad, ¿qué cojones estamos haciendo?
¿Y qué cojones me está pasando últimamente con Marcos?
Hace poco más de una semana aborrecía la idea de compartir el mismo aire que él, pero ahora…
No sé qué cojones está pasando, la verdad.
Veinte minutos más tarde ya estamos todos en el restaurante del hotel, disfrutando del desayuno.
—¿Qué vamos a hacer hoy? —pregunto después de mi tercer cruasán untado en mantequilla y mermelada—. ¿Otra vez a la playa?
—Si vamos, ¿podemos volver a comer en el mismo restaurante? —dice Natalia—. Me quedé con ganas de probar la pizza.
—No, hoy no —responde mi madre—. Vamos a ir a las montañas.
—¿En serio? —se extraña Marcos—. Pensaba que aquí solo habría playas y poco más.
Nuestros padres se ríen como si hubiera dicho una tontería.
—Aquí hay mucho más que playas —le asegura Antonio.
—En el centro de la isla hay muchas zonas montañosas, con paisajes preciosos y unos pueblos muy bonitos —nos explica mi madre—. Vamos a alquilar un coche para ir, y así también hacemos algo diferente.
Así que un viaje en coche para ver las montañas. Y con Marcos, los dos sentados en la parte de atrás durante todo el trayecto.
Creo que va a ser una excursión interesante.