30.
No lo hago de inmediato. Aprovechando que tengo la mano sobre su muslo, lo recorro suavemente con los dedos, disfrutando de la sensación de su piel erizándose bajo mis caricias.
Tiene bastante vello, y eso me gusta. Entrelazo mis dedos en su pelo, con movimientos lentos y tentadores, y enseguida me doy cuenta de que lo que hay entre sus piernas comienza a crecer de forma casi imperceptible.
Solo entonces deslizo la mano hacia arriba y después al centro, para enredar mis dedos con su vello púbico mientras me acerco cada vez más.
Siento que su cuerpo se tensa junto a mí; sé que lo está deseando.
Y, entonces, le cojo la polla al fin. No está flácida del todo; algo de sangre ha empezado a bombear ya en ella.
Es evidente que está nervioso a causa de la situación, pero también que todo esto le excita en cierto modo.
Y sí, puede que no sea gay, pero eso no significa que no pueda gustarle el sexo con otros chicos.
Al fin y al cabo, la bisexualidad existe.
Y tal vez durante estas noches podamos llegar a descubrir lo que le gusta y lo que no, aunque por el momento tengo una misión que cumplir primero.
Me doy cuenta de que está algo húmedo a causa del líquido preseminal, así que decido aprovechar eso a mi favor.
Introduzco el dedo entre la piel de su prepucio y, aprovechando la humedad, comienzo a acariciar su glande con movimientos circulares que le provocan ligeros espasmos y suspiros de placer.
Noto cómo su polla crece y se hincha poco a poco en mi mano, confirmando una vez más que voy por buen camino.
No tardo en comprobar que lubrica mucho, y eso me gusta.
Hay pocas cosas que me gusten más que chupar una polla que lubrica bien, y la de Marcos tiene que ser la que más lo hace de todas las que he probado.
Sin embargo, eso provoca que me resulte todavía más complicado seguir con lo que estoy haciendo.
Lo único que me apetece es abrir la boca, abalanzarme hacia su polla y chupársela hasta que se corra, pero no puedo hacerlo.
Bastante extraño tiene que ser para él que le esté haciendo una paja como para que encima se la chupe, y tampoco puedo hacerlo sin su permiso.
Sin embargo, hay algo que sí puedo hacer.
En cuestión de unos segundos ya tengo los dedos empapados de su líquido preseminal, así que lo miro para asegurarme de que sigue con los ojos cerrados y me llevo la mano rápidamente a la boca.
Me lamo los dedos con ansia, casi con voracidad, y el sabor con esa mezcla entre dulce y salado hace que se me ponga la polla más dura que nunca.
No quiero ni imaginarme cómo sería que se corriera en mi boca…
Apenas un segundo más tarde, vuelvo a llevar la mano hasta su polla y, más excitado todavía que antes, continúo moviéndola de arriba abajo hasta que se le hincha tanto que parece que se le vaya a reventar una vena de un momento a otro.
Tal vez, si continúo así, es posible que se acabe corriendo en mi mano, y entonces podría lamer su semen de ella…
—Para, para —dice con la respiración entrecortada—. Fran, para.
—Perdón —me apresuro a disculparme, nervioso, y me detengo del todo—. ¿He hecho algo mal?
—No, no… al contrario. —Suelta un suspiro mezclado con una risita, y entonces añade—: Joder, sí que eres bueno, ¿no?
Una sonrisa aparece en mi rostro.
—Te lo dije.
—Bueno… ¿y entonces qué?
Me quedo algo descolocado. ¿Es que quiere que se la chupe o qué pasa? Porque la idea no podría resultarme más tentadora.
—¿Qué? —pregunto para asegurarme.
—¿Qué opinas? —Con esas dos simples palabras se carga mis ilusiones de golpe. Por supuesto, lo único que quiere es que le dé mi veredicto—. ¿Crees que la tengo pequeña, o…?
Haberme pasado los últimos minutos jugando con su polla me han dejado clarísimo que por supuesto que no la tiene pequeña, pero todavía puedo aprovecharme un poco más de la situación.
—A ver, no lo creo —respondo—. Pero, sin poder verla bien…
—Vale, espera. —Coge el móvil, enciende la linterna y alumbra directamente hacia donde yo estoy—. ¿Mejor así?
—Tío, que me vas a dejar ciego —me quejo, tapándome los ojos con las manos—. Aparta eso un poco, anda.
—Perdón —se disculpa. Entonces, gira ligeramente la mano para desviar la luz de la linterna, de modo que pueda verle bien la polla sin que la claridad me deslumbre.
Evidentemente, no la tiene pequeña. Calculo que debe de medir como mucho uno o dos centímetros menos que la mía, así que no entiendo por qué vérmela le ha preocupado tanto.
Pero supongo que, si no estás acostumbrado a ver pollas en la vida real y solo ves la tuya desde arriba, igual puede ser un poco complicado calcular los tamaños exactos.
Sin embargo, ahora que la puedo ver en condiciones, con el glande rosado asomándose a través del prepucio lubricado, las ganas de metérmela en la boca son más fuertes que nunca. La suelto y me aparto un poco, antes de que mis hormonas me obliguen a hacer algo de lo que pueda arrepentirme.
—No te ralles. La tienes bastante bien.
—¿En serio? —pregunta con un nerviosismo evidente—. ¿Estás seguro?
—Que sí, tío. Yo creo que está en el top tres de pollas que he cogido con la mano.
Por varios motivos, pero eso no se lo digo. Él suelta una risa nerviosa.
—Venga ya. Si tú la tienes más grande.
—Bueno, pero tampoco es que haya tanta diferencia.
—¿Seguro?
—En serio, Marcos, que está genial. No te ralles.
—Bueno… Si tú lo dices.
Pero ahora suena aliviado y mucho más tranquilo que antes.
Para mi desgracia, apaga la linterna, así que lo interpreto como una señal de que ya se ha acabado el momento de mirarle la polla y vuelvo a tumbarme en la cama.
Aprovechando que no puede verme, me lamo los restos de líquido preseminal que tengo entre los dedos. Necesito más.
—Además, te voy a contar un secreto —añado.
—Sí, ya sé lo que me vas a decir —me interrumpe antes de que pueda continuar—. Que lo que importa no es el tamaño sino cómo se utilice y bla, bla, bla. Ya me sé el cuento, pero siempre me ha sonado un poco a excusa.
Me echo a reír.
—Pues no lo es. Pero eso no es lo que te iba a decir.
—¿Entonces?
—¿Cómo de explícito puedo ser?
—Eh… —Hace una pausa—. ¿No lo sé?
—¿Te vas a asustar si te hablo claramente de lo que me gusta hacer con las pollas?
De nuevo, se queda unos segundos en silencio antes de responder.
—Creo que no —dice al fin.
—Vale. Pues a ver, como alguien a quien le gusta que le metan pollas por el culo de vez en cuando, créeme cuando te digo que las grandes son un engorro.
Se queda en silencio durante unos instantes, no sé si asustado por la imagen mental o impactado por mi franqueza.
—Ah —contesta simplemente.
—Y sí, sé lo que estás pensando: «no es lo mismo meterla por delante que por detrás». Pero créeme cuando te digo que la mayoría de las personas con coño piensan igual.
—¿En serio?
—A ver, que tengo amigas y tal. Y amigos trans. Y a veces salen estos temas.
—Ah —dice otra vez—. ¿Y por qué es un engorro?
—En mi caso, porque primero hay que dilatar y esas cosas, y si es muy grande pues es más fácil que te duela, o que después aguantes menos o lo que sea.
—Envalentonado, me atrevo a ir un paso más allá—.
Yo diría que la tuya tiene el tamaño perfecto.
Es tirando a grande pero sin pasarse, así que no me importaría meterme una así.
—Ah —repite de nuevo. No da señales de haber captado mi indirecta.
En cualquier caso, no sé si es que los elogios sobre su tamaño lo han animado o si la situación lo tiene tan cachondo como a mí, pero su respiración se acelera a la vez que la velocidad de su brazo se incrementa.
Yo hago lo mismo, ahora con la imagen mental de su polla en la cabeza, preguntándome cómo será tenerla dentro.
Todavía siento su sabor en la boca. Pensar que me estoy haciendo una paja con la misma mano con la que he cogido su polla, manchada de su líquido preseminal, hace que me sienta todavía más excitado, y no tardo en darme cuenta de que estoy a punto de correrme.
—Mierda —digo entonces, al darme cuenta de algo—. ¿Tienes pañuelos?
—Espera.
Coge un par de ellos y me los tiende, y por alguna razón, el roce de nuestros dedos es casi lo más íntimo que hemos compartido esta noche. Me corro apenas unos segundos después, descargando sobre los pañuelos entre unos gemidos de placer que no me molesto en disimular.
No sé si se debe a lo que acaba de oír, pero el movimiento del brazo de Marcos es cada vez más frenético.
Su móvil sigue encendido sobre su pecho y veo que tiene los ojos cerrados, así que lo observo en silencio mientras continúa.
Hay una vena hinchada en su cuello y, a pesar de la penumbra, tengo la sensación de que tiene la cara roja.
Y está sexy de cojones, joder. Puedo imaginarme cómo sería ver esa cara de cerca mientras me revienta el…
Pero no. Tengo que parar. No puedo pensar en eso ahora.
Continúo observándolo mientras él comienza a jadear cada vez más fuerte, y entonces coge unos cuantos pañuelos y se rodea la polla con ellos.
Oigo las salpicaduras a presión contra el papel, y eso casi hace que vuelva a empalmarme.
No sé si es cosa mía, pero me da la impresión de que su corrida dura bastante más de lo habitual.
—Joder, ya se han acabado los pañuelos —dice cuando se calma su respiración—. Mañana tenemos que acordarnos de coger más.
—¿No abriste el paquete ayer? —pregunto, y él asiente con la cabeza—. ¿Cómo cojones los has gastado tan pronto?
Marcos traga saliva de forma audible.
—Es que me corro mucho —confiesa, y su voz suena avergonzada—. Si no me pongo por lo menos tres o cuatro pañuelos, lo dejo todo perdido.
—¿Qué dices? ¿En serio?
—Te lo juro… A veces me ha llegado hasta la cara. Me tocó aprender por las malas, siempre dejaba la almohada y la cama hechas un asco si no tenía cuidado.
Estoy a punto de empalmarme de nuevo al oír sus palabras, pero logro contenerme. Nueva necesidad desbloqueada…
—Joder —digo simplemente, tratando de no mostrar lo que se me pasa por la cabeza.
—En fin, por si acaso, tú recuérdame mañana que coja más.
Sonrío sin poder evitarlo. No sé qué es lo que me gusta más, si la complicidad que estamos teniendo últimamente, o que Marcos dé por hecho que vamos a hacer lo mismo mañana. Pero, teniendo en cuenta lo que ha pasado hoy, estoy deseando que llegue el momento.