El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 29.
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—¿Perdón?

No, en serio… ¡¿Perdón?!

Él se ríe, pero por alguna razón, me suena forzado.

—Tranqui, que es broma. Pero, a ver… Tú has estado con tíos y tal, ¿no?

—Eh… Sí, claro.

—Y has follado con tíos.

—Sí, Marcos —confirmo con un suspiro mientras comienzo a sentir un calor en las mejillas—. He follado con tíos.

—¿Con muchos?

—Unos cuantos —respondo sin entrar en detalles, y siento que mis mejillas enrojecen un poco más. ¿Por qué cojones se interesa ahora por mi vida sexual?—. ¿A qué viene todo esto, Marcos?

—A ver… Es que no sé cómo decirlo.

Lo miro por primera vez desde que hemos iniciado la conversación.

Se ha dejado el móvil sobre el pecho, con la pantalla hacia arriba, y el débil resplandor le ilumina ligeramente el rostro.

Parece atribulado, y eso hace que me suavice un poco.

Después me doy cuenta de que ha dejado caer los brazos junto a los costados, aunque la luz de su móvil no basta para que pueda verle la polla.

Sin embargo, la expresión de su cara me llama la atención, y decido que este no es el mejor momento para tratar de ver sus atributos, por muchas ganas que tenga.

—Tú mejor no te lo pienses más y ve al grano, ¿vale? —le digo, ahora con voz más suave. Me he dado cuenta de que esto es importante para él, sea lo que sea.

—¿Cómo sé si la tengo pequeña?

Abro mucho los ojos, descolocado por la pregunta. No sé qué es lo que esperaba exactamente, pero desde luego que no era esto.

—¿Qué?

—A ver, es que solo he visto pollas en el porno y tal.

O sea… pollas duras, me refiero. En los vestuarios no cuenta, obviamente.

Pero en el porno es como que todos los tíos la tienen enorme y tal, ¿no?

—Me devuelve la mirada y veo timidez en sus ojos, aunque trata de esbozar una sonrisa.

También me doy cuenta de que le está costando mucho hablar de esto, pero por alguna razón me ha escogido a mí para hacerlo—.

No sé, yo veo la mía y pienso que es pequeña.

¿Cómo puedo saber si está bien de tamaño?

El calorcillo nervioso de antes se extiende por mi cuello.

A continuación, baja por mi pecho, se dirige hasta mi vientre, y después sigue bajando todavía más.

La reacción de mi cuerpo no se hace esperar, y de pronto tengo la polla más dura que nunca.

¿De verdad me está preguntando lo que creo que me está preguntando? Todo esto es demasiado surrealista.

—¿Por qué me lo preguntas a mí?

—Pues a ver, seguro que tú has visto un montón de pollas en la vida real, ¿no?

—Joder, que tampoco son tantas —replico, cada vez más rojo.

—Sí, bueno, pero ya son más que yo.

—Pero a ver, de todos modos, yo solo te la he visto saliendo de la ducha y tal, y ni siquiera estabas empalmado. —Antes de que pueda pensar cosas raras, añado—: Y tampoco es que me haya fijado mucho, la verdad.

—Pero cuando me pillaste el otro día en casa…

—No me fijé —miento descaradamente, aunque no me lo creo ni yo—. Además, estabas al otro lado del salón.

Con suerte, ese momento fue demasiado vergonzoso para él como para darse cuenta de qué era lo que estaba mirando yo exactamente.

—Ya, bueno. —Hace una pausa antes de continuar—. Pero había pensado que a lo mejor no te importaría…

Deja la frase inconclusa, pero puedo imaginarme a la perfección qué es lo que se le está pasando por la cabeza en estos momentos. Los heteros son rarísimos, de verdad.

—¿Me estás pidiendo que te mire la polla? —pregunto, incapaz de creer el rumbo que está tomando la conversación.

Al menos, me queda el consuelo de ver que sus mejillas parecen tan rojas como las mías, o como mínimo esa es la impresión que me da bajo la luz del móvil.

—A ver, solo si tú quieres y tal.

¿Que si quiero? Pues claro que quiero. Lo que pasa es que todavía me cuesta creer que esto esté pasando de verdad.

Y, aunque lo haga, ¿qué le voy a decir? He estado con unos cuantos tíos en los últimos tres o cuatro años, casi todos ellos cis, pero la verdad es que todavía nadie me ha pedido que le dé mi opinión sobre su polla.

Pero, en fin, supongo que siempre hay una primera vez para todo, ¿no?

—Claro, no hay problema —contesto con voz monótona, fingiendo una indiferencia que estoy muy lejos de sentir.

Sin embargo, ¿a quién pretendo engañar? La realidad es que apenas soy capaz de creer la suerte que tengo de que de verdad me haya pedido esto.

—¿En serio? —pregunta con timidez, como si en el fondo no se esperara que fuera a aceptar—. ¿De verdad no te importa?

—Que no, cojones. Venga, enséñamela.

Nunca creí que pudiera ser buen actor, pero aquí estoy, haciendo como si no estuviera muriéndome de ganas por verle el rabo.

Supongo que tantos años teniendo que fingir que era hetero en el instituto y que los cuerpos de mis compañeros me producían indiferencia me han servido para algo después de todo.

—Es que… —Ahora sí que lo tengo claro: está ruborizado, y todavía más que antes—. No sé, supongo que me he rallado un poco y tal.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

Suelta un suspiro antes de responder.

—Pues a ver, es que me he puesto a pensar antes de preguntarte y todo eso y no sé, como que me he rallado. —Lo dice como si fuera evidente, pero sigo sin entender por dónde va. Al ver que no contesto, continúa—: Se me ha bajado.

—Ah —respondo simplemente. La verdad es que no sé qué más decir.

—Y, bueno… Si ahora sé que me la vas a mirar, creo que me va a costar concentrarme.

—Ya, bueno, pero es que eres tú el que me ha pedido que se la mire. —Me encojo de hombros, aunque no sé si me está mirando—. Si no quieres, no lo hago y ya está. A mí me da igual.

Por supuesto, la realidad es que no me da igual, ¿pero qué le voy a decir? Es él quien ha sacado el tema, aunque tampoco quiero forzarle.

—A ver, que no es eso. Pero… —Hace una breve pausa—. No sé, ¿a lo mejor podrías enseñármela tú también? Para estar en igualdad de condiciones y tal.

Trago saliva. Ya me cuesta mucho de por sí creer que Marcos realmente quiera enseñarme la polla, pero que me pida vérmela a mí también es demasiado. Sin embargo, la tengo demasiado dura a causa de la conversación y las hormonas campan libremente por mi cuerpo, así que…

—Bueno.

—¿En serio?

—No hagas que me arrepienta.

—Vale. —Hace otra pausa en la que solo puedo oír los latidos desenfrenados de mi corazón—. ¿Quieres que encendamos la luz o…?

—Ni de coña —le interrumpo—. Como mucho usa la pantalla del móvil si quieres.

Vamos a ser sinceros: tampoco es que yo la tenga enorme, precisamente.

Sin embargo, he follado con suficientes tíos y he visto el suficiente porno casero como para saber que estoy algo por encima de la media; no demasiado, pero sí un poco.

Si sumamos a eso el hecho de que la situación y la conversación me tienen cachondísimo, no puedo evitar sentir cierto orgullo cuando Marcos me mira la polla bajo la luz de su móvil mientras yo continúo acariciándomela con lentitud, manteniendo los estímulos para no perder la erección.

—Vale, confirmamos —dice con más timidez que nunca, y bloquea la pantalla del móvil. Suelta un suspiro antes de continuar—. La tengo pequeña.

—¿Qué dices?

—A ver, es que comparada con la tuya…

Se me escapa una risita y le cuento lo que he estado pensando hace solo unos segundos.

—La mía está un poco por encima de la media, creo.

—¿En serio?

—Sí, no sé… Tampoco es que me haya puesto a hacer encuestas por ahí. Pero, comparando con los tíos con los que he estado…

—Bueno, si tú lo dices…

—Venga, enséñamela —le pido—. Tú ya me la has visto a mí, así que es lo justo.

—Es que todavía no la tengo dura —me explica, y su voz suena tan llena de timidez que ahora parece otro Marcos completamente diferente.

Es como si toda la seguridad que muestra siempre se hubiera esfumado, reemplazada por una vergüenza que nunca había visto en él—.

Y ahora mismo estoy un poco nervioso, la verdad.

En cualquier otro momento, jamás me habría atrevido a hacer algo así. Pero ahora mismo estoy tan cachondo que apenas soy capaz de controlar mi cuerpo y mis pensamientos, de modo que…

—Bueno, en eso puedo ayudarte. Si tú quieres.

Hace una pequeña pausa, apenas unos segundos que se me antojan interminables. Pero, entonces, vuelve a hablar.

—¿Cómo? —pregunta simplemente.

—A ver, digamos que no se me da mal eso de poner las pollas duras.

Él se ríe.

—No lo dudo, pero es que yo no soy gay.

—Ya, bueno. Pero puedo intentarlo. —Contengo una sonrisa mientras repito sus palabras de antes—. A ver, solo si tú quieres y tal.

Lo oigo tragar saliva una vez más. Transcurre un segundo de silencio. Dos, tres. Pasan cuatro, cinco, y entonces…

—Vale.

Debe de ser verdad eso de que los tíos cis pensamos con la polla, porque esa tiene que ser la única razón por la que me siento tan envalentonado esta noche. El alcohol ni siquiera basta para justificarlo. Aun así, la situación no podría ser más surrealista. ¿De verdad estamos haciendo esto?

—Igual es mejor si cierras los ojos —sugiero—. Si quieres, pon el vídeo para que puedas oírlo, pero quédate con los ojos cerrados.

—Vale —repite.

Vuelve a poner el vídeo que estaba viendo antes, y los gemidos comienzan a sonar otra vez.

Lo miro mientras se coloca el móvil sobre el pecho y cierra los ojos, tratando de relajarse.

Entonces, dirijo la mirada hacia su polla.

No puedo verla bien, pero con la débil claridad del móvil consigo distinguir el bulto tímido entre sus piernas.

—¿Puedo? —pregunto mientras coloco una mano sobre su muslo con suavidad, para asegurarme de no hacer nada que él no quiera.

—Sí —responde con la voz ronca.

Y, entonces, trago saliva mientras me acerco más a su polla, dispuesto a cogerla entre mis manos.