28.
Tras volver de la playa y pasar por nuestras habitaciones para darnos una ducha rápida, nos vamos todos a cenar al restaurante del hotel.
Como el horario de cenas termina temprano, decidimos repetir el plan de ayer e irnos al bar después.
En esta ocasión hay una pareja de magos cómicos; un hombre y una mujer que hacen trucos de magia con resultados a cuál más absurdo, y pronto estamos todos riendo a carcajadas.
Cuando acaba el espectáculo, poco después de la medianoche, me doy cuenta de que hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien.
Tan bien que hasta me había olvidado de que estoy a punto de compartir cama con Marcos otra vez, pero el recuerdo regresa a mi mente de golpe mientras nos dirigimos todos hacia las escaleras.
De inmediato, el corazón comienza a latirme con fuerza.
Ayer no sabía lo que podía pasar, pero hoy ya tengo un precedente.
Ahora me puedo hacer una idea bastante aproximada de por dónde pueden ir los tiros, y el comentario de Marcos durante el desayuno sobre las dos camas inexistentes me ha dejado claro que quiere repetir lo de anoche.
La verdadera cuestión es si realmente querrá ir más allá o no.
Los nervios me revuelven el estómago cuando entramos en nuestra habitación.
Voy detrás de él, y no puedo evitar fijarme en cosas a las que jamás habría prestado atención hace tan solo una semana.
Como su culo, por ejemplo. Después de la escena de esta mañana cuando salió de la ducha antes del desayuno, recuerdo exactamente cómo es y cómo se mueve mientras camina, así que puedo visualizarlo a la perfección incluso ahora que está vestido.
Y esa imagen provoca una presión dentro de mis pantalones que me resulta tan agradable como molesta, si es que eso tiene sentido siquiera.
El corazón me late cada vez más fuerte mientras cierro la puerta detrás de mí.
Estas cuatro paredes fueron nuestras confidentes en lo que ocurrió anoche; esta cama es donde hemos compartido algo que jamás pensé que compartiríamos, y donde después hemos dormido juntos.
Vale, sí; cada uno se masturbó por su cuenta, y después cada uno durmió por su lado hasta que llegó la mañana.
Pero, aun así… Siento una especie de intimidad al entrar que no sé muy bien cómo definir.
Y, a decir verdad, tampoco sé si me gusta o no.
A excepción de nuestro breve encuentro en el lavabo del restaurante, ninguno de los dos ha vuelto a mencionar lo que ocurrió anoche, y, desde luego, tampoco lo hacemos ahora. Pero me da la sensación de que él sabe tan bien como yo lo que va a pasar.
Esta vez entro yo primero al cuarto de baño, y aprovecho para lavarme la cara con agua fría y tratar de tranquilizarme un poco.
Me doy cuenta de que el corazón me late con fuerza, al igual que cuando estoy conociendo a un chico y todo es nuevo y especial.
Sin embargo, este no es ningún chico que esté conociendo con ningún interés romántico ni sexual.
Este chico es Marcos, así que todo esto no tiene ningún sentido.
Cuando salgo unos minutos más tarde, me doy cuenta de que Marcos se ha quedado en calzoncillos y ha dejado la ropa amontonada sobre una silla, al igual que ayer.
Aprovecho cuando entra en el baño para ponerme el pijama.
Incluso a pesar del momento de intimidad que hemos compartido por alguna razón que todavía no entiendo, yo no he perdido el pudor que él parece no conocer.
Supongo que es un poco absurdo, porque nos hemos pasado todo el día juntos en bañador, pero con la ropa interior las cosas se marcan de forma diferente.
Y, aunque no sé qué cojones es lo que está pasando entre nosotros, sí que me he dado cuenta de que las erecciones son algo casi automático cuando Marcos está cerca, sobre todo si lleva poca ropa.
A continuación, me dirijo hacia la ventana y cierro la persiana del todo, para evitar que la luz de la mañana me despierte antes de tiempo como me ha pasado hoy.
Además, si esta noche vamos a repetir lo de ayer, y todo parece apuntar a que sí, prefiero que me vea lo menos posible.
Eso significa ver menos de él, pero me puede demasiado la vergüenza.
Ya me he metido en la cama cuando sale del cuarto de baño, un par de minutos más tarde. Esta vez es él quien apaga la luz.
—Fran, ¿me enciendes la linterna del móvil? —me pide—. No se ve una mierda.
—Voy.
Tengo el móvil en la mano, así que activo la linterna y alumbro en su dirección. Trago saliva. No sé si es cosa del juego de luces y sombras, pero me da la impresión de que el bulto que se adivina entre sus piernas es más grande esta noche. ¿Es que está empezando a empalmarse ya o qué?
—Gracias, tío —me dice cuando se mete en la cama.
—De nada.
Mientras dejo el móvil sobre la mesita de noche, me doy cuenta de que tengo el corazón a mil. Hay algo en el ambiente, lo noto. No sé si es complicidad, intimidad o qué, pero algo hay. Una vez más, el problema es decidir si me gusta o no.
—Pues nada —dice, al igual que había hecho la noche anterior al entrar en la habitación.
—Pues nada —repito yo otra vez.
—Ha sido un día largo, ¿eh?
Pestañeo un par de veces, confuso. ¿De verdad vamos a ponernos a hablar un rato antes de dormir? ¿Como si fuéramos dos amigos en una fiesta de pijamas o algo así? Claro que, después de habernos masturbado juntos, supongo que eso tampoco es lo más raro que podríamos hacer, ¿verdad?
—Ya ves —respondo simplemente.
—¿No te pasa a veces que, aunque estés reventado de todo el día, luego es como que te cuesta dormir?
Frunzo el ceño, confuso. ¿A qué viene esa pregunta ahora?
—Eh… Sí, no sé. Supongo.
—Es como que has tenido el cuerpo tan activo durante el día que después te cuesta desconectar. ¿Sabes lo que te digo?
—Sí, sí —respondo, y empiezo a tener una ligera idea de adónde quiere ir a parar con todo esto. Esbozo una sonrisa que Marcos tampoco puede ver en la oscuridad y añado—: A mí también me pasa.
Permanece en silencio durante unos segundos y yo aguardo, expectante. Y, entonces, oigo que traga saliva antes de hablar.
—Pues no sé, si te apetece que hoy también nos relajemos un poco antes de dormir…
Mi sonrisa se ensancha todavía más, y aprovecho la oportunidad para meterme un poco con él.
—Sabes que no tienes que andarte con rodeos, ¿verdad? —le pregunto, más desinhibido de lo habitual gracias a las copas que me he tomado después de cenar—. Con que me digas que quieres machacártela me vale.
—A ver, que tampoco es eso… —empieza.
—Marcos —lo interrumpo, envalentonado por la extraña sensación de que soy yo quien lleva la voz cantante esta vez—. Tío. Dime las cosas claras y ya está, que no pasa nada. ¿Quieres que nos hagamos una paja o no?
—Sí.
—Pues venga, vamos.
Marcos coge el móvil de la mesita de noche, al igual que hizo ayer. La luz de la pantalla le ilumina la cara y veo que está sonriendo ligeramente, y eso me hace sentir un cosquilleo extraño en la boca del estómago.
—¿Quieres oírlo? —pregunta, y me echa un vistazo.
—Sí —respondo mientras aparto la mirada con nerviosismo.
—Si quieres verlo tú también…
El corazón me da un vuelco, pero trato de disimular. Eso significaría pegarme más a él, pero todavía no he decidido si es eso lo que quiero.
—Tranquilo, no hace falta.
—Bueno, como quieras.
Comienzan a sonar los gemidos en el móvil, y yo me meto la mano dentro del pantalón para acariciarme con suavidad.
La erección no tarda en aparecer, y cuando echo un vistazo furtivo a la izquierda veo que Marcos también ha comenzado a mover el brazo.
La posición y la oscuridad de la habitación me impiden ver lo que tiene en la mano, pero la excitación crece como una oleada cálida en mi vientre ante lo íntimo de la situación.
Cierro los ojos para concentrarme en las sensaciones, moviendo rítmicamente la mano mientras escucho los gemidos de placer del vídeo.
De vez en, cuando el propio Marcos también suelta algún que otro gemido ahogado que hace que me estremezca.
—Oye, Fran —dice al cabo de unos minutos.
—¿Qué pasa?
—¿Podemos hablar un momento?
Abro los ojos de golpe, sorprendido por la pregunta. No se me escapa el hecho de que tiene la voz entrecortada, y eso hace que la situación me resulte todavía más excitante. Sin embargo, decido hacerme un poco el duro, sorprendiéndome a mí mismo.
—Te juro que no hace falta que hablemos mientras nos hacemos una paja, Marcos.
Él se ríe. Y después, tal como esperaba, me ignora por completo y sigue hablando.
—Te quería preguntar una cosa.
—Joder. —Dejo lo que tengo entre manos porque, total, así no hay quien se concentre—. ¿Qué quieres ahora?
—A ver… es una tontería.
—Dímelo ya, anda.
Traga saliva de forma audible antes de continuar.
—Tú eres gay, ¿verdad?
Pongo los ojos en blanco de nuevo, pero por motivos muy diferentes. ¿En serio va a ir por ahí?
—Sí, soy gay. Pero tú tranquilo, que no te voy a tocar.
Permanece en silencio durante unos segundos, y entonces…
—Pues qué pena.
Eh… ¿Perdón?