El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 27.
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Tal como hemos quedado, nos reunimos con nuestra familia en el pasillo para bajar a desayunar.

Natalia está hablando animadamente con mi madre, pero no le presto mucha atención a nadie.

Ahora que la ducha y lo que he hecho justo antes me han calmado un poco, sigo tratando de procesar lo que ocurrió anoche, y también la conversación con Marcos de hace solo un rato.

Todavía estoy tratando de olvidar ese aroma, pero creo que se me ha quedado grabado en el cerebro para siempre.

Hay bufé libre y nos espera un día movidito, de modo que me lleno dos platos de absolutamente todo lo que me gusta y vuelvo a la mesa con uno en cada mano. Para entonces, ya están todos comiendo. Mientras me acerco, Antonio le pregunta a Marcos algo que no alcanzo a oír.

—Un poco —responde él, y me lanza una mirada significativa antes de volver a mirar a su padre—. Me ha costado un poco dormir porque la cama de Fran estaba cerca de la mía y no dejaba de roncar, pero es lo que hay.

Lo miro con los ojos muy abiertos, sorprendido por sus palabras, pero él rehúye mi mirada. ¿Cómo que su cama? ¿Cómo que mi cama? ¿A qué viene esa mentira ahora? Los demás se echan a reír.

—No será para tanto —dice su padre con una sonrisa.

—Anda, Fran, no te enfades —añade mi madre, malinterpretando mi expresión de incredulidad—. Si todo el mundo ronca.

Entonces, Marcos me lanza otra mirada disimulada y levanta ligeramente las cejas, como pidiéndome que le siga el juego.

—Ya, bueno —respondo, tratando de improvisar sobre la marcha—. Tampoco es que Marcos roncara poco, precisamente.

No digo nada más mientras desayuno y después voy a llenarme otro plato, porque sus palabras solo pueden significar una cosa: le ha gustado lo que pasó anoche.

Y no solo le ha gustado, sino que quiere repetir.

No hay otra explicación posible para que haya dicho que hay dos camas, no hay otra posibilidad.

Marcos quiere que sigamos pajeándonos juntos durante el resto del viaje.

Y sabe que, si nuestros padres supieran que compartimos cama, tal vez irían a pedir que nos dieran otra habitación.

Es evidente que quiere seguir durmiendo conmigo. El corazón me da un vuelco al preguntarme si tal vez querrá que pase algo más entre nosotros que unas simples pajas. Pero, sea lo que sea, estoy más que dispuesto a averiguarlo. Y, con suerte, esta noche tal vez tendré ocasión de hacerlo.

Sin embargo, antes tiene que pasar un día entero, y me da la impresión de que va a ser todavía más largo que el de ayer.

El plan de hoy es ir a la playa, comer allí y después volver al hotel antes de la cena.

Normalmente me parecería un plan maravilloso, salvo por un pequeño problema: ir a la playa significa que tanto Marcos como yo vamos a estar semidesnudos, y por consiguiente, que me va a resultar todavía más difícil olvidar lo que ha pasado entre nosotros las últimas horas.

Doy gracias a mi yo del pasado por la paja rápida que me he hecho en el baño, ya que con suerte eso evitará que la cosa sea todavía más difícil.

Hemos bajado a desayunar con las mochilas, así que, cuando terminamos, nos vamos directamente a la playa.

No está demasiado lejos del hotel; tan solo hay que seguir una avenida marítima durante quince o veinte minutos para llegar.

Me quedo un poco por detrás de los demás mientras caminamos, disfrutando del paseo sin participar en la conversación.

Muy pronto, el aire salado inunda mis fosas nasales, llenándome de vida.

No sé por qué, pero siempre me ha parecido que el olor del mar tiene algo especial.

Cuando llegamos a la playa, clavamos las sombrillas y extendemos nuestras toallas sobre la arena.

Parece mentira que estemos a punto de entrar en noviembre.

No hace demasiado calor; calculo que debemos de estar a poco más de veinte grados, perfecto para no quemarme.

Todavía no me apetece bañarme, y menos con el estómago tan lleno, de modo que me paso toda la mañana tumbado debajo de la sombrilla, leyendo mientras respiro la brisa marina. Se está en la gloria.

Los demás van entrando y saliendo del agua, yendo y viniendo a donde estoy yo, y las horas pasan con calma hasta que llega el momento de ir a comer. Al llegar hemos visto un italiano en la zona de restaurantes que tenía buena pinta, así que nos dirigimos hacia allí.

—Tengo que ir al baño —digo cuando el camarero nos conduce a una mesa, sin sentarme—. ¿Me pedís una Coca-Cola?

Una vez en el lavabo, veo que el único cubículo con puerta está fuera de servicio, así que no me queda otra que ir a uno de los dos urinarios que hay en la pared. No tengo otra opción; llevo sin ir al baño desde antes de desayunar y estoy a punto de explotar. Por suerte, no hay nadie más aquí.

Apenas he empezado a orinar cuando oigo que se abre la puerta.

Me pongo nervioso al instante, aunque tengo la vejiga tan llena que logro continuar, mirando fijamente hacia delante para tratar de concentrarme.

Entonces, la persona que acaba de entrar se sitúa en el urinario de al lado.

Mantengo la mirada clavada en la pared, y de pronto oigo que comienza a orinar también.

—Parece que vas aprendiendo —comenta una voz familiar.

No me jodas.

Es Marcos.

El chorro se me corta de golpe.

—¡Tío! —grito alarmado—. ¿Qué haces?

—¿Qué pasa? Yo también tenía que mear.

—Joder, ¿no podías hacerlo en el mar como todo el mundo?

Se echa a reír. Yo, mientras tanto, me pego lo máximo posible al urinario para que no pueda verme. Soy incapaz de seguir meando, pero todavía oigo su chorro. De verdad, qué envidia me da la gente que es capaz de hacer eso.

—Tranquilo, que no tardo.

—Te podías haber esperado a que terminara —señalo—. O me lo hubieras dicho y entrabas tú primero.

—¿En serio, Fran? —dice, bajando la voz—. ¿Anoche nos hacemos una paja juntos y ahora no puedes ni mear a mi lado?

Enrojezco de forma casi violenta.

—Joder, tío. Cállate, que nos pueden oír.

—A ver, que estamos solos. —Su chorro se detiene, y por el rabillo del ojo veo que se la sacude un poco antes de guardársela. Me estoy poniendo malo con todo esto, de muchas formas diferentes—. Todavía no has terminado, ¿no?

—No —admito con vergüenza mientras él se aleja para lavarse las manos.

—¿Te espero fuera?

—Me da igual.

—Vale, pues te espero fuera. Tú tranquilo, que no voy a dejar que entre nadie.

Y, sin decir más, se marcha. Siento un cosquilleo en el estómago ante sus palabras.

Vale, puede que se haya burlado un poco de mí, pero sabe que esto me resulta difícil y me ha dicho que no va a permitir que entre nadie.

Más tranquilo, cierro los ojos y dejo que la cosa fluya durante un largo momento hasta que al fin mi vejiga se queda vacía. El alivio es indescriptible.

Tras lavarme las manos y comprobar que el rubor de mis mejillas se ha atenuado, salgo del lavabo y me encuentro a Marcos esperando junto a la puerta, tal como me ha dicho que haría. Me dirige una sonrisa cuando me ve.

—¿Todo bien?

Asiento con la cabeza, algo cohibido, y mantengo la mirada clavada en el suelo mientras volvemos a la mesa.

Al ver que ya han traído las bebidas me doy cuenta de que tengo la garganta seca, así que me tomo mi Coca-Cola de golpe.

Unos minutos después, se acerca el camarero para tomarnos nota y pido otro refresco junto a mi pizza.

—Bueno —dice Antonio, sonriente—. ¿Hacemos un brindis?

En otras circunstancias, tal vez habría puesto los ojos en blanco. Sin ir más lejos, fue lo que hice hace justo una semana, cuando Natalia lo propuso durante la cena. Hoy, sin embargo, lo hago con una sonrisa. De verdad, ¿qué cojones me está pasando últimamente y dónde está el Fran de siempre?

—¿Os lo estáis pasando bien? —pregunta mi madre después de brindar, claramente contenta.

Para mi sorpresa, así es, y no solo por lo que pasó anoche en la habitación.

Comemos con calma entre risas y bromas, y me sorprendo a mí mismo hablando varias veces con Marcos por voluntad propia.

No sé si es por lo que ocurrió anoche, pero estoy empezando a sentirme más cómodo con él, como si esa hostilidad que siempre me ha inspirado se estuviera desvaneciendo de alguna forma.

Cuando terminamos de comer, volvemos a la playa. De nuevo, clavamos nuestras sombrillas en el suelo y extendemos las toallas sobre la arena. Teniendo en cuenta los últimos accidentes cuando ha estado Marcos cerca, me aseguro de colocarme boca abajo al tumbarme.

La temperatura es agradable, y me siento amodorrado después de haber comido tanto en el restaurante.

Me he traído los auriculares, así que saco el móvil para escuchar algo de música y cierro los ojos.

La brisa sopla sobre mi espalda y el aroma salado me llena las fosas nasales, y así, con la música en mis oídos, no tardo en quedarme dormido.