26.
Cuando despierto, la luz de la mañana es tan intensa que soy incapaz de ver nada, así que vuelvo a cerrar los ojos con fuerza y entierro la cara en la almohada.
Oigo unos suaves ronquidos a mi lado, y de pronto lo recuerdo.
Marcos. Está en la misma cama que yo y, a juzgar por el sonido, sigue durmiendo a pierna suelta a pesar de la luz, a solo unos centímetros de donde estoy yo.
El recuerdo de lo que pasó anoche inunda mi cabeza como un torrente, y comienzo a notar un calor intenso en las mejillas.
¿De verdad ha pasado o no ha sido más que un sueño?
Aparto la almohada y abro un poco los ojos, dejando los párpados entrecerrados, y me los cubro con una mano mientras trato de acostumbrarme a la claridad.
Poco a poco, comienzo a enfocar la vista, y entonces es cuando veo a Marcos.
Tiene el brazo derecho extendido, y sus dedos casi me rozan las rodillas que tengo dobladas en posición fetal. Y está empalmadísimo.
No exagero. Está tan empalmado que los bordes de los bóxers se le levantan ligeramente, permitiéndome atisbar el vello rizado y oscuro que hay debajo.
Por desgracia, no puedo ver nada más. Tengo que admitir que, después de haberme hecho una paja con él a oscuras, tengo curiosidad por ver de cerca cómo será su polla en todo su esplendor.
El bulto hinchado bajo los calzoncillos me da una idea bastante aproximada, pero la necesidad de verla bien es casi física.
Siento dos impulsos tan repentinos como contradictorios. El primero es cerrar los ojos de nuevo y tratar de volver a dormirme o, como mínimo, fingir que estoy durmiendo hasta que él se despierte. El segundo es arrancarle los calzoncillos y atragantarme con su polla.
Por razones evidentes, opto por seguir el primero.
Sin embargo, apenas cierro los ojos me doy cuenta de que no voy a ser capaz de dormir por mucho que lo intente.
Soy demasiado consciente de la presencia de Marcos a mi lado, del sonido profundo de su respiración.
Del hecho de que está empalmado junto a mí…
de que anoche nos masturbamos juntos, aunque todavía me cuesta creérmelo.
Soy demasiado consciente de que su mano está tan cerca que, si quisiera, podría cogerla con la mía.
Por supuesto, jamás me atrevería a hacerlo. Pero…
Muevo ligeramente la rodilla, y ahí está: la punta de sus dedos la rozan ligeramente, o más bien soy yo quien le roza los dedos.
Sintiendo sus dedos contra la rodilla, respiro hondo y trato de relajarme, de calmar mi respiración y el corazón que se me han acelerado sin darme cuenta.
De olvidar su erección a apenas unos centímetros de distancia.
Pero no, no soy capaz de olvidar nada. Más bien todo lo contrario, porque cuando me quiero dar cuenta, yo mismo me he empalmado también.
Aparto la rodilla y, una vez más, trato de borrar de mi mente las imágenes de todo lo que ha pasado desde que nos metimos anoche en la cama. Poco a poco, la erección comienza a remitir, aunque no sé si seguiré siendo capaz de controlar a mis hormonas mucho más tiempo.
Por suerte, enseguida empieza a sonar mi alarma.
El horario del desayuno acaba a las diez y media, así que hemos quedado con nuestros padres y Natalia en vernos en el pasillo una hora antes.
Ahora mismo son las nueve de la mañana, tiempo suficiente para despejarnos y darnos una ducha rápida antes de salir.
Con suerte, el agua fría me servirá para acabar con este calentón.
Me desperezo como si acabara de despertarme y me doy la vuelta para apagar la alarma. Cuando vuelvo a mirar hacia el otro lado, veo que Marcos está ya despierto, con cara de adormilado. Pensaría que está hasta mono de no ser porque sigue despatarrado y empalmado con absoluta despreocupación.
—Ey —me saluda.
—Ey. —Entonces, levanto las cejas mientras miro directamente en dirección a su paquete, como si acabara de fijarme—. ¿En serio?
—¿Qué pasa?
—Nos hemos hecho una paja hace literalmente unas horas. ¿Ya tienes ganas de nuevo?
Él se ríe, pero, sigue sin molestarse en taparse. De hecho… No. No puede ser. Sin la menor vergüenza, se lleva la mano hasta la polla y se la coloca mejor, provocando toda clase de sensaciones contradictorias dentro de mí. De verdad, ¿es que su padre jamás le inculcó el sentido del pudor o qué?
—¿Es que tú nunca te despiertas empalmado?
Por supuesto, no voy a contarle que lo he estado hasta hace apenas unos minutos.
—¿Quieres irte a la ducha tú primero para quitarte el calentón con agua fría? —le pregunto, aprovechando la oportunidad para meterme con él—. ¿O prefieres que vaya yo y así aprovechas para hacerte otra tranquilamente?
Él se vuelve a reír, una carcajada intensa y sincera. No sé por qué, pero creo que piensa que estoy bromeando con él en plan colegas o algo por el estilo. Esto es surrealista, y es más surrealista todavía darme cuenta de que me gusta.
—Nah, tranquilo. Prefiero reservarme para por la noche.
El corazón me da un vuelco al oírlo. ¿Cómo debería interpretar sus palabras?
—¿Y eso? —pregunto con fingida indiferencia.
—Ya te he dicho que así duermo mejor después —responde mientras se pone en pie, con el bulto de su erección menos pronunciado que antes, pero todavía visible—.
Además, estas cosas son más interesantes por la noche, ¿no?
—Me quedo de piedra y no en el sentido sexual, sin saber muy bien qué responder.
Entonces, añade—: Me voy a la ducha. ¿Te vienes?
Ahora, el corazón me da una voltereta triple en el pecho.
—¿Qué? —pregunto, con la voz más aguda de lo normal.
—Que si quieres ir a mear o algo —especifica.
—Ah —respondo, aunque no sé si me siento aliviado o todo lo contrario. Por mi mente pasa brevemente una imagen del sueño que tuve hace dos noches, pero me esfuerzo por ignorarla antes de que mi cuerpo reaccione en consecuencia—. Sí, pero déjame entrar a mí primero, ¿vale? No tardo.
—Vale.
Me pongo en pie y me apresuro a encerrarme en el cuarto de baño, con el corazón latiendo a mil por hora.
La bañera de aquí no tiene una cortina opaca como la de casa, sino una mampara transparente.
Y, aunque la idea de ver a Marcos duchándose es más que tentadora, eso es totalmente incompatible con tratar de orinar.
Sobre todo con la erección que todavía amenaza con reaparecer de un momento a otro.
Cuando termino, me pongo a lavarme las manos y le grito para que vaya viniendo si quiere. Estoy secándomelas con la toalla cuando entra en el baño.
—¿Qué haces todavía aquí? —me pregunta con tono socarrón—. ¿Quieres ver cómo me desnudo o qué?
Enrojezco de forma casi violenta ante sus palabras.
—¡No! Claro que no.
Él se ríe y, antes de que pueda fijarse en el rubor de mis mejillas, salgo del cuarto de baño a toda prisa.
Me tumbo sobre la cama y espero a oír el sonido del agua de la ducha corriendo.
Entonces, me muevo hasta su lado de la cama y acerco la cara a la almohada, sin pensar siquiera en lo que estoy haciendo.
Todavía huele a limpio, pero también percibo algo más, un aroma tenue, sutil y masculino.
Huele a él. Cierro los ojos y respiro su olor, y me doy cuenta de algo tan sorprendente como perturbador: me pone.
El olor de Marcos me pone, y la prueba de ello es la erección que vuelve a hacer acto de presencia.
Pero no puedo dejar que me encuentre así, abrazado a su almohada, de modo que me levanto de la cama por su lado.
Cuando pongo los pies en el suelo y bajo la mirada, mis ojos se encuentran con algo que me altera todavía más: ahí están sus pañuelos hechos una bola, los que utilizó para correrse hace apenas unas horas.
Se me pasan por la cabeza toda clase de imágenes calenturientas, pero logro controlarme y me alejo de allí para dirigirme hacia mi maleta.
Mientras Marcos termina de ducharse, me dedico a preparar la ropa que me voy a poner y la mochila con las pocas cosas que me quiero llevar.
Unos minutos más tarde, la puerta del cuarto de baño se abre al otro lado de la habitación.
Miro hacia allí de forma instintiva y me quedo helado una vez más al ver a Marcos, que está saliendo totalmente desnudo mientras se seca el pelo con la toalla.
No podría habérsela puesto alrededor de la cintura, no.
Su pene flácido cuelga entre sus piernas, balanceándose mientras camina, y la imagen me resulta tan hipnótica que necesito toda mi fuerza de voluntad para obligarme a apartar la mirada.
No me gusta tener que hacerlo, pero lo consigo.
—Ya puedes ducharte —me dice, ajeno a mis pensamientos mientras se acerca a su maleta con despreocupación, como si no estuviera enseñándomelo absolutamente todo—. Recuerda que tenemos que salir dentro de poco.
—Eh… sí —acierto a responder, con la voz pastosa.
Sin embargo, cuando pasa junto a mí y quedo fuera de su campo de visión, no puedo evitar seguirlo con la mirada.
Sus nalgas se mueven juguetonas mientras camina, y por un segundo, no puedo evitar preguntarme cómo sería hundir la cara en ellas.
Pero ya estoy comenzando a sentir esa familiar presión bajo los calzoncillos, así que me apresuro a meterme en el cuarto de baño antes de que Marcos se dé cuenta.
Necesito una ducha helada urgentemente, y no sé si me va a bastar con los quince minutos que me quedan antes de ir a desayunar.
Pero, entonces, veo los calzoncillos de Marcos sobre el bidé, y en ese momento es como si me abandonara cualquier capacidad de raciocinio.
Me aseguro de cerrar el pestillo, y después voy hacia la bañera y pongo el agua en marcha.
A continuación, me siento en el retrete y cojo los calzoncillos.
Con el corazón latiéndome con fuerza, me lo llevo a la cara e inspiro, tal como he hecho con su almohada.
Huelen a él, pero el aroma es mil veces más intenso que el de la almohada.
Huelen a su polla, y mi erección es casi instantánea. Sin dudar, comienzo a masturbarme.
Apenas tardo dos minutos en correrme.