25.
Permanece en silencio unos segundos, y entonces…
—¿Qué dices? —pregunta entre risas. Está claro que se esperaba mi respuesta tan poco como yo me esperaba lo que me ha dicho… y lo que yo mismo le he dicho después, ya que estamos.
Esbozo una leve sonrisa mientras me encojo de hombros, sorprendiéndome a mí mismo por lo envalentonado que estoy. Sí, parece que el alcohol me ha afectado más de lo que pensaba.
—A ver, tampoco sería la primera vez que te veo haciéndote una paja, ¿no?
Ahora se ríe más fuerte que antes, y la timidez que he oído hace unos segundos desaparece por completo. Si parece incómodo por haberle recordado el momento, desde luego no lo demuestra. En serio, ¿cómo puede estar tan tranquilo?
—También es verdad.
—Entonces, ¿vas a hacerlo?
De nuevo, tarda unos segundos en contestar.
—A ver, si de verdad a ti no te importa…
—¿En serio no puedes aguantar sin hacerte una? —pregunto con genuina curiosidad.
No es que yo sea un célibe, precisamente, pero jamás se me habría ocurrido la idea de hacerme una paja junto a alguien como si eso fuera lo más normal del mundo. Y menos si ese alguien es él. Marcos.
El putísimo Marcos.
—A ver, si tampoco es que esté cachondo ni nada, pero es que ya es un poco la costumbre, ¿sabes?
En plan para dormir mejor y tal. —Trato de contener una sonrisa porque a mí me pasa lo mismo, pero no se lo pienso decir—.
Después de correrme, siempre me quedo mucho más relajado y tardo menos en dormirme.
La palabra «correrme» es como un botón que activa una nueva oleada de calor dentro de mí. Y ahora, de repente, siento la extraña necesidad de ver cómo se corre. Pero, por supuesto, eso tampoco se lo pienso decir. En su lugar, trato de fingir desinterés, de parecer imperturbable ante sus palabras.
—Marcos, te prometo que no hace falta que me des tantos detalles sobre tus pajas.
Pero, en realidad, estoy sonriendo. ¿A quién pretendo engañar?
Oír sus palabras provoca toda clase de sensaciones dentro de mí, y siento un calorcillo en el pecho que no sé muy bien cómo interpretar.
Por suerte, estoy tumbado en posición fetal, porque cierta parte de mi cuerpo ha comenzado a despertar y de otra forma sería difícil disimularlo.
—Lo siento. —De nuevo, permanece en silencio unos segundos antes de continuar. Empiezo a darme cuenta de que me gustan esos segundos de anticipación, esa expectativa por oír lo que va a decir—. Pero entonces… ¿de verdad te parece bien?
Ahora están empezando a arderme también las mejillas.
—Bueno, vale —respondo, como si no lo estuviera deseando—. Pero dejamos la luz apagada, ¿va?
—Va.
—Y no te pongas a gemir y esas cosas, ¿vale?
Él suelta una carcajada como respuesta. Por mucho que lo odie, ese calor está creciendo en mi pecho y se extiende hasta mi vientre, y después todavía más abajo. Inevitablemente, mi sangre se dirige hacia el lugar menos inoportuno.
—Oye, ¿y tú qué? —pregunta de repente, como si estuviera leyéndome la mente.
Trago saliva.
—¿Yo qué?
—A ver, que yo también te oigo por las noches.
El calor estalla ahora en mis mejillas. Desde aquella primera noche, no estaba del todo seguro de que me hubiera vuelto a oír, pero parece que no he sido tan discreto como pensaba.
—¿Qué dices?
—¿Te creías que eras supersilencioso o qué? Sé que tú tampoco sabes dormir sin tu paja de buenas noches.
—Vete a la mierda —respondo, aunque en realidad estoy tratando de contener la risa que se mezcla con mi vergüenza.
—Entonces, ¿qué? ¿Te apuntas tú también?
Una parte de mí quiere negarse, decirle que no tengo ganas, pero mi erección dice todo lo contrario.
Si fuera de día, me resultaría imposible creer que de verdad esté pasando esto; si la situación fuera diferente, lo más probable es que le hubiera dicho que no.
Pero, en este momento, las hormonas dominan mi cuerpo por completo, y cuando lo miro veo que tiene una mano dentro de los calzoncillos, manoseándose sin disimulo, y…
—Sí.
Y entonces, sin decir nada, se baja los calzoncillos.
Yo me coloco boca arriba y hago lo mismo con los pantalones del pijama y con los míos, dejando mi erección expuesta al aire.
Cuando la rodeo con la mano, la siento cálida, dura y palpitante contra mi propia piel, y el movimiento ascendente y descendente me provoca un alivio que casi me hace suspirar.
Saber que Marcos está completamente desnudo junto a mí es demasiado tentador, pero utilizo toda mi fuerza de voluntad para no mirar.
Aunque no lo hemos dicho específicamente, creo que eso rompería alguna especie de acuerdo tácito entre nosotros.
—¿Te importa si… veo algún vídeo? —me pregunta entonces, de nuevo con esa timidez tan poco propia de él.
—Eh… No. Como quieras.
—Gracias.
Se gira hacia la mesita de noche, de modo que aprovecho el momento para lanzarle una mirada furtiva en la penumbra. No puedo ver su polla, pero sí sus nalgas. Unas nalgas que no me importaría tocar con las manos, la verdad. O tener en la cara.
Lo oigo trastear durante unos segundos. Cuando vuelve a darse la vuelta me apresuro a apartar la mirada, pero no soy lo bastante rápido. Él me dirige una sonrisa.
—Toma —dice, y lanza algo en mi dirección. Me doy cuenta de que se trata de un paquete de pañuelos, y no necesito preguntarle para qué me los da. Saco dos y le devuelvo el resto.
—Gracias. —Me doy cuenta de que también estaba cogiendo los AirPods, supongo que en deferencia a mí. Trago saliva. ¿Me atreveré a decírselo?—. ¿Y si… no te los pones?
—¿En serio?
—Es que tengo el móvil sin batería —le explico—. Así puedo oír algo.
—Bueno… sin problema. ¿Quieres verlo?
—No, gracias —me apresuro a responder—. Me parece que no tenemos los mismos gustos.
Toquetea unas cuantas veces la pantalla con los dedos, y enseguida comienzan los gemidos.
No tardo en darme cuenta de que se trata de porno hetero, pero no me importa.
Me estoy haciendo una paja junto a Marcos, y estoy escuchando el mismo porno que está viendo él.
Nunca me habría imaginado que llegaría a vivir una situación así con él, pero aquí estamos.
Si alguien me hubiera dicho esto hace tan solo una semana, lo más probable es que me hubiera reído en su cara.
El problema es que los escasos centímetros de colchón que nos separan son como una distancia inconmensurable que no puedo saltar, que me impide alcanzar lo que hay al otro lado.
Y, ahora mismo, eso es lo único que deseo, por mucho que odie reconocerlo ante mí mismo.
Pero no puedo hacerlo, así que sigo masturbándome mientras oigo su respiración acelerada junto a mí, los gemidos ahogados que trata de disimular sin llegar a conseguirlo.
Cada uno de ellos me provoca un estremecimiento.
Creo que esta es la situación más excitante que he vivido jamás, y todavía no sé cómo es posible que esté sucediendo.
Tras unos minutos, escucho que su respiración se acelera un poco más.
Aunque en teoría íbamos a ser silenciosos, yo tampoco soy capaz de contenerme: oírlo hace que mi excitación aumente, y entonces comienzo a jadear más fuerte yo también.
La cama tiembla por el movimiento frenético de nuestros brazos y, apenas unos segundos después, Marcos emite un prolongado gemido que hace que se me erice todo el vello del cuerpo.
Oigo con tanta nitidez las salpicaduras del semen sobre los pañuelos que, sin poder evitarlo, suelto un gemido y me corro yo también.
El corazón me late con fuerza en el pecho mientras trato de asimilar lo que acaba de ocurrir.
Después, nos quedamos inmóviles y en silencio durante unos segundos, mientras nuestra respiración va volviendo a la normalidad poco a poco.
—Ni una palabra de esto a nadie, ¿eh? —me dice con la voz ronca cuando recupera el aliento.
—Tranquilo —respondo—. Prefiero pegarme un tiro en los cojones antes que contárselo a nadie.
Pero, a pesar de mis palabras, lo cierto es que me ha gustado. Aunque tampoco he mentido al decir que no lo admitiría jamás, porque ni yo mismo sé muy bien qué pensar al respecto.
Nos limpiamos en silencio y después tiramos los pañuelos por el borde de la cama para recogerlos al día siguiente. Después, volvemos a ponernos la ropa que nos habíamos quitado y Marcos se acomoda sobre la almohada boca arriba.
—Buenas noches —dice.
—Buenas noches.
Mis ojos ya se han acostumbrado bastante a la oscuridad, así que lo observo durante unos instantes: la silueta de su cuerpo sobre la cama, el perfil de su rostro con la boca ligeramente entreabierta, la anchura de su pecho que sube y baja con lentitud.
Mientras me abrazo a mi almohada, todavía mirándolo, sigo siendo incapaz de asimilar lo que acaba de pasar.
¿Será por el alcohol? ¿O es que aquí está pasando algo más?
En cualquier caso, creo que nos esperan unas cuantas noches bastante interesantes.
Sin embargo, de repente me invade otro pensamiento, uno que no esperaba.
¿Qué cojones estamos haciendo?