El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 24.
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Me quedo paralizado, sin saber muy bien qué hacer, y las imágenes del sueño de la ducha que tuve ayer pasan como destellos por mi cabeza mientras me apresuro a desviar la mirada. Sin decir nada, Marcos se queda en calzoncillos y se mete en la cama, como si esto fuera lo más natural del mundo.

—Eh… ¿Qué haces? —acierto a decir al fin.

—Pues meterme en la cama —responde con el ceño fruncido—, ¿qué quieres que haga?

—¿Sin pijama?

—Es que yo duermo así —me explica con lentitud, como si fuera evidente.

—A ver, que yo también. Pero no sé, como estos días vamos a dormir juntos y tal…

—Pues yo no me he traído ninguno, así que esto es lo que hay.

Suelto un suspiro. Yo tampoco suelo usar el pijama para dormir cuando hace calor.

Sin embargo, como no sabía si aquí iba a refrescar por las noches, había decidido traerme uno por si acaso.

Y, ahora que tengo que compartir cama con Marcos, menos mal que lo he hecho.

Lo que pasa es que no sé cómo voy a ser capaz de dormir teniéndolo ahí al lado en calzoncillos, sobre todo cuando verlo así me provoca un cálido cosquilleo en un lugar donde no debería sentirlo.

En la polla, vamos.

—Voy un momento al baño —digo para ganar tiempo.

—¿Otra vez? —me pregunta él, alzando una ceja.

—Por si acaso, es que he bebido mucho en el bar y tal. —Al menos, tengo la excusa perfecta—. Odio tener que levantarme para mear en mitad de la noche.

Él se encoge de hombros, aunque no responde, y yo me apresuro a marcharme.

Una vez dentro, me doy cuenta de que el corazón me late con fuerza, y me da rabia.

¿Por qué tengo que ponerme tan nervioso con Marcos?

¿Es por el sueño? ¿Por los momentos de tensión en el cuarto de baño cuando uno de los dos se está duchando o afeitándose y el otro tiene que entrar?

¿Por la pillada que le hice en el salón?

Parece que hubiera ocurrido hace una eternidad, pero fue ayer mismo.

¿O tal vez es por la pillada que me ha hecho él a mí hace apenas unas horas?

¿O por el hecho de que nunca parece sentir el más mínimo pudor a la hora de mostrarme su cuerpo, incluyendo ahora mismo?

Sea lo que sea, tengo la impresión de que estas cinco noches del viaje con él se me van a hacer muy largas.

Demasiado largas. Pero no pasa nada, ya está decidido: desde que Marcos se duerma, voy a volver aquí para evitar contratiempos, y no me refiero a tener ganas de orinar.

Y, a partir de mañana, pienso aprovechar las duchas para luego poder irme a la cama tranquilo.

El problema es que no sé lo que pasará si soy yo quien ve que él se empalma, y teniendo en cuenta su escasez de ropa, lo difícil será no verlo.

Cuando salgo del cuarto de baño, Marcos está tumbado boca arriba sobre la cama, sosteniendo el móvil en alto.

Está concentrado en la pantalla, así que puedo contemplar su cuerpo con disimulo, por primera vez sin el vapor del baño de por medio ni la incomodidad de estar en una piscina rodeados de gente.

Por supuesto, mis ojos van directos a su paquete, pero me apresuro a apartar la mirada un segundo después.

Si hay algo más incómodo que el hecho de tener que dormir con Marcos mientras está en calzoncillos, eso sería tener que hacerlo después de que me haya pillado mirándole el paquete.

Doy gracias una vez más por haberme traído el pijama.

Primero, porque me da vergüenza que pueda ver mi cuerpo.

Segundo, porque me servirá para disimular posibles erecciones inoportunas.

Después de la de esta tarde, tener otra mientras estamos en la misma cama sería demasiado incómodo.

Y, tercero… porque, si se vuelve a repetir lo del sueño de anoche, prefiero tener todas las capas de ropa posibles.

Se me ha quedado el móvil sin batería mientras me lavaba los dientes, así que saco el cargador de la mochila, lo enchufo junto a mi lado de la cama y lo dejo sobre la mesita de noche. Después vuelvo a mirar a Marcos durante un breve instante, dudoso.

—Yo quería irme a dormir ya —anuncio, un tanto cohibido—. ¿Te parece bien si apago la luz, o…?

—Sí, claro —responde—. Te estaba esperando.

—¿Qué?

Él baja el móvil para mirarme, y enarca una ceja como si fuera evidente.

—No iba a poder dormir mientras estuvieras dando vueltas por la habitación, así que estaba esperando con el móvil a que tú también te acostaras —me aclara.

—Ah. Vale. Pues la apago ya.

A continuación, me dirijo hacia la cama.

Me meto entre las sábanas, todavía cohibido, y me coloco en mi posición habitual, tumbado de lado…

y de cara a él. La habitación no está del todo a oscuras, y la luz de la luna que se cuela entre las rendijas de la persiana basta para que pueda distinguir su silueta.

Está boca arriba, con los ojos cerrados, y una vez más, mi mirada recorre su cuerpo y vuelve a detenerse en el mismo punto.

Me doy cuenta de que, si se empalmara, podría verlo perfectamente, y ahora mismo no sé si quiero que eso ocurra o no.

Pero no quiero pensar en su polla ni en sus posibles erecciones, porque eso sería como invitar a más sueños como el de anoche. Así pues, cierro los ojos y me abrazo a la almohada, tal como siempre hago.

Sin embargo, hoy la cosa no podría ser más diferente.

Hoy mi respiración no es el único sonido: también oigo la de Marcos, clara y nítida, como si estuviera respirando junto a mi oído.

Por alguna razón, el sonido me resulta reconfortante y extrañamente tranquilizador, y me da la sensación de que tal vez no me va a costar dormirme tanto como pensaba.

—Joder —oigo que murmura de repente, y pongo los ojos en blanco. Adiós a la magia.

—¿Qué pasa?

—Que tenemos que dormir juntos, eso pasa.

Pestañeo un par de veces, confuso por sus palabras.

Y, entonces, una furia hirviente se extiende de golpe por todo mi cuerpo.

¿A qué cojones viene esa actitud tan de repente?

Hasta este preciso momento, todo estaba siendo muy cordial entre nosotros esta noche, pero ahora ha vuelto a ser el Marcos gilipollas de siempre.

—Créeme, a mí me jode tanto como a ti —replico enfadado, dando rienda suelta a todo mi veneno—. Pero no te preocupes, que solo vas a tener que aguantarme cinco días.

—¿Pero qué dices? Si no es por eso.

—¿Entonces? —pregunto, extrañado.

—Nada, da igual —responde con algo que se parece mucho a la timidez; creo que es la primera vez que oigo algo así en su voz—. Déjalo.

—Los cojones. Ahora me lo dices.

Marcos suelta un suspiro de resignación.

—Joder, pues que por tu culpa no voy a poder ni hacerme una triste paja hasta que volvamos a casa.

Abro mucho los ojos, sin saber si realmente lo he oído bien.

Desde luego, no era eso lo que me esperaba.

De repente vuelven a pasar por mi mente las imágenes de lo que vi ayer en el salón, de lo que soñé hace menos de veinticuatro horas, ese sueño que parecía tan real.

Y, sin poder evitarlo, me lo imagino desnudo junto a mí, acariciando su cuerpo, dándose placer justo donde está ahora, a apenas unos pocos centímetros de donde yo me encuentro. En la misma cama.

No sé si es por la situación de estar los dos aquí a oscuras, o tal vez por las copas que me he tomado, pero de pronto es como si perdiera las inhibiciones. Y, antes de poder controlar mi propia lengua…

—A ver, que por mí no te cortes.