23.
Al final, el resto del día no va tan mal como esperaba. Nos quedamos tomando el sol un rato, hasta que este comienza a bajar en el cielo y empieza a refrescar un poco. Por mucho que estemos en Canarias, sigue siendo finales de octubre.
Como todavía es pronto para ir a cenar, nuestros padres nos llevan a dar una vuelta por el hotel para enseñarnos todo lo que hay, desde una zona recreativa con distintas máquinas y otros juegos hasta un bar donde hacen espectáculos y tocan música en directo por las noches.
Después, volvemos a nuestras habitaciones para descansar un poco y ducharnos antes de cenar.
Sigo cansado a pesar de la siesta después de comer y del sueñecito en la hamaca que me eché después de bañarme en la piscina, así que le digo a Marcos que se duche él primero mientras yo me tumbo en la cama un rato más.
Aunque no vaya a dormirme, me apetece cerrar los ojos un rato.
No hemos quedado con nuestra familia hasta dentro de una hora, así que tengo tiempo de sobra.
Una carcajada me despierta de golpe. Se ve que sí que me he quedado dormido después de todo, aunque no entiendo qué tiene eso de gracioso.
—¿Qué pasa? —pregunto mientras me froto los ojos, confuso.
Pero no necesito que Marcos me responda para saber la razón, porque entonces me doy cuenta de que estoy empalmado.
Me corrijo: estoy empalmadísimo.
Y, por supuesto, se me nota todo a través del bañador. Me apresuro a taparme con un cojín, aunque sé que a estas alturas ya no sirve de nada.
—Ya veo que estabas soñando cosas bonitas —comenta entre risas.
Enrojeciendo hasta la raíz del pelo, le lanzo otro de los cojines.
—Gilipollas —le digo, y él se ríe todavía más—. ¿Has terminado ya en la ducha o qué?
—¿Qué pasa? ¿Quieres entrar a solucionar tu problemilla o qué?
—Ja, ja. ¿Has terminado o no?
—Sí, Fran, ya he terminado. De hecho, me he dado un baño caliente y todo —añade—. Ya te habías dormido antes de que entrara, así que me dio pena despertarte tan pronto y he aprovechado. Pero no tardes demasiado, que ya son más de las ocho.
¿En serio me he pasado más de media hora durmiendo? Vale que esté falto de sueño, pero igual lo mío tendrían que estudiarlo o algo. A lo mejor tengo narcolepsia y no me había dado cuenta.
Una vez en el cuarto de baño, me planteo la posibilidad de hacer precisamente lo que ha dicho Marcos y solucionar mi «problemilla».
Sin embargo, entre unas cosas y otras ya son casi las ocho y cuarto, y hemos quedado con nuestros padres a y media.
Tendría el tiempo justo, y hay cosas que es mejor no apresurar.
Así pues, hago planes para encerrarme en el cuarto de baño en cuanto Marcos se haya dormido.
De ese modo, también podré evitar problemas como el de anoche…
una noche que parece haber ocurrido hace semanas, porque este día no podría ser más interminable.
La cena va mucho mejor que la comida; se nota que estamos todos de mejor humor, sobre todo Marcos y yo.
Y, por supuesto, la comida deliciosa del hotel también ayuda, aunque como tanto que siento que estoy a punto de reventar.
Cuando terminamos, nos vamos todos al bar, donde se está empezando a congregar ya bastante gente.
Nos apropiamos de una mesa cerca del fondo, pedimos unas bebidas y, apenas diez minutos más tarde, aparece un grupo de música en el escenario.
Son dos hombres y dos mujeres, y hablan con el público en inglés.
Por lo que logro entender, el espectáculo de esta noche consiste en hacer versiones de canciones conocidas de todas las épocas.
Al principio, pienso que la cosa va a dar un poco de vergüenza ajena, pero después de dos o tres temas, me doy cuenta de que me lo estoy pasando tan bien como los demás.
El espectáculo se extiende hasta las doce de la noche, cuando el grupo recoge sus cosas y anuncia que el bar cerrará en breve.
Me doy cuenta de que las dos horas que hemos estado aquí se me han pasado como un suspiro, y también de que estoy mucho más contento de lo que esperaba.
Supongo que el alcohol que he bebido tiene algo que ver con eso, aunque mi madre no me ha permitido tomarme más de tres copas.
Como si no pudiera beber todo lo que quisiera cuando estoy con mis amigos, pero bueno.
Tampoco quería discutir después de lo de esta mañana, así que acepté a regañadientes.
Pero entonces, mientras subimos por las escaleras para evitar a los guiris que esperan frente a los ascensores, la realidad me golpea como un puñetazo en la cara.
Al fin ha llegado la hora de irnos a la cama, y con ella, el momento que llevo temiendo desde que entramos por primera vez en esa habitación: tener que dormir con Marcos.
Me gustaría saber qué clase de atrocidades tuve que cometer en otra vida para merecer esto, la verdad.
Trato de reprimir un suspiro. Por mucho que las cosas entre nosotros hayan mejorado de forma significativa durante la tarde y la noche, está claro que a ninguno de los dos le hace mucha gracia la idea.
Hay una incomodidad evidente entre nosotros mientras entramos de nuevo en la habitación…
la que será nuestra habitación durante cinco noches.
El ambiente está tan cargado que casi puedo tocarlo con las manos.
—Pues nada —dice cuando cierra la puerta detrás de él—. Aquí estamos.
—Aquí estamos —repito.
—Voy al baño.
Asiento con la cabeza, sin saber qué más decir.
Mientras está dentro, aprovecho para quitarme la ropa que me he puesto para la cena y ponerme el pijama.
Me siento extraño cuando lo hago. Aunque ahora vivimos en la misma casa y Marcos ya me ha visto en pijama unas cuantas veces, la cosa me resulta muy diferente ahora que vamos a dormir en la misma cama.
Como si hubiera… No sé, algo íntimo, tal vez.
En realidad, no sé cómo expresarlo bien.
Apenas un par de minutos en salir del baño, así que entro con el neceser que contiene mi cepillo de dientes. Cinco minutos después ya estoy fuera yo también, y me encuentro con Marcos paseándose por el centro de la habitación.
—¿Pasa algo? —pregunto.
—¿Qué lado prefieres? —me pregunta él a su vez.
Parpadeo un par de veces, confuso.
—¿Qué?
—De la cama —especifica él, señalándola—. ¿En qué lado quieres dormir?
Aquello me deja todavía más confuso. ¿De verdad está teniendo la deferencia de preguntarme qué lado prefiero? Yo no sé si habría sido tan amable con él, la verdad.
—Me da igual —respondo con sinceridad, porque hasta esta misma tarde nunca había dormido en una cama doble y no tengo claras mis preferencias—. ¿Tú?
—Me da igual —dice él también. Le echa un vistazo al lado izquierdo, que está algo revuelto después de haber dormido yo ahí ya dos veces. Entonces, señala el lado derecho y me pregunta—: ¿Te parece si me quedo yo con este? Como ya has dormido en el otro lado…
Ahora que caigo, tendría que habérmelo pensado un poco mejor antes de decirle que me daba igual, y también antes de haberme acostado por la tarde.
Siempre duermo en la misma postura: de lado y sobre el costado izquierdo, mirando hacia el lado derecho de la cama.
Soy absolutamente incapaz de dormir de otra forma; ya lo tengo más que comprobado.
Y eso significa que, si Marcos ocupa el lado derecho, voy a pasarme toda la noche mirando hacia él.
Y no solo eso: va a poder verme la cara todo el rato, incluso si estoy babeando la almohada o roncando con la boca abierta.
Sin embargo, ya le he dicho que me daba igual, así que…
—Sin problema —contesto, aunque sé que no sueno demasiado convencido.
Y, por supuesto, Marcos se da cuenta.
—¿Seguro?
—No lo sé —admito.
Joder, ¿por qué me cuesta tanto decir las cosas claras? Debe de pensar que soy gilipollas, y con razón.
—Pues aclárate.
—Nada, da igual —digo al fin—. Quédate tú con ese lado, no pasa nada.
Empiezo a pensar que realmente sí que soy gilipollas.
Pero he tenido la oportunidad de retractarme y no lo he hecho, así que ahora me toca asumir las consecuencias.
Tan solo espero que Marcos tenga el sueño pesado, porque, de lo contrario, van a ser cinco noches muy incómodas.
La idea de dormir durante el día vuelve a rondarme la mente otra vez.
—Vale —responde con despreocupación, ajeno a todo lo que se me pasa por la cabeza.
Y, entonces, comienza a desnudarse.