El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 22.
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La alarma del móvil me despierta de golpe.

Miro a mi alrededor, desorientado, hasta que mis ojos se acostumbran a la claridad y me doy cuenta de que estoy en la habitación del hotel. Por suerte, sigo solo.

Después de una comida bastante tensa en la que apenas pronuncié un par de palabras, aproveché el cansancio que sentía y la propuesta de mi madre para irme a la habitación y echarme una siesta.

La alarma ha sonado a las cuatro de la tarde; no quería pasar más tiempo acostado porque sabía que eso significaría que luego no sería capaz de dormir por la noche.

Aunque, a decir verdad, la idea me resulta tentadora.

Ya que estamos obligados a compartir la misma cama, puedo dormir yo durante el día y Marcos por la noche, y asunto arreglado.

Sin embargo, siendo realista sé que mi madre no permitiría que me pasara el día durmiendo, y de todos modos, tampoco tendría nada que hacer por la noche, así que no es más que una fantasía absurda.

Cojo el móvil y entro en el grupo familiar que nuestros padres se empeñaron en crear hace unos meses para enviar un par de mensajes.

Ya estoy despierto

Dónde estáis?

Según me han dicho durante la comida, el plan era pasarse la tarde en la piscina. Tan solo me he permitido dormir un par de horas, así que supongo que seguirán allí. Abro mi maleta y voy sacando el bañador y la toalla, por si acaso.

La respuesta de mi madre no se hace esperar.

Todavía estamos en la piscina

Te vienes?

Sí, ahora bajo

Ahora que estoy un poco más descansado y de mejor humor que antes, tengo que admitir que la idea de meterme en la piscina no podría resultarme más tentadora ahora mismo.

Me apresuro a cambiarme de ropa, cojo la tarjeta de la ranura de la entrada y salgo por la puerta.

Cuando llego a la piscina, no tardo en localizar a mi madre en la zona de hamacas, aunque está sola y leyendo un libro bajo una sombrilla.

Junto a ella hay otras tres hamacas con las cosas de Marcos y su familia, pero ellos no están por ninguna parte.

—Hola, cariño —me saluda con una sonrisa, y aparta el libro a un lado—. ¿Has dormido bien?

Asiento con la cabeza.

—¿Dónde están los demás?

—Bañándose. ¿Quieres ir con ellos?

Con ellos precisamente no, pero…

—¿Tú no vienes?

—Ya me he bañado antes, pero ya sabes que con un ratito tengo suficiente… no quiero quemarme. Pero tú vete con ellos, anda. Ya me volveré a meter dentro de un rato, cuando me acabe el capítulo.

—Bueno, vale.

Me quito la camiseta y me acerco a las duchas, aunque tan solo aguanto unos pocos segundos bajo el agua helada.

A continuación, me dirijo hacia la escalerilla más cercana y me meto en la piscina.

Miro a mi alrededor y veo familias de todas las nacionalidades, pero ni rastro de la mía.

Casi mejor: siempre me han encantado las piscinas, y no necesito estar con nadie para disfrutar de una.

Pero, inevitablemente, me acabo encontrando con ellos.

Marcos se muestra tan distante como esperaba, pero Antonio se interesa por saber qué tal he dormido, así que trato de responder de forma cordial.

Natalia está tratando de convencerme para que juegue a la pelota con ella y con Marcos cuando aparece mi madre.

—Yo me salgo ya —dice Antonio, tras darle un beso rápido a mi madre que me obliga a apartar la mirada—. Así me quedo vigilando las cosas.

—Belén, ¿juegas con nosotros? —le pide Natalia a mi madre—. Chicas contra chicos.

—Me parece genial —responde ella.

Marcos y yo nos miramos de golpe. Por supuesto, lo último que nos apetece ahora mismo es jugar juntos en equipo, cuando lo único que queremos es guardar las distancias. Pero mi madre y su hermana están ahí, con cara de ilusionadas, así que… ¿cómo nos vamos a negar?

—Bueno… vale —respondo al fin.

Por supuesto, la cosa no podría ser más incómoda. Marcos y yo ni hablamos ni nos molestamos en tratar de coordinarnos. Por no hacer, ni siquiera nos miramos. Y, como no podría ser de otra manera, perdemos estrepitosamente la primera ronda.

—Sois malísimos —dice Natalia entre risas—. ¿Queréis la revancha?

—No hace falta —se apresura a responder Marcos.

—Venga, va, no seas aburrido.

Él resopla, y entonces, por primera vez en todo este rato, me habla directamente.

—¿Tú quieres?

Me encojo de hombros.

—Me da igual.

—A mí también —replica, y entonces le echa un vistazo a su hermana y a mi madre—. Pero es verdad que nos han dado una buena paliza…

Muy a mi pesar, trato de contener una sonrisa. Parece que a él le gusta tan poco perder como a mí.

—Bueno, vale. Una ronda más y ya está.

El juego es sencillo, una especie de versión minimalista del waterpolo en un extremo de la piscina, sin ocupar demasiado espacio para no molestar a otros bañistas.

La regla es que el primer equipo en llegar a los diez goles es el que gana.

Antes, Marcos y yo ni hablamos ni nos miramos, de modo que para cuando mi madre y su hermana lograron marcar los diez goles, nosotros solo habíamos conseguido uno.

Pero ahora el juego está muy igualado, y al final ganamos nosotros por diez goles a nueve.

—Eso no vale, que antes os hemos dado una paliza —se queja Natalia—. ¿Hacemos una ronda más para desempatar?

Marcos y yo nos miramos, y entonces, como si lo hubiéramos planeado, ponemos los ojos en blanco. Eso hace que nos echemos a reír los dos, y siento una especie de cosquilleo agradable en la boca del estómago.

—¿Las machacamos una vez más? —me propone con una sonrisa que no me esperaba.

—Venga, va. Pero ya la última.

Cuando volvemos a ganar y salimos del agua un buen rato más tarde, tengo que admitir que me lo he pasado bien después de todo.

Aunque no sé si Marcos estará pensando lo mismo, porque su rostro vuelve a ser inescrutable.

Supongo que el pequeño momento de complicidad ha pasado, aunque tampoco esperaba otra cosa.

Tras salir de la piscina, pasamos por las duchas y después volvemos a la zona de las hamacas, donde nos está esperando Antonio. Una vez allí, me siento en la hamaca donde dejé mis cosas antes y comienzo a secarme con la toalla.

—Esa es mi hamaca —señala Marcos.

—Perdón —respondo, algo azorado, y me apresuro a levantarme.

—Creo que hay hamacas libres allí, al otro lado —me dice mi madre—. ¿Por qué no te traes una para ti?

—Marcos, ayúdale a traerla —le pide su padre, y él asiente con la cabeza sin rechistar.

Juntos, emprendemos el camino en silencio a través de la gente y las hamacas. La tensión entre ambos es palpable, y entonces…

—Oye, Marcos. ¿Podemos hablar? —le pregunto, sorprendiéndome por mis propias palabras.

—¿Qué pasa ahora?

Vuelve a estar borde… mala señal. Está claro que toda la complicidad de las dos últimas rondas en la piscina se ha esfumado por completo; me imagino que tan solo ha estado tratando de guardar las apariencias delante de mi madre y su hermana.

—Es sobre lo de la habitación, la cama y tal.

—¿Quieres que duerma yo en el suelo o qué? Porque paso muy fuerte.

—Que no, joder. Es solo que… —Resoplo y después respiro hondo, tratando de pensar cómo decirlo.

Tendría que haberlo ensayado antes o algo; siempre se me han dado muy mal estas cosas—.

A ver, esta mañana te hablé mal y no te lo merecías.

Había dormido fatal y estaba muerto de sueño y agobiado por el viaje, y… En fin, que lo pagué contigo.

—Ya, bueno. —Se detiene junto a las hamacas vacías y me echa un vistazo, con el ceño fruncido—. Tampoco sería la primera vez.

Au. Eso duele. Aunque tampoco es que pueda reprochárselo, la verdad.

—Lo siento, ¿vale?

—Bueno. Vale.

Suelto un suspiro. No me ha dicho que me perdona, pero también es verdad que yo no le he pedido perdón específicamente.

—Sigo pensando que habría que establecer unos límites con ciertas cosas —continúo, haciendo como si no lo hubiera oído—. Pero, en fin, ahora vamos a estar cinco días compartiendo habitación…

—Y cama —me interrumpe con una mueca.

Como si pudiera olvidarlo siquiera.

—Y cama. Pero a nuestros padres les hace mucha ilusión este viaje, y no estaría bien que se lo jodamos.

—Eso es verdad —admite.

—Entonces, pues a ver, yo creo que lo mejor será que tratemos de llevarnos bien, ¿no? Por el bien de todos.

Me mira fijamente, con el ceño fruncido, y por un momento me pregunto si va a insultarme o reírse en mi cara. Pero, entonces, me dirige una leve sonrisa y me tiende la mano.

—Supongo que tienes razón. ¿Tregua?

Aliviado, sonrío yo también y le tomo la mano.

—Tregua.

Es la segunda vez que nuestras manos se tocan, pero la primera que el contacto dura más de una fracción de segundo.

Para mi sorpresa, la suya es más suave de lo que esperaba, y por alguna razón, no puedo evitar preguntarme cómo sería tener esas manos acariciando mi cuerpo.

Incapaz de contenerme, me fijo en el suyo.

He estado tratando de ignorarlo durante todo el rato en la piscina, pero ahora no puedo evitarlo.

Como por voluntad propia, mis ojos se dirigen hacia su pecho ancho y desnudo bajo el sol, el vello lleno de gotitas de agua atrapadas, la línea de pelo más denso que desciende desde su ombligo hasta ocultarse bajo su bañador y el bulto que se adivina más abajo, y entonces un estallido de calor se enciende en mis mejillas y baja directamente hasta mi polla.

Le suelto la mano de golpe y me agacho hacia la hamaca para ocultar la reacción de mi cuerpo ante lo que estoy viendo.

—Venga, ayúdame a llevarla.

Juntos, cargamos con la hamaca hasta el otro lado. Sin embargo, Marcos va por delante de mí, lo que significa que puedo ver el movimiento de su culo al caminar y el tejido de su bañador tensándose contra sus nalgas, y eso no hace más que incrementar la intensidad de las reacciones de mi cuerpo.

Cuando llegamos junto a nuestra familia, tengo que tumbarme boca abajo en la hamaca durante un rato hasta que se me pasa.