El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 21.
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Me despierto sobresaltado, con mi madre zarandeándome ligeramente.

Abro los ojos y miro a mi alrededor, un tanto confuso, hasta que me doy cuenta de que me he quedado dormido.

Miro por la ventana y veo que el autobús está aparcando.

Hago una mueca; se me ha quedado la espalda agarrotada por la mala postura.

—¿Ya estamos? —pregunto después de un largo bostezo, y ella asiente con la cabeza.

—¿Estás cansado, cariño?

—Bastante.

—Nosotros estamos comiendo temprano porque los horarios de las comidas son como los de los guiris, y de todos modos para nosotros es una hora más tarde. Abren el restaurante a la una y ya son menos cuarto, así que si quieres, podemos irnos ya a comer y después te echas una siesta.

—Me parece perfecto.

Salimos del autobús y nos dirigimos hacia el hotel.

Sé que objetivamente es muy bonito, decorado con tonos blancos y azules, pero entre el sueño y mi mal humor todavía persistente, tampoco es que lo aprecie demasiado.

La recepcionista nos pide el DNI a Marcos, Natalia y a mí, así que se los entregamos para que pueda comprobar nuestros datos.

Unos segundos después, nos los devuelve y deja tres tarjetas sobre el mostrador.

—Esta es la tuya, la 209 —le indica a Natalia, y ella coge su tarjeta. A continuación, mira a Marcos y después a mí, y en ese instante me temo lo peor—. Y estas son para ustedes. La 208.

Pestañeo un par de veces, confuso, mientras trato de comprender sus palabras. Dos tarjetas. Para una sola habitación.

Una habitación para los dos.

Miro a Marcos de reojo y me doy cuenta de que parece tan desconcertado como yo. Ninguno de los dos cogemos las tarjetas, y ahora la que parece confusa es la recepcionista.

—Muchas gracias —dice Antonio después de unos cuantos segundos incómodos, y coge las tarjetas en nuestro lugar.

—A ustedes. Que disfruten de la estancia.

—¿Dónde está la otra habitación? —pregunta Marcos.

—¿Qué otra habitación? —responde su padre.

—Pues eso. Falta una.

—No falta ninguna. Fran y tú vais a dormir en la 208.

—Ni de coña —respondemos los dos al mismo tiempo.

—¿Os creéis que somos ricos para que cada uno tenga su habitación o qué? —dice su padre, que parece estar empezando a enfadarse.

La cara de la recepcionista es un cuadro.

—¿Hay algún problema con la reserva? Porque el hotel está completo, y…

—No, no —le asegura mi madre—. Está todo bien.

—No pienso dormir con Fran —insiste Marcos.

—Pues es lo que toca —dice su padre, tajante.

—Puedo dormir con Natalia —se ofrece él, con la desesperación patente en su voz. En cualquier otra situación, tal vez me habría sentido insultado, pero yo siento exactamente lo mismo. No puedo ofenderme cuando yo tampoco quiero dormir con él.

—Tú flipas —dice ella, que todavía parece molesta por lo de antes. Supongo que no puedo culparla, la verdad.

—Natalia tiene una habitación individual porque es una chica —replica Antonio, y sí, ya no me cabe ninguna duda de que está enfadado. Creo que es la primera vez que lo veo así—. Y, como vosotros dos sois chicos, os toca compartir la doble. A lo mejor así aprendéis a comportaros como hermanos.

—¡Que no somos hermanos! —gritamos Marcos y yo a la vez.

—No quiero más discusiones —dice mi madre, y de algún modo logra sonar enfadada y al mismo tiempo dolida—. No nos pongáis esto más difícil, por favor. Este viaje es para pasarlo bien todos juntos, no para discutir.

Se le rompe la voz en la última palabra, y no me cuesta imaginar por qué.

Después de todo, cuando vivíamos con mi padre las discusiones eran algo constante, aunque entonces yo era demasiado pequeño para darme cuenta del todo y tardé unos años en asimilarlo.

Sé que mi madre está muy emocionada ahora que hemos ampliado la familia, y que le hacía mucha ilusión este viaje, así que no quiero ser yo quien se lo amargue.

Aunque eso signifique tener que dormir en la misma habitación que el putísimo Marcos.

En cuanto a él, no sé qué le estará pasando por la cabeza exactamente, pero tampoco protesta más.

Nuestros padres intercambian una mirada, y entonces echan a caminar hacia el ascensor.

Los seguimos y permanecemos en silencio mientras subimos hasta el segundo piso.

Comodísimo todo, oye. Le echo un vistazo al móvil y veo que todavía no es ni la una del mediodía.

Suelto un suspiro. La Tierra tiene que haberse metido en un agujero negro que ha dilatado el tiempo o algo así, porque de otra forma no me lo explico.

—Esta es nuestra habitación —dice Antonio con la voz seca cuando salimos al pasillo, señalando la 207—. Si necesitáis algo, ya sabéis dónde estamos.

—Dejad vuestras cosas en las habitaciones, y si queréis, podéis cambiaros de ropa o asearos un poco después del viaje —añade mi madre—. Nos vemos aquí mismo dentro de cinco minutos para bajar a comer, ¿vale?

—Vale.

Natalia es la única que responde mientras se dirige hacia su habitación, justo al lado de la de nuestros padres.

—Portaos bien, anda —añade Antonio con una sonrisa tensa mientras le tiende una tarjeta a su hijo, que la toma a regañadientes, y después me da la otra a mí.

Marcos ni siquiera me mira mientras se dirige hacia la habitación, enfrente de la de nuestros padres.

Acerca la tarjeta al pomo de la puerta, que se ilumina con un piloto verde al desbloquearse.

A continuación, entra e introduce la tarjeta en la ranura para encender las luces, pero de repente se detiene en seco y estoy a punto de chocarme con él.

Sigo la dirección de su mirada y no tardo en ver la causa de su malestar.

Un malestar que también me invade a mí por completo.

Lo que está mirando es la cama.

La única cama.

Vale, sí: es una cama de matrimonio, mucho más grande que la mía, y en ella hasta podrían dormir tres personas.

Pero sigue siendo una sola cama.

Y la voy a tener que compartir con Marcos.

—Estás de puta coña —murmuro.

Él me mira con una expresión de incredulidad que debe de ser idéntica a la mía.

—¿Vamos a quejarnos?

Me encojo de hombros.

—¿Tú crees que servirá de algo?

—No —responde—. ¿Y tú?

—No. —Hago una mueca, y entonces añado—: Además, la recepcionista ha dicho que el hotel está completo.

—Joder.

—Joder —repito.

Suelto un suspiro y me siento en el borde de la cama. Mis ojos recorren el resto de la enorme habitación, mucho más grande que las que tenemos en casa. Si al menos hubiera dos camas individuales, podríamos moverlas a extremos opuestos y casi no tendríamos ni que vernos.

Pero, tal como están las cosas, más nos vale hacernos a la idea: no solo voy a tener que compartir habitación con Marcos, sino que vamos a tener que dormir juntos. En la misma cama. Oyéndolo roncar.

¿Acaso puede haber una forma peor de pasar las vacaciones?