El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 20.
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Después de casi tres horas que se me hacen imposiblemente largas en el incómodo asiento del avión, aterrizamos por fin en el aeropuerto de Gran Canaria.

Desactivo el modo avión y la hora de mi móvil cambia de inmediato de las doce y media a las once y media.

Suelto un suspiro de resignación. ¿De verdad es necesario sumar una hora al día más interminable de mi vida?

Es una lástima que el avión no haya explotado en el aire o se hubiera caído al mar en mitad del camino, porque sin duda habría sido mejor que esto.

Siempre he odiado estos topicazos, pero la tensión entre Marcos y yo realmente se podría cortar con un cuchillo mientras salimos del avión. Natalia trata de hablar con nosotros, pero enseguida desiste al ver que no hacemos más que contestar con monosílabos.

Cuando bajamos hacia la zona de recogida de equipajes veo que están los baños enfrente, así que me dirijo hacia allí. Sé que todavía vamos a tener que esperar un rato más a que aparezcan nuestras maletas.

—Voy al baño —aviso; tampoco quiero ser un borde y marcharme sin decir nada, sobre todo ahora que estamos a punto de ver a nuestros padres.

—Yo también —dice Natalia.

—Y yo —añade Marcos.

Estupendo. Otra vez nos toca ir al baño juntos. Contengo la necesidad casi física de poner los ojos en blanco.

Por suerte, cuando entramos en el pequeño servicio veo que hay un cubículo vacío, así que voy directamente hacia allí.

Sigue siendo un baño público y sigue costándome, pero al menos me resulta mucho más fácil esta vez ahora que tengo cuatro paredes protectoras a mi alrededor.

Cuando salgo, Marcos se está lavando las manos, así que ocupo el lavamanos a su lado.

Me da la impresión de que me echa un vistazo a través del espejo, pero cuando levanto la mirada, ya está empezando a darse la vuelta para marcharse.

Esperamos fuera a que salga Natalia, sin hablar y sin mirarnos.

Después, nos dirigimos los tres hacia nuestra cinta y esperamos pacientemente a que salgan las maletas.

¿Cómo es posible que tarden siempre tanto rato?

¿Y cómo es posible que todo este día consista únicamente en esperar, esperar y esperar todavía más?

La maleta de Natalia es la primera en salir, y la de Marcos se acerca apenas un par de minutos más tarde.

Sin embargo, la mía no aparece. Transcurren los minutos y el grupo congregado alrededor de la cinta cada vez es menos numeroso, pero nada, no hay rastro de ella.

Al menos, mis nuevos hermanastros tienen la deferencia de esperarme, aunque está siendo todo tan tenso que no sé si preferiría que no lo hicieran.

Estoy empezando a pensar que me han perdido la maleta, lo cual no sería más que la guinda en el pastel de una mañana de mierda, pero al fin, varios minutos más tarde, aparece de una vez.

Nuestros padres nos están esperando fuera cuando salimos.

Después de estas últimas horas, me siento tan aliviado al ver a mi madre que casi se me escapa una lágrima traicionera cuando me abraza.

No tanto porque la haya echado de menos estos días, que también, sino porque su abrazo alivia un poco la tensión que llevo sintiendo durante toda esta larguísima mañana que no parece tener ninguna intención de terminar.

Cuando salimos del aeropuerto, nos toca esperar un rato a que llegue el autobús, o la guagua, como lo llaman aquí.

Al parecer, nos vamos a alojar en el sur de la isla y sería muy caro ir hasta allí en taxi, sobre todo porque somos cinco y tendríamos que ir en dos.

Una vez dentro del autobús, me apresuro a sentarme junto a mi madre en dos asientos contiguos, antes de que Antonio se me adelante.

Natalia se sienta con su padre, al otro lado del pasillo.

Marcos parece titubear un instante antes de ir a sentarse detrás de ellos.

—Marcos, ¿prefieres sentarte en mi sitio? —le pregunta mi madre, sonriente—. Así puedes ir con Fran.

—No, gracias —responde él con una frialdad muy poco propia de él—. Prefiero estar solo.

Me da rabia que le hable así a mi madre, pero me molesta más todavía el hecho de saber que en realidad lo está haciendo por mi culpa.

—¿Y a este que le pasa ahora? —pregunta su padre, sorprendido por su actitud. Lo mira y después dirige la mirada hacia mí.

Ni Marcos ni yo contestamos. No estoy de humor para más interrogatorios, así que saco los auriculares para aislarme del mundo.

—Creo que se han peleado —dice Natalia—. Han estado los dos rarísimos desde que hemos subido al avión.

—Métete en tus asuntos, niñata —replica Marcos.

Oigo que Antonio le dice algo, enfadado, pero entonces toco el botón de play de mi móvil y la discusión queda reducida a un murmullo de fondo.

Escribo un par de mensajes rápidos para avisar a Alejo y a Álex de que ya he llegado, y después cierro los ojos y apoyo la cabeza contra el cristal de la ventana.

Está vibrando ligeramente, y enseguida la modorra comienza a invadirme por completo.

Antes de quedarme dormido no puedo evitar desear que el autobús se estrelle por el camino y acabe con mi sufrimiento, pero algo me dice que no voy a tener esa suerte.