19.
Al final, acaba llegando el día que he temido durante tanto tiempo: el viaje familiar.
Cinco días y medio fuera de casa, con mi madre y mi nueva familia.
No sirvió de nada pasarme varias semanas diciendo que prefería quedarme en casa, que no me apetecía viajar: mi madre estaba empeñada en que teníamos que hacer ese viaje en familia.
Y, como los billetes y el alojamiento están más que pagados, sé que no podría quedarme en casa sin arriesgarme a la bronca de mi vida y a que me quiten el móvil, la consola y el portátil.
Como no podía ser de otra manera, las cosas empiezan mal desde el principio.
Me tengo que levantar a las siete de la mañana, después de apenas unas pocas horas de sueño interrumpido por el incidente nocturno, y hay pocas cosas que me pongan de peor humor que dormir mal.
Por suerte, Marcos no se ha levantado todavía, así que puedo entrar yo primero en el cuarto de baño.
Apenas llevo un par de minutos en la ducha cuando suenan unos golpes en la puerta, y las imágenes de mi sueño aparecen de golpe en mi mente.
—¿Qué pasa?
—¿Puedo entrar a mear? —pregunta Marcos.
Después de lo del sueño, mi primer impulso es pensar en negarme. Pero vamos con un poco de prisa, así que…
—Pasa, anda.
—Gracias.
Pongo los ojos en blanco. ¿En qué momento me he acostumbrado a esta situación? Por suerte o por desgracia, las cosas no ocurren como en mi sueño. Simplemente entra, hace sus cosas y se va, y no intercambiamos palabra en ningún momento. Tal vez sea mejor así.
Cuando termino, me envuelvo con la toalla y me voy a mi habitación tiritando para que Marcos pueda entrar a ducharse si quiere.
Odio el frío, y eso me pone de peor humor todavía.
Me apresuro a vestirme con la ropa que dejé preparada por la noche y a continuación voy a la cocina para desayunar algo.
Al abrir la alacena, compruebo con fastidio que se ha acabado el café soluble que tanto necesito, y no sé usar la cafetera.
Sé que solo ha podido ser cosa de Marcos porque a su hermana no le gusta, así que me preparo a regañadientes un Cola Cao para tomármelo con las tostadas.
Natalia entra un par de minutos más tarde y me saluda sonriente, pero yo me limito a responder con un gruñido.
Jamás entenderé a esa gente que está de buen humor por la mañana, y menos con lo poco que he dormido.
Como Marcos ya se ha terminado el café mientras yo me duchaba, apenas quince minutos más tarde ya estamos los tres preparados para coger el taxi que nos han dejado pedido nuestros padres.
Me pongo los auriculares nada más entrar en el coche; no estoy de humor para hablar con nadie ni escuchar música que no me gusta por la radio.
Consigo quedarme adormilado durante el trayecto, aunque solo a medias.
Llegamos al aeropuerto poco antes de las ocho de la mañana, según lo previsto.
Una vez dentro, buscamos la información de nuestra puerta en las pantallas y nos dirigimos hacia allí para pasar los controles.
Soporto todo el proceso con una paciencia que no sé de dónde saco, porque hay pocas cosas que me fastidien más que todo el ritual interminable que supone viajar en avión.
Jamás lo he entendido; después de todo, los aviones no son más que autobuses glorificados.
¿De verdad hace falta toda esta parafernalia?
Para cuando llegamos a nuestra puerta, todavía falta más de media hora para el embarque y otra media hora más para que el avión despegue a las nueve y media, como si no tuviera bastante con todo el coñazo anterior. De verdad, es que no es necesario.
—¿Queréis venir a ver las tiendas? —propone Natalia—. Hay un montón.
—Id vosotros —me apresuro a responder, deseoso de tener un rato de calma para mí—. Yo os espero aquí.
—Mejor me quedo con Fran, pero vete tú si quieres —le dice Marcos mientras me dirijo hacia los asientos, obligándome a tratar de controlar un resoplido—. Pero no te alejes mucho y vuelve aquí en un cuarto de hora como mucho, ¿vale?
—Que sí, pesado —responde ella antes de alejarse.
Mientras tanto, yo ya he llegado a la zona de espera, así que tomo asiento y cierro los ojos.
No son ni las nueve de la mañana y el día ya se me está haciendo interminable, y todavía me esperan muchas más horas por delante.
Al menos, me queda el consuelo de que voy a tener una habitación de hotel para mí solo, con una cama cómoda y, por fin, un cuarto de baño solo para mí.
Decido darme un baño relajante antes de dormir, aprovechando que no tendré a ningún pesado con pelo de oveja dándome el coñazo para entrar.
Siento el momento en que Marcos se sienta a mi lado y abro los ojos.
—Mola viajar, ¿verdad? —me pregunta con una sonrisa.
Contengo la necesidad de poner los ojos en blanco y decirle que el único lugar donde querría estar ahora mismo es en mi cama.
En serio, ¿de dónde sacan estos dos el buen humor por las mañanas?
Debe de ser cosa de familia, lo cual demuestra una vez más que, por supuesto, no somos hermanos y jamás lo seremos.
Lo de ayer por la noche durante la cena no fue más que un espejismo, pero esta es la realidad.
—Si tú lo dices —respondo simplemente, y vuelvo a cerrar los ojos.
—A ver, los controles, las esperas y tal son un coñazo, pero el resto mola. Además, seguro que el viaje se nos pasa volando. ¿Lo pillas? ¿Volando?
No sé cómo lo hago, pero consigo poner los ojos en blanco a pesar de tenerlos cerrados. Sin embargo, a pesar de mi mal humor, mis labios tratan de curvarse en una sonrisa. Por supuesto, no se lo permito. Sigo cabreado con él, conmigo mismo y con el mundo en general.
Durante todo el trayecto en taxi y la posterior espera en el aeropuerto, he tenido tiempo para pensar mucho, y he tomado una decisión.
Marcos y yo estamos obligados a vivir juntos y nuestros padres están casados, así que en cierto modo ahora es como si fuéramos hermanos de verdad.
Y eso significa que hay cosas que no pueden seguir pasando, como, por ejemplo, mi sueño de anoche.
Y sé perfectamente que no habría tenido ningún sueño de esa índole de no ser por todo lo que ha estado sucediendo durante esta última semana.
Abro los ojos una vez más para mirarlo. Está sonriendo, supongo que por su chiste, pero sus labios se aplanan al ver mi expresión.
—¿Te pasa algo?
—Quiero hablar contigo —respondo sin andarme con rodeos.
Alza un poco las cejas, sorprendido por mis palabras.
—Eh… Vale. ¿Qué pasa?
—Mira, Marcos. Creo que hemos empezado mal.
Él parece confuso durante un instante, pero después sonríe.
—No pasa nada —responde—. Ya te has disculpado por lo del otro día, así que tú no te ralles, ¿vale? Está olvidado.
—No me refiero a eso —le aclaro—. Me refiero a todo lo demás.
—¿Todo lo demás? —Frunce el ceño, todavía más confuso que antes—. ¿El qué?
—Joder, Marcos, ¿tú qué crees? Esas confianzas que nunca hemos tenido y no tenemos por qué tener.
Tus pajas en el salón, o tus pajas por la noche sin molestarte en tratar de no hacer ruido.
Que entres para mear siempre que estoy duchándome o afeitándome o lo que sea.
Que vengas a mi habitación cuando estoy yo tranquilito con mis cosas.
Que te acabes el puto café cuando tenemos que madrugar y me muero del puto sueño.
Me siento como un auténtico hipócrita; después de todo, él también ha oído mis pajas, y yo también he entrado en el cuarto de baño mientras él se estaba duchando.
Y, por supuesto, cuando entró en mi habitación lo hizo después de llamar y que yo le diera permiso.
Pero al menos no me echa nada de aquello en cara. En vez de eso, parece dolido.
—Había más en la despensa —dice con un hilo de voz.
—¿Qué?
—Había más café en la despensa —explica—. Lo miré antes de gastarlo, pero entonces oí que salías del baño y se me olvidó guardar el bote nuevo antes de irme a la ducha. Lo siento.
Enrojezco hasta la raíz del pelo; no se me había ocurrido mirar en la despensa. Sin embargo, no pienso dejarme suavizar.
—Lo del café es lo de menos, Marcos. ¿Qué pasa con todo lo demás? También te he dicho más cosas.
Tarda unos instantes en responder.
—Pensaba que… —Sus mejillas se sonrojan ligeramente—. A ver, lo del salón estuvo mal, es verdad. Y te prometo que voy a tratar de no hacer ruido con… lo otro. Pero, con lo demás… No sé, se supone que ahora somos hermanos, ¿no? No me parecen cosas tan raras entre hermanos.
Trato de contener un grito de pura exasperación.
—Pero vamos a ver, Marcos, que no somos hermanos. Joder, si ni siquiera somos amigos. Y nunca lo seremos, ni una cosa ni la otra. Métetelo en la cabeza de una puta vez.
Vale, a lo mejor me he pasado un poco. Lo miro de reojo, y me doy cuenta de que parece herido por mis palabras, más de lo que esperaba y más de lo que pretendía.
Me siento mal de inmediato y me planteo retirar lo que he dicho, pero no lo hago.
Tengo que ser firme, y sé que esto es lo mejor para todos.
—Tranquilo —dice al fin—. Ya no te voy a molestar más, ni cuando estés en la ducha ni en ningún sitio. Y no te preocupes, que cuando volvamos a casa moveré mi cama al otro lado de la habitación para que no tengas que oír absolutamente nada.
Sin decir nada más, se saca los AirPods del bolsillo, se los pone y mira hacia otro lado.
Me doy cuenta de que ni siquiera ha tocado el móvil para poner música, lo que significa que tan solo quiere que la cancelación de ruido bloquee cualquier otra cosa que le pueda decir.
Vale. Mensaje recibido. Y todavía vamos a tener que pasar dos horas y media encerrados en un avión…
Saco mis auriculares, mucho más baratos que los suyos, suelto un suspiro y me pongo a escuchar el último disco de Taylor Swift con los ojos cerrados.
La situación no podría ser más incómoda, y sé que eso es lo único que podría sacarme del mal humor que llevo encima.
O hundirme en el pozo más profundo de la mierda. Con Taylor Swift, nunca se sabe.
Natalia llega diez minutos más tarde. Oigo que dice algo, pero finjo que no puedo escucharla por encima de la música y continúo con los ojos cerrados, sin ganas de hablar con nadie. Poco después, la gente se levanta y comienza a hacer cola para embarcar, así que nosotros los imitamos.
—¿Dónde os queréis sentar? —pregunta Natalia cuando nos acercamos a nuestra fila—. En el coche siempre me gusta mirar por la ventanilla, pero aquí me da un poco de miedo.
—¿Quieres sentarte tú junto a la ventanilla? —le pregunto a Marcos con amabilidad, un tanto cohibido después de nuestra conversación; está claro que le he hecho daño.
—No, gracias —responde él, sin mirarme y con la misma voz fría de antes—. Yo me sentaré en el lado del pasillo, y que Natalia se siente en medio.
Me encojo de hombros y me dirijo hacia el asiento de la ventanilla.
No me cuesta imaginar por qué Marcos ha escogido el pasillo: de ese modo, no tendrá que pasar por delante de mí si tiene que ir al baño y podrá dedicar todo el vuelo a ignorarme.
Cosa que, por otro lado, es más o menos lo que yo mismo le he pedido que hagamos.
Aun así, tampoco me gusta que todo esté tan tenso entre nosotros, sobre todo porque Natalia esta en medio, tanto física como figuradamente, y es evidente por su expresión que se ha dado cuenta de que aquí pasa algo raro.
Me da la sensación de que va a ser un vuelo muy largo. Y, sobre todo, de que va a ser un viaje demasiado largo.
Ojalá hubiera podido quedarme en la cama.