18.
Apenas acabo de empezar a ducharme cuando suenan unos golpes en la puerta.
—¿Sí? —contesto.
—Me estoy meando. —Por supuesto, es Marcos—. ¿Puedo pasar?
Abro mucho los ojos. ¿Otra vez? ¿Y encima ahora, después de haberle visto dándose cariño a sí mismo en el salón ayer mismo?
—Eh… Me estoy duchando.
—¿Y qué? Ya sabes que mí no me importa. ¿Puedo?
—Bueno, vale.
—Gracias —responde mientras abre la puerta.
Entra en el cuarto de baño y, sin perder un segundo, se dirige directamente hacia el retrete.
Trato de concentrarme en lo que hago, pero mi oído capta a la perfección todo lo que está haciendo Marcos.
El sonido de la tapa al levantarla y chocar contra la cisterna, la goma de sus bóxers al bajárselos ligeramente, porque, por supuesto, no lleva pantalones.
Y entonces comienza a sonar el chorro cayendo sobre el agua sin un segundo de pausa, firme y potente.
Su sombra se proyecta sobre la cortina, y esta vez puedo ver con claridad la silueta de su polla.
Soy plenamente consciente de la realidad: Marcos está ahí al lado meando, con la polla fuera, y después de lo de ayer, no puedo soportar la curiosidad de verla más de cerca, aunque no esté en todo su esplendor.
No tendría más que asomarme por la cortina de la ducha para poder vérsela bien. Vérsela de verdad, no solo la silueta.
Y eso es justo lo que voy a hacer.
Con cuidado, acerco la cabeza al espacio entre la pared y la cortina de la ducha, y la aparto lentamente para mirar.
Para cuando lo hago, él ya ha terminado de mear, así que tengo que darme prisa.
Dejo un espacio de apenas un par de centímetros y acerco el ojo para poder echar un vistazo. Y, entonces…
Ahí está Marcos, mirándome con una sonrisa en los labios.
—¿Qué haces?
—Eh… Nada —respondo, con las mejillas ardiendo—. Es que no sabía si habías terminado ya. Pensaba que te habías ido.
—Ya —dice simplemente. Por supuesto, tiene que saber que podía ver su sombra proyectada sobre la cortina.
Y entonces, sin previo aviso, abre la cortina del todo. Yo suelto un grito y bajo ambas manos para taparme, aunque tampoco es que sirva de mucho. Estoy ahí desnudo, completamente desprotegido, y Marcos no deja de mirarme con una amplia sonrisa.
—¿Qué haces? —pregunto yo ahora, al borde del pánico.
—Es que me tengo que duchar —me explica como si tal cosa—. No te importa, ¿verdad?
Sin esperar respuesta, se desviste por completo y entra conmigo en la ducha. Yo me quedo paralizado, sin saber muy bien qué hacer, pero él cierra la cortina como si todo esto fuera lo más natural del mundo.
—Mira, es como en el insti, ¿te acuerdas? —dice sin dejar de sonreír—. Todos juntos duchándonos de buen rollo después de Educación Física. ¿Me pasas el gel?
Sigo aturdido e incapaz de contestar, pero cojo el bote de gel y se lo tiendo. Él se vierte una generosa cantidad en la mano y, cuando creo que se va a enjabonar, comienza a pasármelo a mí por el cuerpo. Eso es lo que me hace reaccionar al fin.
—¿Qué coño haces, Marcos? —repito mientras me extiende el gel por el pecho.
Él se detiene un instante y me mira alzando una ceja.
—¿No lo ves? Te estoy enjabonando.
—Sí, ya sé que me estás enjabonando. ¿Pero a qué cojones viene todo esto?
—Ahora somos hermanos, ¿no? Se supone que tendría que haber confianza entre nosotros, y ya que a ti te cuesta tanto romper el hielo…
La situación es tan delirante que soy incapaz de comprender nada.
Y, sin embargo, no me resulta violento ni desagradable, como tal vez cabría esperar dada la relación previa entre nosotros.
Más bien al contrario: tener aquí a Marcos enjabonándome con cuidado parece lo más natural del mundo, como si lo hubiéramos hecho cientos de veces.
Incluso cuando me coge la polla y los huevos entre las manos, me retira la piel y comienza a enjabonarme con lentitud, es como si estuviera acostumbrado a hacerlo.
El problema es que eso hace que mi cuerpo comience a reaccionar de inmediato entre sus manos.
—¿Te das la vuelta? —me pregunta entonces, sin hacer mención alguna a mi contundente erección.
Soy incapaz de hablar, así que me limito a asentir con la cabeza y hago lo que me pide, confuso. ¿En qué momento hemos llegado a esta situación? ¿De verdad está pasando todo esto?
Sin decir nada, Marcos comienza a enjabonarme los hombros, haciéndome un ligero masaje que me viene de maravilla para aliviar la tensión que ha invadido mi cuerpo desde que abrió la cortina.
Continúa enjabonando mi espalda, y después va bajando poco a poco hasta llegar a mis nalgas.
Es como si conociera el camino a la perfección, como si estuviera tan familiarizado con mi cuerpo como yo mismo.
Un escalofrío recorre mi cuerpo mientras su dedo se dirige lentamente hacia el orificio y, con la ayuda del gel, se introduce poco a poco en mi interior.
—Marcos… —digo con la respiración jadeante—. ¿Qué haces?
—Tú cállate y disfruta, anda.
Por alguna razón, obedezco y me quedo en silencio, a excepción de los gemidos que me arrancan sus movimientos.
El dedo de Marcos sigue avanzando, internándose poco a poco hasta que noto los nudillos contra mis nalgas.
Entonces comienza a sacarlo, pero enseguida vuelvo a notar esa agradable sensación dentro de mí.
Por la presión, me doy cuenta de que esta vez tienen que ser dos dedos.
En lugar de sacarlo de inmediato como ha hecho antes, comienza a realizar movimientos suaves desde dentro hacia fuera, presionando en los lugares exactos y dilatándome cada vez más.
—¿Te gusta? —susurra contra mi oído, casi rozándome con los labios, y me provoca un agradable cosquilleo que me hace estremecer.
—Sí —acierto a responder, con la voz jadeante.
—¿Pruebo con otro?
Asiento con la cabeza, incapaz de articular palabra, y él comienza a sacar los dedos.
A continuación vuelve a introducirlo, y esta vez la presión es ligeramente mayor, pero no me resulta dolorosa.
Con la otra mano me tapa la boca, consciente de lo que está a punto de pasar.
Entonces, sus tres dedos comienzan a abrirse camino en mi interior, entrando y saliendo con rapidez, y su mano es lo único que puede amortiguar un poco mis gemidos de placer.
—Marcos… gimoteo contra su palma, una y otra vez.
Entonces saca los dedos, arrancándome un gruñido de frustración.
Se pega a mí y me abraza desde atrás, respirando contra mi cuello mientras sus manos recorren mi pecho.
Finalmente, encuentran mis pezones y comienzan a jugar con ellos, arrancándome una nueva serie de gemidos ahogados.
Noto su polla dura contra las nalgas y, en este momento, lo único que quiero es sentirla dentro de mí.
—Sé que lo estás deseando, Fran —susurra, como si me estuviera leyendo la mente—. Quiero que me lo pidas.
Nunca me había considerado una persona sumisa, pero por alguna razón, Marcos es capaz de ejercer ese poder sobre mí. Y, si quiere que se lo pida, eso es justo lo que voy a hacer.
—Fóllame —digo con voz suplicante—. Por favor, Marcos… fóllame.
No se hace esperar. Sus manos abandonan mis pezones para dirigirse hacia mis nalgas, que separa con la destreza evidente de quien lo ha hecho ya mil veces.
Entonces siento su glande contra mi orificio y, con una presión agradable, comienza a entrar dentro de mí.
Cuando ya está en posición, me tapa la boca con una mano y continúa penetrándome con lentitud, arrancándome una nueva tanda de gemidos ahogados que ya ni siquiera me molesto en tratar de contener.
Me apoyo contra las paredes de la ducha y separo un poco las piernas para facilitarle el movimiento.
Siento las caderas de Marcos golpeando las mías con fuerza, sus huevos chocando contra mis nalgas.
Bajo la mano hasta mi polla, dura y palpitante, y me doy cuenta de que no voy a ser capaz de aguantar mucho más.
—Marcos… me corro —susurro apenas un par de minutos después.
—Venga —me susurra al oído, y me da un pequeño mordisco en el lóbulo que me eriza la piel—. Córrete para mí.
Y eso es lo que hago. Aumento la velocidad de mi mano y, con un prolongado gemido, mi polla dispara un potente chorro de semen que empapa por completo mis calzoncillos.
Espera.
¿Qué?
Pestañeo un par de veces, confuso. ¿Cómo que los calzoncillos?
Y entonces despierto.
El corazón me late a mil por hora. Las imágenes del sueño siguen claras y vibrantes en mi mente, como si todo hubiera sucedido de verdad.
Pero me siento pegajoso, y cuando me llevo la mano a la entrepierna, me doy cuenta de que esa última parte del sueño ha sido muy real.
Tengo la ropa interior empapada, y también he mojado parte de las sábanas.
Mierda.
Cojo los pañuelos que guardo en la mesilla de noche y me limpio como puedo, aunque tampoco es que sirva de mucho.
Después, me pongo en pie, me bajo los calzoncillos húmedos y quito la sábana de la cama.
Me limpio con ella y después hago una bola con todo y la dejo en una esquina de la habitación para llevarla a lavar después.
Inspecciono la cama con la linterna del móvil, pero al menos no he manchado nada más.
Con un suspiro, voy hacia el armario para sacar ropa interior limpia del cajón.
Me la pongo y cojo también una sábana, que dejo de mala manera sobre el colchón.
No estoy de humor para colocarla bien, la verdad.
Cuando vuelvo a meterme en la cama, miro el móvil y compruebo que son casi las casi las cuatro de la mañana. Al menos, todavía voy a poder dormir un par de horas más. Me abrazo a la almohada y cierro los ojos, tratando de asimilar lo surrealista de la situación.
Me he corrido en sueños.
No, en realidad, es todavía peor: me he corrido soñando con Marcos. El putísimo Marcos.
De verdad, ¿qué cojones está pasando aquí?