17.
Cuando llega Marcos, se sienta en el sofá con el cuenco de las palomitas sobre el regazo, justo en medio de los dos, y Natalia pone la película.
Enseguida me doy cuenta de algo: como es Marcos quien tiene las palomitas, eso significa tener que acercarme más a él y, tal como me imaginaba, nuestras piernas entran en contacto.
Pero eso no es lo único. De vez en cuando, nuestras manos también se tocan cuando los dos vamos a coger palomitas al mismo tiempo.
Y, por alguna razón, cada uno de esos roces hace que vuelva a mi mente la imagen que vi en este mismo salón hace unas horas, al llegar a casa.
Por suerte o por desgracia, somos tres personas para un único paquete de palomitas, de modo que no tardan en acabarse y, con ellas, los roces entre nuestras manos.
El timbre suena apenas cinco minutos más tarde.
Me siento un poco tenso después de estos minutos de cercanía junto a él, así que me levanto yo a recoger las pizzas para aliviar un poco la tensión que invade mi cuerpo desde que me he sentado.
Cuando regreso, me doy cuenta de que Marcos se ha movido y ahora está un poco más a la derecha que antes, lo que me deja con menos espacio y hace que sea casi imposible que nuestras piernas no sigan rozándose. Haciendo como que no me doy cuenta, dejo las pizzas en la mesa y me siento junto a él.
Apenas hablamos durante el resto de la película, a excepción de algún comentario aislado o alguna broma aquí y allá.
Sin embargo, mientras comemos y vemos la película en silencio me doy cuenta de algo sorprendente: me siento extrañamente cómodo con ellos.
Supongo que en el fondo no es tan raro; después de todo, ya hace más de un año que nuestros padres nos presentaron, y desde entonces hemos comido juntos al menos una vez al mes.
Pero esta es la primera vez que cenamos los tres solos, sin nuestros padres de por medio, y por un momento se me pasa por la cabeza la idea de que tal vez pueda acostumbrarme a que sean mis hermanos después de todo.
Pero, un segundo más tarde, el recuerdo de Marcos pajeándose en este mismo sofá vuelve a aparecer en mi mente.
Mi pijama no es demasiado grueso y ahora no es precisamente el mejor momento para empalmarme, así que me esfuerzo por concentrarme en la película y expulsar esa imagen de mi cabeza.
Aun así, cada poco tiempo oigo algún sonido proveniente de Marcos, algún suspiro o una tos, y el recuerdo vuelve a hacer acto de presencia.
Estamos los dos muy juntos en el sofá, y a veces me roza el brazo o la pierna al moverse y el contacto me provoca un cosquilleo agradable por todo el cuerpo que explota justo en mi polla.
¿Qué cojones está pasando aquí?
A decir verdad, apenas me entero de la mitad de la película; menos mal que ya la había visto.
Lo único que tengo claro es que esta noche va a caer una buena paja, y sí, tengo que admitirlo: voy a hacerlo pensando en él, en lo que he visto hoy al llegar a casa.
Tal vez en cualquier otra situación jamás me habría permitido llegar hasta este punto, pero por alguna razón, últimamente mis hormonas parecen entrar en ebullición cada vez que él está cerca.
—Bueno —dice Marcos cuando termina la escena postcréditos, poniéndose en pie—. Yo me voy a dormir ya, ¿vale? Estoy reventado, y mañana tenemos un día muy largo.
—Vale —respondo—. Buenas noches.
—Buenas noches —añade Natalia.
—Buenas noches.
Marcos se marcha y nos quedamos ella y yo solos, tal vez por primera vez desde que nos conocemos.
—Bueno —digo—. ¿Recogemos esto?
Ella asiente con la cabeza y se pone en pie. Entre los dos, recogemos las cajas de las pizzas, la botella vacía y los vasos para llevarlo todo a la cocina.
—Hasta mañana, Fran —me dice antes de marcharse, con una sonrisa en los labios.
—Hasta mañana.
Me acerco al fregadero y me sirvo un vaso de agua que me bebo de un largo trago.
La pizza siempre me da una sed tremenda, y eso que me he hinchado a Coca-Cola.
Tras servirme y beberme un segundo vaso, miro el reloj del microondas y suelto un suspiro.
Ya son más de las doce de la noche y debería ir acostándome ya; como ha dicho Marcos, mañana va a ser un día muy largo.
Sin embargo, la perspectiva de tener que pasarlo con él y con Natalia ya no me parece tan mala como hace tan solo unas horas.
Voy al cuarto de baño tratando de no hacer ruido, me lavo los dientes y después me meto en mi habitación.
Como no me esperaba lo de la cena, antes dejé la maleta en mitad del suelo y la cama llena de ropa descartada, así que aparto la maleta a un lado y dejo toda la ropa sobre la silla de mi escritorio.
Después, pongo el móvil a cargar sobre la mesita de noche y me meto en la cama.
Como no podía ser de otra manera, la imagen de Marcos en el salón aparece en mi mente de inmediato, y la reacción de mi cuerpo tampoco se hace esperar. Cuando me quiero dar cuenta, ya tengo la polla dura y tratando de reclamar mi atención.
Hace ya dos días que no me hago mi habitual paja de antes de dormir, esa que siempre me ayuda a relajarme sin importar las circunstancias.
Durante estos días han caído unas cuantas en mitad de las largas sesiones de estudio, cuando más agobiado y saturado estaba, para liberar tensiones, quitarme la presión de encima y desestresarme un poco.
Y, después, la de la noche no podía faltar.
Pero ayer, tras el agotamiento de estos días sumado al alivio de haber hecho ya el examen y que todo hubiera salido mucho mejor de lo que esperaba, y también de haberme reconciliado con Marcos y Natalia, me quedé dormido nada más meterme en la cama.
Hoy, en cambio, la imagen de Marcos en el sofá y mi polla palpitante no dejan de pedirme un poco de atención por mucho que trate de ignorarlas.
El problema es que ya estoy oyendo los ronquidos suaves de Marcos al otro lado de la pared.
Los dos primeros días viviendo aquí los dos nos masturbamos a la vez, y durante los días siguientes he seguido aprovechando cuando lo oía haciéndolo en su habitación, aunque no hemos vuelto a hablar del tema.
Pero ahora reina el silencio en la casa y tengo comprobado que la pared es muy fina, así que es posible que lo despierte ahora que ya está dormido en la habitación de al lado.
Por muy cuidadoso que intente ser, el movimiento del colchón es más difícil de disimular, y todavía no lo conozco lo suficiente como para saber si tiene el sueño ligero.
Y, después de haberle jodido una paja esta mañana, no quiero despertarle ahora haciéndome yo una.
Me planteo la posibilidad de ir al cuarto de baño, pero la descarto enseguida: no hay nada más incómodo que una paja en el baño y no lo hago desde los catorce o quince años, cuando tenía las hormonas en ebullición y no era capaz de esperarme a que llegara la tranquilidad de la noche.
Ahora, acostumbrado a la comodidad de mi cama, prefiero quedarme con las ganas antes que tener que hacerlo allí.
Y eso es lo que hago. Me abrazo a mi almohada y, por mucho que la imagen de Marcos en el sofá no deje de aparecer en mi mente, me esfuerzo por ignorarla.
Para distraer mi atención, trato de pensar en otros momentos de la cena, no tanto en su pierna contra la mía y más en cuando nuestras manos se rozaban al coger las palomitas, cuando soltábamos algún comentario gracioso y nos mirábamos entre risas, como si hubiera entre nosotros una complicidad que jamás me habría imaginado que pudiera llegar a existir.
Algo más calmado, me dejo llevar por esos recuerdos mientras escucho el sonido suave de sus ronquidos, como un arrullo que poco a poco me va sumiendo en la tranquilidad del sueño.