15.
El jueves estoy de buen humor desde que me levanto por la mañana.
Ya me he quitado el examen de encima, así que ahora voy a poder descansar.
Y, por si fuera poco, los jueves salgo una hora antes de clase, lo que significa que puedo volver antes a casa.
Me viene bien, porque con el agobio del examen ni siquiera he empezado a preparar la maleta, y nos vamos mañana.
Cuando hablé con mi madre después del examen, volví a decirle que preferiría quedarme solo en casa, pero se negó en rotundo porque ya está todo pagado desde hace semanas.
También me estuve planteado brevemente la idea de no ir de todos modos, de quedarme en casa mientras Marcos y Natalia se van al aeropuerto, pero la descarté al momento.
Sé que, si lo hiciera, las consecuencias podrían ser nefastas.
Y, después del abrazo de ayer… No sé, a lo mejor la cosa no va tan mal después de todo, ¿no?
Cuando abro la puerta de casa, me doy cuenta de que no está cerrada con llave, lo que significa que Marcos debe de haber llegado ya.
Como es la primera semana que vivimos juntos y prácticamente no hemos hablado, no sé cuándo suele llegar, pero siempre está en casa antes que yo.
Parece que hoy no es una excepción, aunque yo haya llegado una hora antes.
Durante esta semana no he estado saludando al llegar a casa, y hoy tampoco lo hago.
Cuando cierro la puerta me doy cuenta de que se oyen sonidos desde el salón, como voces amortiguadas, así que supongo que Marcos estará allí viendo la tele.
Después de lo de ayer supongo que lo más lógico será ir a saludar, así que me dirijo hacia allí.
Respiro hondo, entro por la puerta… y me quedo de piedra.
Lo primero que veo es la ropa de Marcos, que está tirada por el suelo de cualquier manera.
Y después lo veo a él, completamente desnudo, tirado en el sofá y con la polla en la mano.
En la otra mano tiene el móvil, y está tan concentrado en la pantalla y en lo que está haciendo que ni siquiera me ha visto.
Pero yo puedo verlo todo, absolutamente todo.
Aunque su mano cubre en gran parte lo más interesante.
El puñado de pañuelos que tiene al lado es la guinda perfecta para un pastel que no podría ser más surrealista.
—Me cago en Dios y en mi puta madre —digo en voz alta.
Entonces es cuando se percata al fin de mi presencia y abre mucho los ojos, sobresaltado.
—¡Joder!
El móvil se le cae al suelo, pero él lo ignora.
Está mirando a su alrededor con pánico, en busca de algo con lo que taparse.
Como no encuentra nada que esté lo bastante cerca, recurre a ocultarse la polla detrás de las manos.
En los cinco segundos que tarda en hacerlo, soy incapaz de apartar la mirada, como hipnotizado por lo que estoy viendo entre sus piernas.
—No te molestes, que ya te lo he visto todo. —Pongo los ojos en blanco, tratando de aparentar una indiferencia que estoy muy lejos de sentir—. ¿Qué cojones estás haciendo?
—Joder, ¿a ti qué te parece?
No puedo evitar resoplar.
—A ver, obviamente sé lo que estás haciendo… supongo que no has sido capaz de esperar hasta la noche para machacártela. —Contengo las ganas de poner los ojos en blanco otra vez—. Pero, ¿qué coño haces aquí? ¿Por qué estás en el sofá? ¿Desnudo?
Él me mira fijamente durante unos instantes; parece confuso.
—No entiendo la pregunta.
La necesidad de poner los ojos en blanco una vez más casi me provoca un dolor físico en esta ocasión.
—Estás en el salón de casa —digo con lentitud, como si estuviera explicándole algo complicado a un niño pequeño—. En el sofá. El mismo sofá donde todos nos sentamos, por si no te habías dado cuenta. ¿En serio tenías que hacerte una paja justo aquí?
—¿Qué pasa, es que tú nunca lo has hecho o qué?
Su pregunta me deja descolocado porque, por supuesto, sí que lo he hecho.
No en esta casa, eso desde luego, y tampoco se trata de algo que hiciera con frecuencia.
Pero en mi antigua casa me quedaba muchas tardes solo, y a veces me entraban las ganas cuando estaba en el salón y no me molestaba en ir a mi habitación.
Aunque al menos yo tenía la decencia de no desnudarme del todo, claro.
—Joder, que estás en bolas y todo —señalo.
—A ver, tío, que no es para tanto —se defiende—. Estaba aquí viendo la tele y me entró el calentón, nada más. Ni que hubiera matado a alguien.
—Yo solo digo que en este sofá nos sentamos todos. Te recuerdo que mi madre se sienta aquí, y también tu hermana. Como mínimo, tendrías que haberte dejado la ropa puesta.
Me está mirando con el ceño fruncido, aunque no puedo tomarme su cabreo en serio cuando todavía sigue tapándose la polla con las manos.
Por un momento pienso que va a tratar de defenderse otra vez, pero entonces asiente con la cabeza y baja la mirada, claramente avergonzado.
La situación es tan absurda que me entran ganas de reír, pero consigo aguantarlas.
—Tienes razón —dice en voz baja—. Lo siento.
Mentiría si dijera que no me gusta esto de ejercer cierto poder sobre él, pero tampoco quiero seguir machacándolo más. Después de todo, ya tiene cosas que machacarse él solo.
—Bueno, pues me voy a mi cuarto. Pásalo bien, anda. —Lanzo una mirada a los pañuelos y añado—: Y no manches nada.
—Tranquilo —responde, claramente avergonzado—. Mejor me voy y ya termino en mi habitación, no te preocupes.
Vale que no lo esté haciendo en el mejor lugar posible, pero bastante tiene con que le haya interrumpido la paja como para encima tener que recoger sus cosas, irse a su cuarto, volver a ponerse a tono y seguir, sabiendo que yo estoy justo al otro lado de la pared.
Después de todo, a nadie le gusta que le jodan las pajas, y tampoco quiero darle más razones para odiarme después de lo del otro día.
—No hace falta —respondo mientras trato de buscar una razón convincente—. Ya que estás, mejor quédate aquí, que así al menos no tendré que oírte desde mi cuarto.
No es que eso tenga demasiado sentido cuando ya nos oímos el uno al otro prácticamente todas las noches, pero bueno.
Sin esperar a que conteste, salgo para irme a mi habitación.
Abro la puerta, pero me quedo en el umbral sin llegar a entrar.
Con la cabeza asomada al pasillo, aguzo el oído y, unos instantes después, oigo los gemidos desde el móvil y la respiración entrecortada que me indican que Marcos ya ha vuelto a lo suyo. Sí que debe de estar cachondo.
Me siento acalorado al entrar en mi habitación.
Ya había visto desnudo a Marcos, más o menos, pero ahora he podido verlo en todo su esplendor.
Su cara de placer un segundo antes de que me viera, el vello oscuro de su cuerpo.
La imagen de su polla dura está clavada en mi mente, y sé que no voy a ser capaz de olvidarla fácilmente.
Me doy cuenta de que el corazón me está latiendo con fuerza, y por alguna razón, no puedo evitar imaginarme cómo sería tener esa polla en la mano, cómo sería tenerla en la boca, cómo sería sentirla dentro de mí.
Pero entonces sacudo la cabeza con fuerza, tratando de deshacerme de esas fantasías. Marcos ni siquiera me cae bien, ¿a qué viene esto ahora?
Y, sobre todo, ¿a qué se debe esta presión molesta pero agradable que siento en los calzoncillos después de lo que he visto?