14.
Por suerte, y para mi sorpresa, el examen me sale mucho mejor de lo que pensaba.
A ver, no me voy a acercar siquiera al sobresaliente, eso por descontado, pero al menos estoy seguro de que no me voy a quedar en un cinco raspado de esos que tanto odia mi madre y a mí me llenan de alivio.
Aunque ahora me da rabia haberme amargado tanto los días anteriores sin motivo, porque ha sido mucho más fácil de lo que esperaba.
Y, como esto hay que celebrarlo, lo primero que hago al llegar a casa es calentarme en el microondas uno de los tápers de lasaña que nos ha preparado mi madre.
Después, me llevo el plato a mi habitación para comer viendo una serie; prefiero guardar las distancias con Marcos y Natalia por el momento.
Aunque quiero disculparme con ellos ahora que ya ha pasado el agobio, en realidad no sé muy bien cómo hacerlo.
Y menos después de lo que ha ocurrido esta mañana en el baño…
todavía soy incapaz de comprender esa reacción en particular que tuvo mi cuerpo ante la presencia de Marcos.
¿Será por lo que pasa todas las noches cuando estamos cada uno en nuestra habitación?
Estoy todavía comiendo cuando oigo que Marcos empieza a trastear en la cocina.
Supongo que debe de estar calentando la comida para él y Natalia, que llega apenas cinco minutos más tarde.
Escucho sus voces amortiguadas mientras comen, pero no me acerco ni salgo siquiera de mi habitación.
Supongo que ya les diré algo después, o puede que mañana, pero ahora no es el momento.
He estado tan nervioso con el examen que lo único que me apetece es desconectar por completo, así que decido pasarme toda la tarde jugando a la consola.
Ahora, ni siquiera Mr. X es capaz de asustarme.
Salvo por una visita al cuarto de baño, no salgo de mi habitación hasta que se hace de noche.
Para entonces ya me rugen las tripas otra vez, así que voy a la cocina para buscar algo de cenar.
Tras revisar entre los tápers, cada vez más escasos, me decido por uno de carne en salsa, lo saco del congelador, y lo pongo a descongelar en el microondas.
Después, saco también una bolsa de patatas congeladas y echo un buen puñado en la freidora de aire.
Como van a tardar un rato en hacerse, decido ir a darme una ducha mientras tanto.
Al darme la vuelta para marcharme, me detengo en seco. Marcos está en el umbral de la puerta, y hasta se ha acordado de vestirse.
—Ey —me saluda.
—Ey —le respondo, algo cohibido.
—¿Cómo estás?
—Eh… Bien —respondo sin entrar en detalles—. ¿Y tú?
—Bien. ¿Qué tal te ha ido el examen?
Pestañeo un par de veces, confuso.
—¿Tú cómo sabes eso?
—Me lo ha dicho mi padre… supongo que se lo habrá contado tu madre.
—Supongo.
—Me imagino que habrás estado bastante agobiado estos días —añade.
—Pues sí, la verdad —respondo. Él permanece en silencio, y me doy cuenta de que está esperando a que diga algo más. Soy consciente de que me está dando la oportunidad perfecta, así que decido aprovecharla—. Oye, Marcos. Quería decirte una cosa.
—¿Sí?
Suelto un suspiro. Estos días no me he visto con ánimos de hacerlo con todo el agobio del examen, pero hoy es el momento perfecto para hablar con él y pedirle perdón.
Después de todo, si pasado mañana vamos a montarnos en un avión juntos para hacer un viaje en familia de casi una semana, lo mejor será que no haya malos rollos entre nosotros. O, al menos, no más que de costumbre.
Me mentalizo para lo que tengo que hacer y trato de buscar las mejores palabras para expresarme.
—A ver, es que quería pedirte perdón y tal. Como tú dices, he estado bastante agobiado estos días, y encima esa tarde… —Hago una pausa. Lo último que me apetece hacer ahora mismo es sacar el tema de Raúl, la verdad. Y menos con él—. Da igual. El caso es que lo pagué con vosotros, y lo siento.
Él sigue totalmente serio durante unos instantes, pero entonces esboza una media sonrisa que me llena de alivio.
—No pasa nada. Todo el mundo puede tener un mal día. —Su sonrisa flaquea un poco antes de añadir—: Pero tienes que decirle algo a Natalia, ¿vale? Le sentó un poco mal lo que pasó.
Hago una mueca.
—¿Crees que me odia mucho?
—Qué va —responde él con una risita—. Nosotros hemos tenido peleas peores, créeme. Pero no te olvides, ¿vale? Lo está pasando un poco mal con este tema.
Como si no tuviera ya razones para sentirme como el culo…
—Es que no sé cómo sacarle el tema —admito—. Si tú no me hubieras hablado ahora…
Él vuelve a reír.
—¿Por qué te crees que lo he hecho? —me pregunta, haciéndome soltar una risita nerviosa a mí también—. Está en su habitación. ¿Vienes conmigo?
Asiento con la cabeza, confuso, y también un poco receloso mientras lo sigo.
¿Por qué se está tomando tantas molestias?
¿Será solo porque no le gusta ver mal a su hermana?
¿O es que de verdad quiere ayudarme y que estemos todos bien?
Sea cual sea la razón, me parece tan poco propia del Marcos que recuerdo que no sé si debería creérmelo del todo.
Lo observo mientras da unos golpecitos a la puerta cerrada.
—¿Qué pasa? —pregunta ella desde dentro.
—Somos Fran y yo —responde Marcos, y siento un cosquilleo al oírle pronunciar mi nombre—. ¿Podemos pasar?
Hay una brevísima pausa antes de que Natalia responda.
—Sí.
Cuando entramos, veo que está tumbada en la cama, leyendo algo. Deja el libro a un lado y se sienta en el borde, con los pies sobre el suelo, y se aparta la larga melena castaña de la cara.
—Hola —la saludo con timidez—. Solo quería pedirte perdón por lo del otro día y tal. Es que hoy tenía un examen importante, así que llevo unos días de mucho agobio. Siento haberlo pagado con vosotros.
—Perdonado —dice ella con una sonrisa.
Joder. ¿De verdad iba a ser tan fácil? Si lo llego a saber, habría tratado de hablar con ellos mucho antes.
Claro que, ahora que lo pienso, lo más probable es que la actitud de ambos se deba al hecho de que su padre ya les ha contado lo de mi agobio por el examen.
Supongo que en realidad tengo que agradecérselo a él, pero eso sí que no me veo capaz de hacerlo.
¿«Hola, Antonio, gracias por decirle a tus hijos que he sido un gilipollas con ellos porque estaba agobiado»? Ni de coña.
—¿En serio? —respondo aliviado.
—Sí —contesta ella, poniéndose en pie—. Pero con una condición.
Oh, oh. Ya sabía yo que no iba a ser todo tan fácil.
—¿Qué condición?
—Tienes que darme un abrazo.
Perdona, ¿qué? Miro a Marcos con pánico, pero su rostro permanece inexpresivo.
Recuerdo lo que me ha dicho antes: Natalia lo ha estado pasando mal estos días, y aunque apenas la conozco, la verdad es que no quiero que se sienta mal por mi culpa.
Y, si para eso tengo que darle un abrazo… En fin, supongo podría ser peor.
—Anda, ven —le digo, abriendo los brazos.
Ella se acerca a mí, sonriente, y yo la rodeo con los brazos. Un momento antes pensaba que iba a resultarme incómodo, pero me doy cuenta de que no es así. En realidad, es agradable. Casi como si fuera mi hermana de verdad. Aunque solo casi.
—¡Marcos! —dice al cabo de un segundo—. Ven tú también.
Me pongo tenso sin poder evitarlo. Entonces, Marcos se acerca y rodea a Natalia con los brazos…
, no, en realidad, nos rodea a los dos con los brazos.
Sus manos caen sobre mi espalda y sus dedos me rozan la nuca, provocándome un ligero cosquilleo.
Siento sus rizos de oveja contra la oreja.
Se me eriza todo el vello del cuerpo sin poder evitarlo, y me pregunto si se habrá dado cuenta.
Antes de que ninguno de los dos pueda percatarse de que estoy actuando de forma extraña, rompo el abrazo y me separo de ellos.
—Tengo que ir a vigilar la comida —les explico—. Tengo las patatas en la freidora y no quiero que se me quemen.
En realidad todavía les falta un rato, pero aprovecho que voy a la cocina para removerlas un poco; odio cuando algunas se queman y otras se quedan crudas.
Después, paso por mi habitación, cojo ropa interior limpia y me apresuro a meterme en el cuarto de baño para darme una ducha rápida.
Y, mientras estoy bajo el agua, aprovecho esos escasos minutos para pensar, porque no entiendo nada.
Hace menos de media hora pensaba que tanto Marcos como Natalia me odiaban, y con razón.
Ahora, sin embargo, resulta que nos hemos dado un abrazo en grupo, cosa que jamás habría creído posible.
Sin embargo, soy muy consciente de que hay una gran diferencia entre el abrazo que le he dado a Natalia y lo que he sentido cuando Marcos nos ha abrazado después a los dos.
No puedo evitar preguntarme la razón. ¿Tal vez será por esos momentos extraños de intimidad que hemos compartido desde que vivimos juntos, por las noches y en el cuarto de baño?
¿Estamos empezando a acercarnos después de todo?
¿De verdad podemos llegar a llevarnos bien, tal como quería mi madre?
¿Y por qué me ha resultado tan agradable sentir sus dedos rozando mi nuca?