El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 12.
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Los días transcurren con la incomodidad esperable.

Por suerte, ahora que el fin de semana ha terminado, no me cruzo con Marcos y Natalia tanto como me imaginaba.

Por las mañanas, él siempre es el primero en salir de casa.

Normalmente estoy todavía levantándome o como mucho en el cuarto de baño cuando oigo el sonido de la puerta de entrada cerrándose que me indica que ya se ha marchado.

Natalia, por su parte, siempre se va después que yo porque su instituto está muy cerca de la casa, y como ella tiene su propio cuarto de baño, no solemos vernos demasiado a menos que coincidamos en la cocina para desayunar. Mejor.

Ninguno de los dos me saluda en las pocas ocasiones en las que sí nos cruzamos, y la verdad es que no puedo reprochárselo.

Al fin y al cabo, yo tampoco los saludo a ellos, y además soy yo quien la ha cagado.

Lo más parecido a una interacción entre nosotros es lo que pasa por las noches, cuando oigo a Marcos tocándose en su habitación y supongo que él también me oye a mí haciéndolo, aunque no hemos vuelto a mencionar el tema.

Por supuesto, sé que debería disculparme por haberles hablado así el otro día, pero me puede el orgullo y, sinceramente, tampoco sé muy bien qué decir. Además, con los nervios del examen tampoco es que me apetezca meterme en más movidas, la verdad.

El martes por la tarde se vienen mis mejores amigos a estudiar a casa.

Álex va a clase conmigo; nos conocimos el primer día de carrera y desde entonces nos hicimos inseparables.

En cuanto a Alejo, es mi mejor amigo desde que tengo uso de razón, y hemos crecido juntos.

No tardé a presentarle a Álex, y desde entonces siempre intenta autoinvitarse cada vez que quedo con ella, por razones más que evidentes.

Y eso es precisamente lo que ha pasado ahora, porque ella y yo tenemos un examen que preparar y él ha venido con la excusa de que así empieza a ponerse las pilas también con el que tiene dentro de un par de semanas.

Sonrío al ver cómo la mira de reojo cada pocos segundos; hace tiempo que tengo claro lo que siente por ella.

Álex y Alejo… sería gracioso, la verdad.

Pero nunca le he preguntado nada al respecto.

Puede que sea mi mejor amigo, pero siempre nos ha costado mucho hablar de nuestros sentimientos entre nosotros, es como si hubiera una especie de barrera que nunca hemos sabido saltar.

Ni siquiera le conté que me gustaban los chicos hasta los diecisiete años, aunque entonces él me dijo que lo sabía desde que teníamos catorce.

Eso acabó con mis nervios previos de un plumazo, y cuando me dio un fuerte abrazo después, supe que era un amigo de verdad aunque también tuviera sus cosillas.

Álex, por su parte, no parece haberse dado cuenta de nada nunca, y si lo ha hecho, lo ha disimulado bien.

La observo estudiando entre nosotros dos, con su abundante pelo de color trigo cayéndole sobre la cara mientras está concentrada en sus apuntes.

Es guapa, y además una persona increíble; no me extraña que a Alejo le guste.

Pero, de pronto, levanta la vista y nos pilla a los dos mirándola. Mira de un lado a otro, sorprendida.

—¿Qué pasa? ¿Tengo algo en la cara o qué?

—No —nos apresuramos a decir Alejo y yo, intercambiando una mirada nerviosa.

—Estaba descansando la vista —me invento.

—Sí, yo también —añade él, y desde donde estoy al otro lado del sofá me da la impresión de que se ha puesto un poco rojo.

Ella alza una ceja bien perfilada, pero no dice nada y vuelve a sus apuntes.

Llevamos más de media hora estudiando en silencio cuando Marcos aparece por la puerta.

Está sin camiseta, como suele ser habitual en él, aunque al menos lleva unos pantalones cortos.

Se detiene en seco al ver que estamos los tres en el sofá, con nuestros libros y apuntes sobre la mesa.

—Perdón —dice—. No sabía que estabais aquí.

Si ha reconocido a Alejo, no da señales de ello.

—No pasa nada —respondo con la voz tensa, y él asiente con la cabeza. Sin decir ni una palabra más, da media vuelta y se marcha.

—Oye, pues tu nuevo hermano es mono —comenta Álex en voz baja cuando oímos que Marcos cierra la puerta de su habitación.

—¿Mono? —repite Alejo con incredulidad—. Dirás que es un simio. Parece un orangután.

Trato de contener la risa. Puede que Alejo también le tenga rencor desde el instituto, pero resulta evidente que ahora también hay cierto matiz de celos en sus palabras. O, al menos, es evidente para mí, porque me da la impresión de que Álex sigue sin darse cuenta de nada.

—Lo siento, pero tú no estás capacitado para hablar de chicos —replica Álex entre risas—. Marcos es guapo.

—Si tú lo dices… —respondo.

—¡¿Ves?! Y Fran sí que sabe de chicos.

—Entonces… —comienza Álex, dudosa—. ¿Las cosas no van bien con tus nuevos… hermanos?

Pongo los ojos en blanco al oír la palabrita.

—No son mis hermanos. —Suelto un suspiro antes de continuar—. Pero digamos que la cosa no está siendo fácil, la verdad.

Sin embargo, no digo nada más, sobre todo porque no sé cómo hacerlo.

No les he dicho nada de lo que ha pasado con Marcos estos días, pero hace tiempo que me di cuenta de que no puedo contarles algo cuando están los dos juntos.

Álex y Alejo son muy diferentes, y eso significa que siempre tengo que decirles las cosas de forma diferente.

A Álex no sería capaz de contarle nada sobre las pajas, por ejemplo, así que no sabría cómo empezar a hablarle del tema.

Y en cuanto a Alejo, que es hetero, probablemente no entendería la tensión que siento cada vez que está Marcos presente.

Y menos cuando estamos hablando de nada menos que del putísimo Marcos.

Así que me quedo en silencio y volvemos al estudio.