11.
El resto de la mañana transcurre con normalidad, por llamarlo de alguna manera.
Mi madre y Antonio se pasan un par de horas cocinando en masa.
Van a estar cinco días fuera y tanto Marcos como yo tendremos que ir a la universidad y Natalia al instituto, además de estudiar, lo que significa que no vamos a tener mucho tiempo para cocinar.
Por lo tanto, han decidido dejarnos comida de sobra en la nevera y el congelador para que no tengamos que preocuparnos.
Mi madre ha preparado su mítica lasaña en formato extragrande: una parte para congelarla y que podamos comérnosla durante la semana, y la otra para que nos la comamos todos «en familia» hoy.
Y eso es lo que hacemos, todos sentados alrededor de la mesa como la familia feliz que se supone que somos.
Pero tengo que admitir que la lasaña de mi madre siempre consigue animarme, sea cual sea la situación, así que me sorprendo al darme cuenta de que estoy participando en la charla mucho más que de costumbre.
—¿Qué tal la experiencia de tener hermanos? —me pregunta Antonio con una sonrisa, aunque me doy cuenta de que hay cierta cautela en sus ojos, como si se temiera mi posible reacción—. ¿Se están portando bien contigo?
—Bueno, sí. Aunque siempre oigo a Marcos por la noche cuando estoy intentando dormir —Me lanza una mirada rápida, pero enseguida la aparta—. Ronca un montón.
Los demás se echan a reír, y tanto Marcos como yo también lo hacemos.
No se puede decir que no me esté esforzando, ¿verdad?
Tal vez no esté sacando ningún tema de conversación ni diga nada sin que me pregunten algo primero, pero sí que estoy contestando con frases completas y no con los monosílabos de anoche.
Después de comer, me quedo en mi habitación estudiando hasta las cinco de la tarde, que es cuando mi madre llama a la puerta para avisarme de que ya se van. La acompaño a la entrada, donde Marcos y Natalia están despidiéndose ya de su padre.
—Bueno… pues buen viaje —les digo, tratando de sonreír. No se me ha dado demasiado bien la sesión de estudio, así que no es tarea fácil.
Mi madre me da un abrazo y un beso en la mejilla, y yo se los devuelvo. Por su parte, Antonio hace ademán de acercarse, como si no supiera muy bien qué hacer, pero entonces se detiene y tan solo me dirige un gesto con la cabeza y una leve sonrisa.
—Adiós, chicos —dice simplemente.
—¡Y portaos bien! —añade mi madre.
—Que sí… —respondemos los tres a la vez.
Al final sí que vamos a parecer hermanos después de todo.
—Bueno... —dice Marcos cuando nuestros padres salen por la puerta—. ¿Qué os apetece hacer?
—¿Qué? —pregunto, un tanto desconcertado. Por alguna razón, parece entusiasmado.
—Vamos a estar casi cinco días solos en casa —señala él, sonriente—. Habrá que aprovechar, ¿no?
Me encojo de hombros.
—Yo tengo que estudiar.
—Pero no vas a estar estudiando todo el día, ¿no? —me pregunta.
—Podríamos ver una peli para cenar —sugiere Natalia, y después pone los ojos en blanco—. Seguro que ellos no nos dejarían cenar en el sofá.
Estoy a punto de encogerme de hombros una vez más, pero me contengo a tiempo.
Después de todo, parece que se están esforzando de verdad en portarse bien conmigo.
Una vocecita dentro de mi cabeza me dice que tal vez solo estén actuando así porque igual nuestros padres se lo han pedido, pero trato de acallarla. Parecen sinceros.
—Supongo —digo simplemente—. Pero ya lo hablamos cuando termine de estudiar, ¿vale?
Vuelvo a marcharme a mi habitación, pero no soy capaz de concentrarme.
El miércoles tengo el primer parcial del curso y a estas alturas debería llevarlo mucho mejor, pero entre la mudanza, la boda y todo, no he estudiado tanto como debería.
Tendría que haberle dedicado al menos un par de horas ayer, pero necesitaba la desconexión.
Y, ahora que se me está acabando el tiempo, empiezo a frustrarme y a maldecirme por no haber aprovechado el día para estudiar un poco más, en lugar de dedicarme a decorar la habitación y jugar a la consola.
Una hora y media más tarde me doy cuenta de que llevo por lo menos veinte minutos sin enterarme de absolutamente nada de lo que estoy leyendo, así que decido parar por hoy. Me siento frustrado, agobiado y, por si fuera poco, también estoy agotado mentalmente.
Tengo la mente tan dispersa que no tengo ganas ni de ponerme a jugar a nada; sé que no sería capaz de concentrarme y lo último que me apetece es que Mr. X me reviente.
Así pues, cojo el móvil y me tiro en la cama, decidido a perder el tiempo revisando mis redes sociales hasta que se me pase el mal humor. Abro Instagram, y entonces…
La primera en la frente.
No puede ser. Pero la imagen no engaña, y el texto de la foto tampoco lo hace. Si antes ya estaba de mala leche, ahora me empieza a hervir la sangre en las venas de pura rabia. Muy a mi pesar, se me saltan las lágrimas mientras trato de procesar lo que estoy viendo, lo que estoy leyendo.
En la foto aparece Raúl, mi exnovio. Después de casi un año juntos, hace unos meses que decidió dejarme sin previo aviso, y además de la peor forma posible: mediante un mensaje de mierda.
Ni siquiera me dio opción a vernos para hablar del tema, no me dio ninguna clase de explicación.
Lo único que me dijo fue que ya no sentía lo mismo, que quería dejarlo, y se acabó.
Ni un abrazo, ni un beso de despedida; nada.
Por supuesto, ahora todo queda claro al ver la foto.
En ella aparece en actitud acaramelada con un chico que no conozco, algo que ya escuece de por sí porque conmigo nunca quiso subir esa clase de fotos.
Él está sonriendo a la cámara mientras el otro tío le da un beso en la mejilla, y recuerdo con tanta claridad que duele aquella vez que se negó a que nos hiciéramos una foto exactamente igual que esta.
Pero, en realidad, eso no es lo peor. Lo peor es el texto: «Seis meses contigo ».
No necesito ponerme a calcular fechas para saber que hace seis meses todavía estábamos juntos, pero lo hago igualmente.
¿Conclusión? Que, si lo que dice el pie de foto es cierto, ya había empezado a salir con él antes de cortar conmigo.
Concretamente, casi un mes antes de hacerlo.
De puta madre. Justo lo que necesitaba para terminar el día, la semana y todo, como si no tuviera suficientes razones para estar de mala hostia.
Siempre me había preguntado por qué Raúl había decidido dejarlo; nunca me pareció que tuviera ningún sentido tan de repente.
Yo pensaba que estábamos bien. Por supuesto, la idea de que hubiera conocido a otro se me pasó por la cabeza más de una vez, pero tampoco es que tuviera ninguna prueba.
Y, hasta este momento, nunca había subido nada a sus redes sociales que pudiera hacerme pensar que mis sospechas eran ciertas.
Pero ahora, por supuesto, ya tengo la prueba que necesitaba.
Necesito desahogarme. Vero está descartada, por supuesto.
Nunca le cayó bien Raúl, y antes de la ruptura ya me había dicho más de una vez que había algo en él que no le gustaba.
La quiero mucho y sé que siempre lo ha hecho con buena intención, pero ahora mismo no necesito un «te lo advertí».
Según me dijo en su día, no hay nada peor que un estudiante de Medicina que se cree un ser de luz por tener la supuesta vocación de salvarle la vida a la gente, aunque luego sea una persona de mierda con cero responsabilidad afectiva.
Y, por supuesto, se ve que tenía toda la razón.
Víctor está más descartado todavía: aunque es mi primo y le quiero, tiene quince años y jamás hemos hablado de estos temas, tal vez porque es hetero y nunca le he contado nada sobre mis relaciones.
Lo cual me deja con mis mejores amigos. Pero sé que Alejo no suele ser de mucha ayuda precisamente con los asuntos del corazón, así que comparto una captura de pantalla con Álex.
Está en línea, y su respuesta no tarda ni veinte segundos en llegar.
Espera
Si hacen seis meses hoy…
Exacto
Me los puso bien puestos xd
Joder
Qué cabrón
Ya ves xd
Pf… Lo siento
Cómo estás?
No he tenido tiempo de responder cuando suenan unos golpecitos en la puerta de mi habitación. Como si estuviera de humor para hablar con nadie ahora mismo. Decido ignorar los golpes, pero unos segundos más tardes vuelven a sonar, ahora más fuerte.
—¿Qué pasa? —pregunto medio a gritos.
—Soy yo. —Es la voz de Natalia—. ¿Puedo entrar?
—No —respondo tajante.
Ella permanece un momento en silencio, y empiezo a pensar que ya se ha marchado cuando vuelve a hablar.
—¿Al final vas a querer cenar con nosotros? Hemos estado mirando pelis para ver los tres juntos y hay unas cuantas que nos gustan, pero puedes elegir tú si quieres.
—No, gracias.
Pero ella no se deja vencer.
—Pensábamos pedir unas pizzas para los tres, es que papá… O sea, mi padre —se corrige—, nos ha dado dinero por si nos apetecía pedir. ¿Te apetece?
—No tengo hambre. Además, ya comí pizza ayer.
Como si eso fuera una excusa convincente para nadie.
—¿Seguro? Tu madre dice que te encanta la pizza.
—Que te he dicho que no quiero, joder —insisto.
Pero ella no se rinde.
—¿Estás bien, Fran? —pregunta con tono de evidente preocupación, y por alguna razón eso me resulta más molesto todavía—. Si te pasa algo y quieres hablar o lo que sea…
—Déjame ya en paz, anda.
Y, por suerte, eso es lo que hace. Sin embargo, apenas dos minutos más tarde vuelven a sonar los golpes, esta vez más fuerte que antes.
—¿Fran? —Es la voz de Marcos—. ¿Estás bien?
—Joder, ¿queréis dejarme en paz de una puta vez? —le espeto—. Ni somos hermanos ni lo vamos a ser nunca, así que parad ya de tocarme los cojones.
No responde. Y tampoco vuelve a llamar a la puerta ninguno de los dos.
Me quedo hablando con Álex durante varias horas, primero desahogándome y después riéndome con las cosas que me dice y los memes que me envía para animarme, hasta que al fin se me pasa el mal humor.
Para entonces ya son más de la diez de la noche y me ruge el estómago, pero no quiero salir de mi habitación.
Sé que he tratado mal a Marcos y a Natalia sin que se lo merezcan, y ahora me da vergüenza la idea de cruzarme con ellos y tener que enfrentarme a lo que les he dicho.
Y lo peor es que todavía me quedan casi cinco días enteros a solas con ellos. Supongo que esto tiene que ser mi evento canónico o algo así, porque de otra forma no me explico la mala suerte que tengo.