El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 10.
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Cuando despierto el domingo por la mañana, lo primero que hago es pegar el oído a la pared que da al cuarto de baño para asegurarme de que Marcos no esté en la ducha.

No se oye nada, así que me apresuro a salir de mi habitación y me meto en el baño.

Cuando termino, me miro al espejo mientras me lavo las manos y muevo la cara de un lado a otro, pasándome los dedos por el vello incipiente de las mejillas.

Todavía no me sale demasiada barba, pero los domingos es el día que siempre me afeito.

Nos hemos dividido el espacio de almacenamiento de forma equitativa, así que todas mis cosas están en el lado derecho y las de Marcos en el izquierdo.

Así pues, abro la puerta derecha del mueble de debajo del lavabo y saco el neceser donde guardo mis cosas para afeitarme.

Después, me quito la camiseta y me lavo la cara antes de extenderme el gel con cuidado.

Apenas estoy empezando a afeitarme cuando oigo unos golpecitos en la puerta.

—¿Sí? —contesto, temiéndome lo peor.

—¿Puedo pasar? —Obviamente, es Marcos—. Me meo.

Abro mucho los ojos. ¿En serio?

—Eh… Me estoy afeitando.

—¿Y qué?

—Que no estoy en la ducha como tú ayer.

—¿Y qué? —repite—. A mí no me importa. ¿Puedo pasar?

Trago saliva, sin saber muy bien qué decir.

De pronto, vuelve a mi mente el recuerdo de lo que ocurrió la primera noche aquí, y lo que también volvió a pasar anoche mismo.

Recuerdo cómo lo oí masturbándose, y cómo acabé haciéndolo yo también mientras lo escuchaba.

Anoche volví a oírlo, pero no le dije nada.

Y tampoco me puse los auriculares ni busqué ningún vídeo.

En lugar de eso, traté de ser silencioso mientras lo escuchaba.

A través de la pared podía oír el movimiento de su cama, y también sus jadeos entrecortados de vez en cuando.

A veces se le escapaba algún gemido, y el sonido me erizaba todo el vello del cuerpo.

Y, por alguna razón, también hacía que se me pusiera la polla todavía más dura.

Por supuesto, estoy seguro de que él también me oyó en algún momento, pero tuvo la misma amabilidad de no decir nada al respecto.

Sin embargo, la idea de verle ahora la cara después de lo de anoche hace que se me sonrojen las mejillas solo de pensarlo.

Pero, al fin y al cabo, él me dejó entrar ayer mientras se duchaba, así que…

—¿Fran? —me llama, al ver que no contesto—. Te juro que me estoy meando.

—Sí, perdona. Pasa.

—Gracias —responde mientras abre la puerta.

Entra en el cuarto de baño y, sin perder un segundo, se dirige directamente hacia el retrete.

Trato de concentrarme en lo que estoy haciendo, pero mi oído capta a la perfección todo lo que está haciendo él.

El sonido de la tapa al levantarla y chocar contra la cisterna, la goma de sus bóxers al bajárselos ligeramente, porque por supuesto no lleva pantalones.

Y entonces comienza a sonar el chorro cayendo sobre el agua sin un segundo de pausa, como si aquello fuera lo más sencillo del mundo. La verdad es que siento hasta envidia.

—¿Ves como no es tan difícil? —pregunta de repente, como si me estuviera leyendo la mente. Sin embargo, el sonido de su voz me sobresalta, y eso hace que que me corte un poco mientras me afeito. La sangre comienza a resbalar por mi cara húmeda.

—Mierda —murmuro entre dientes.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Tira de la cisterna y se acerca a mí para lavarse las manos.

—¿Me haces hueco?

Me aparto a un lado y me quedo inmóvil con la maquinilla de afeitar en la mano, sin saber muy bien qué hacer.

Sus brazos rozan mi torso desnudo, provocándome un estremecimiento que no sé si habré sido capaz de disimular.

Entonces, levanta la mirada y sus ojos castaños se cruzan con los míos a través del espejo.

—Te has cortado —señala.

—Ya.

—Mira, espera un momento. —Se acerca al papel higiénico y arranca un trozo. Lo dobla varias veces y, después, lo presiona contra mi corte—. Mejor así.

Me doy cuenta de que el corazón me late con fuerza, aunque no sé muy bien por qué.

Nos miramos a los ojos, pero no directamente, sino a través del espejo.

Los dedos de Marcos están presionando el trozo de papel contra mi cara, y por alguna razón, ese simple gesto me resulta íntimo.

No sé si se debe a la acción en sí, tan amable como inesperada, o al hecho de que los dos estemos sin camiseta y él también sin pantalones.

Tal vez sea por ambas cosas. En cualquier caso, me sorprende comprobar que me gusta.

—Gracias —digo sin apartar la mirada de la suya, y mi voz sale ronca.

—De nada —responde con un susurro. Nos quedamos inmóviles unos instantes más, mirándonos a los ojos mientras una especie de energía extraña parece pasar entre nosotros, justo a través del punto en el que su dedo se encuentra con mi mejilla—. Bueno, yo creo que ya está.

Entonces, el contacto se rompe entre nosotros, y la magia también. Cuando aparta los dedos veo que el trozo de papel está manchado de sangre, pero el corte ya ha dejado de sangrar. Se acerca al váter para tirarlo, y después vuelve a colocarse junto a mí para enjuagarse un poco los dedos.

—Gracias —repito; parece que sea incapaz de articular nada más coherente que eso.

—De nada —dice él a su vez, y vuelve a sonreír—. Hasta luego.

Y, sin más, se marcha de allí, dejándome un tanto aturdido y con el corazón todavía acelerado por alguna razón que no alcanzo a comprender del todo.

Tardo un par de minutos más en recuperarme lo suficiente como para seguir afeitándome. Cuando termino, termino de desnudarme y me meto en la ducha, consciente de que todavía tengo el corazón un tanto acelerado. ¿Qué cojones está pasando?

Me quedo con los ojos cerrados bajo el agua caliente, pensativo.

No sé muy bien qué pensar del gesto de Marcos.

No ha sido amable y ya está, no; también había algo más.

Y, si no lo conociera, casi pensaría que se trata de cariño.

¿Sería esto a lo que se refería mi madre cuando me dijo que él y Natalia me tienen cariño? ¿De verdad era cierto?

Aunque no entiendo a cuento de qué, la verdad.

Marcos siempre ha sido un imbécil y yo tampoco me he esforzado en mantener ninguna clase de conversación con él desde nuestro reencuentro; no he sentido el menor interés en tratar de conocerlo mejor.

De hecho, es probable que nuestra conversación más larga tuviera lugar ayer en este mismo cuarto de baño, cuando yo entré mientras él se estaba duchando. No es un gran historial, precisamente.

No puedo dejar de pensar en sus dedos sujetando el trozo de papel contra mi cara, en su mirada a través del espejo.

En esa sensación de intimidad, casi de complicidad.

Y entonces vuelve a mi mente el recuerdo de las dos últimas noches, masturbándome en mi habitación mientras él hacía lo mismo en la suya, oyéndolo mientras seguramente él también me oía a mí.

Está claro que los dos éramos igual de conscientes de lo que estaba pasando.

Recuerdo lo que me escribió en aquel mensaje la primera noche: «Yo no cuento lo tuyo si tú no cuentas lo mío».

¿Será de ahí de donde viene esta especie de complicidad que parece haber ahora entre nosotros?

¿Por lo que compartimos por las noches, aunque luego no hablemos siquiera en todo el día? Me parece absurdo, la verdad.

En cualquier caso, lo que está claro es que algo hay. Aunque no sé muy bien qué pensar al respecto.