El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 9.
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Marcos está saliendo de su habitación justo cuando salgo yo de la mía.

—Ey —me saluda una vez más.

—Ey.

Sin decir más, echamos a caminar hacia el salón, que tiene una zona de comedor.

Él va primero y me doy cuenta de que al menos se ha puesto un pantalón corto por encima de los bóxers, aunque estos le asoman un poco por encima.

Se lo agradezco en silencio; no necesito distracciones molestas durante la cena, y por alguna razón el recuerdo de lo que ocurrió en el baño no ha dejado de acudir a mi mente de vez en cuando durante toda la tarde.

El olor de la comida llega por el pasillo, y tengo que admitir que huele bien.

Cuando llegamos al comedor, veo que tiene una pinta todavía mejor.

Hay un pollo asado en una bandeja del centro, rodeado de montañas de patatas panaderas.

Han debido de comprar la cena en la pollería que hay al final de la calle, y la verdad es que todo tiene una pinta estupenda.

Natalia ya está sentada a la mesa, sirviéndose agua de la jarra en un vaso.

Nuestros padres se acercan desde la cocina con una cesta de pan y un par de botellas de Coca-Cola.

Espero a que mi madre se siente para apoderarme de la silla que hay justo a su lado.

Por desgracia para mí, Antonio ocupa la que tiene al otro lado, así que Marcos se sienta en la única silla libre, que es la que se encuentra junto a mí.

Mierda. Probablemente estos sean nuestros asientos establecidos de ahora en adelante, y eso significa que a partir de ahora voy a tener que comer todos los días junto a Marcos.

Parece que la cosa no deja de mejorar.

—Bueno, familia —dice Antonio con una sonrisa—. No teníamos ganas de cocinar después de todo el trajín de ayer, pero espero que os guste la cena.

—¡Yo quiero hacer un brindis! —interviene Natalia, sorprendiéndonos a todos—. Poneos las bebidas, venga.

Cojo la botella de Coca-Cola que tengo enfrente y me lleno el vaso. Después, Marcos y su padre hacen lo mismo. Mi madre, por su parte, se llena el vaso de agua y mira a Natalia.

—¿Por qué quieres brindar, cariño? —le pregunta.

—Por nosotros —responde ella—. Por nuestra nueva familia. Y por que seamos muy felices juntos.

Nuestros padres parecen emocionados por sus palabras. Yo, en cambio, no sé dónde meterme, y algo me dice que a Marcos le pasa lo mismo. Aun así, me trago el cringe y las ganas de poner los ojos en blanco, pongo una sonrisa impostada y llevo mi vaso al centro para brindar con ellos.

—Por nosotros —repetimos todos.

Y, entonces, hacemos chocar los vasos con ese paripé que nunca he entendido y jamás entenderé. Pues vale.

El resto de la cena transcurre con normalidad, o toda la normalidad que puede haber cuando te obligan a sumar tres desconocidos a tu familia.

Nuestros padres tratan de sacarnos temas de conversación a Marcos y a mí sin demasiado éxito, haciéndonos preguntas por turnos que los dos respondemos con monosílabos, poco interesados en hablar.

La cosa solo mejora cuando Natalia le hace a mi madre una pregunta sobre maquillaje o algo por el estilo, y las dos se ponen a hablar animadamente.

Me viene bien, porque así aprovecho para desconectar hasta que terminamos de cenar y puedo marcharme al fin.

No habrán sido ni veinte minutos en total, pero se me han hecho interminables.

Una vez en la habitación, me dejo caer en el puf para seguir matando zombis alegremente. Dejo la puerta entreabierta y, unos minutos más tarde, suenan unos golpecitos antes de que entre mi madre una vez más.

—¿Se puede?

—Ya estás dentro —señalo.

—Sí, es verdad —dice con una risita—. ¿Pero te parece bien que entre?

—Sí, supongo.

—Quería hablar contigo un momento.

—Eh… vale.

Cierra la puerta detrás de ella antes de acercarse a mí.

No sé cómo interpretarlo, la verdad. En casa vivíamos los dos solos, así que nunca habíamos necesitado cerrar las puertas cuando teníamos que mantener alguna conversación.

Pero, si lo está haciendo ahora, supongo que es porque tendrá que hablar conmigo de algo importante y no querrá que nadie nos escuche.

Pongo el juego en pausa y dejo el mando a un lado, observándola mientras se sienta en el borde de mi cama.

—Sé que todo esto es muy difícil para ti.

Ya estamos otra vez.

—Mamá…

—No, déjame hablar, ¿vale? Sé que esto es muy difícil para ti, y quiero que sepas que te lo agradezco.

—¿El qué? —pregunto, algo confuso—. Si no he hecho nada.

—Te has portado muy bien con toda esta situación.

Podrías habérmelo puesto mucho más difícil, pero no lo has hecho.

Y te lo agradezco. Ayer fue el día más feliz de mi vida, y en parte lo fue por tenerte allí conmigo…

Me sentía como si me estuvieras dando tu bendición o algo así, ¿sabes lo que te digo?

Contengo las ganas de hacer una mueca. Puede que ella lo interprete así, pero yo no puedo decir que le haya dado ninguna bendición.

Lo único que he hecho es resignarme a la situación, aceptar su felicidad, aunque supongo que es más de lo que muchos habrían hecho.

Pero, ¿qué otra cosa iba a hacer? ¿Negarme a que se casara?

¿Negarme a que nos mudáramos? ¿Negarme a que mi madre fuera feliz?

No podía hacer ninguna de esas cosas, pero eso no significa que me guste la situación.

—¿No dices nada? —me pregunta al ver que sigo en silencio.

—No sé, mamá. Es lo que tenía que hacer, supongo.

Ella me dirige una sonrisa antes de continuar.

—Sé que ha sido un cambio muy grande. Después de todo, hemos pasado de vivir tú y yo solos desde hace años a ser cinco en la familia. Para ellos no es tan raro; antes ya eran tres. Pero pasar de ser hijo único a tener hermanos de repente es un cambio enorme. Es normal que te cueste.

—No son mis hermanos —replico, mi respuesta casi automática cada vez que alguien dice algo parecido.

—Bueno, pero como si lo fueran —responde ella—. Y sobre eso te quería hablar, precisamente.

—¿De qué?

—De tus her… De Marcos y Natalia —se corrige antes de que pueda quejarme—. Ellos te tienen mucho cariño, ¿sabes?

Suelto un resoplido mientras pongo los ojos en blanco, y por un momento se me ocurre la absurda idea de que acabo de hacerme una captura de pantalla.

—Venga ya, mamá.

—Lo digo en serio, cariño. Me lo ha dicho Antonio.

—A ver, no te ofendas, pero… Sinceramente, dudo mucho que ninguno de los dos haya ido a decirle a su padre el cariño que supuestamente me tienen.

—Pues eso es lo que me ha dicho él. —Se encoge de hombros—. Según me ha contado, los dos tienen muchas ganas de conocerte mejor y hacerse amigos tuyos.

Contengo la necesidad casi física de poner los ojos en blanco otra vez. Voy a tener que matar muchos más zombis después de esto, y en todos ellos me imaginaré el pelo de oveja de Marcos.

—Pues tampoco es que me lo hayan demostrado —señalo.

—Claro, ¿pero a que tú tampoco te has dejado?

Ahora soy yo el que se encoge de hombros.

—No sé.

—A partir de mañana por la noche vais a estar unos días solos en casa otra vez.

¿Por qué no aprovechas para tratar de conocerlos un poco mejor ahora que vais a tener que convivir?

Podéis comer juntos, ver películas… —me propone—.

A Marcos también le gustan los videojuegos, y a Natalia le encantan los libros.

Seguro que no os cuesta encontrar temas de conversación.

—Supongo —respondo, sin llegar a comprometerme. Lo más probable es que Marcos solo juegue al Fortnite , al League of Legends y cosas así, y que Natalia no lea nada más que romántica. Dudo mucho que encontremos puntos en común, la verdad.

—Además, piensa que después nos iremos de viaje todos juntos —continúa ella, ajena a mis pensamientos—. Es mejor que hagáis buenas migas antes, ¿no te parece?

Frunzo el ceño ante sus palabras; lo último que me apetecía ahora era recordar el temita.

El viaje… En cualquier otra circunstancia, un viaje así me había parecido una idea maravillosa, pero no ahora.

Mañana por la noche, los recién casados se irán de viaje de luna de miel a Canarias.

Estarán cinco días allí los dos solos, pero el viernes por la tarde, Marcos, Natalia y yo cogeremos un avión para ir con ellos.

Como la semana siguiente hay puente, estaremos de viaje hasta el miércoles, que será cuando volveremos todos juntos a casa.

Y, por supuesto, no tengo la menor gana de ir.

Pero, también por supuesto, sé que tampoco tengo otra opción.

—Sí —respondo al fin—. Supongo.