El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 8.
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Tras salir del cuarto de baño, me voy a la cocina a desayunar; al menos, nuestros padres se han asegurado de que no nos faltara comida.

Acabo de sentarme frente a la mesa para comerme mis cereales cuando oigo que se abre de nuevo la puerta del baño, y apenas unos segundos más tarde, Marcos aparece por la puerta, vestido con la camiseta y los bóxers que había visto antes.

Clavo la mirada en el bol para no tener que ver el bulto que se adivina entre sus piernas; no necesito más razones para ponerme rojo hoy.

—Ey —me saluda. ¿Cómo puede actuar con tanta naturalidad después de haberse paseado en bolas delante de mí?

—Ey.

Y no decimos nada más. Yo me concentro en comerme mis cereales, y él, en prepararse el desayuno.

Mientras Marcos se sirve el café, Natalia entra también en la cocina, pero se queda plantada frente a la puerta mientras mira a su hermano con reprobación.

—A ver si aprendes a vestirte cuando estás por casa, ¿no?

Él se señala la camiseta y levanta las cejas.

—Estoy vestido.

—Papá dijo que…

—Me da igual —la interrumpe él.

Pienso que Natalia va a añadir algo, pero se queda en silencio.

Frunzo el ceño, algo sorprendido; ¿qué será lo que le habrá dicho Antonio?

En cualquier caso, ya me he terminado mis cereales, así que me levanto para meter el bol y la cuchara en el lavavajillas y me marcho de la cocina sin despedirme.

Lo primero que hago después de encerrarme en mi habitación es abrir la persiana.

Miro a mi alrededor, a esa estancia tan poco familiar llena de objetos tan familiares.

Hay algunas cosas nuevas, claro. El escritorio que tenía en casa era un poco pequeño, así que mi madre me ha comprado uno bastante más espacioso, donde ahora mismo descansa mi portátil de la universidad.

La silla también es nueva; con la antigua ya me estaba destrozando la espalda y no me costó demasiado convencerla para que me comprara otra.

Pero, por lo demás, todo viene de mi antigua habitación.

La cama, la mesita de noche y hasta las sábanas.

Las estanterías, todavía vacías y con las cajas que guardan su contenido a los pies.

Las baldas que Antonio me colgó la semana pasada en las paredes.

La pequeña tele con la consola, y el puf justo enfrente para sentarme.

Los pósters que tenía en las paredes, cuidadosamente enrollados y doblados para que no se estropeen.

Aunque durante la mudanza hemos ido poniendo en su sitio las cosas básicas, todo lo relativo a la decoración está todavía por colocar.

Y eso es precisamente lo que hago durante el resto de la mañana.

Primero pego los pósters en las paredes, y sonrío al darme cuenta de que tengo hueco para más cuando ya están todos pegados.

Después, abro las cajas que contienen mis libros y videojuegos y comienzo a colocarlos todos en su sitio.

Me doy cuenta de que pronto me hará falta una estantería nueva, y lo bueno es que en esta habitación habrá espacio suficiente para ella.

Al final esto de mudarme va a tener sus ventajas y todo…

Cuando termino con todo, ya son más de las tres y me estoy muriendo de hambre.

Por supuesto, no tengo ninguna intención de comer «en familia» con mis nuevos hermanos, así que voy directamente a la cocina sin avisar a nadie y meto una pizza en el horno.

Me doy cuenta de que hay migas de pan en la encimera; supongo que alguno de los dos se habrá preparado un sándwich o algo por el estilo.

Mientras se hace la pizza, me paseo por la casa.

Hay cosas que ya estaban en la de antes, pero también muchas otras que no reconozco.

Algunas parecen ya usadas, así que doy por hecho que mi nueva familia tiene que habérselas traído de su antigua casa.

En cambio, muchas otras parecen nuevas, y recuerdo que un día mi madre y Antonio se fueron a Ikea a comprar cosas para la casa.

Me ofrecieron ir con ellos porque también iban Marcos y Natalia, para «elegir las cosas nuevas en familia», pero me negué en rotundo.

Cuando termina de hacerse la pizza, me voy a mi habitación con ella y me encierro una vez más, para comérmela despatarrado en mi puf mientras veo una serie. Supongo que alguna ventaja tendrá que tener el hecho de que nuestros padres nos hayan dejado solos en casa.

Por la tarde recibo un mensaje de mi mejor amigo, Alejo.

Eyy, cómo vas tío?

Qué tal con tu nuevo hermanito? xd

Suelto un suspiro. Tanto él como yo fuimos al instituto con Marcos, y a los dos nos cae igual de mal.

Sin embargo, no puedo contarle lo de la ducha ni mucho menos lo que pasó ayer por la noche, así que tengo que optar por una respuesta vaga que no desvele demasiado; no quiero que empiece a hacerme preguntas que me obliguen a tener que mentirle.

Bueno, sin más

Tampoco es que hayamos hablado mucho

Ánimo, tío

Y si necesitas que le parta la cara, avísame y voy para allá

No creo que haga falta, pero vale.

Después de eso, seguimos hablando de cosas intranscendentes que, por suerte, alejan de mi cabeza los pensamientos sobre Marcos.

Los recién casados llegan poco después, risueños y felices después de una noche entera haciendo cosas que prefiero no imaginar.

Tras un recibimiento lleno de sonrisas impostadas, vuelvo a mi habitación a terminar de verme el episodio que había dejado a medias.

Apenas unos minutos más tarde, alguien llama a la puerta.

—¿Sí?

—Soy yo —dice mi madre—. ¿Se puede?

Suelto un suspiro y pongo la serie en pausa.

—Sí.

Ella entra a mi habitación y mira a su alrededor, sonriente.

—Ha quedado muy bien, ¿verdad? —comenta.

—Ya, bueno. En realidad está casi igual que la otra.

—Bueno, pero te ha quedado bien. ¿Estás contento?

—Sí —me apresuro a responder, antes de que me vea titubear. ¿Qué le voy a decir si no? ¿Que ojalá pudiera estar en mi verdadera habitación, en mi verdadera casa? ¿Qué ojalá no se hubiera casado, que ojalá siguiéramos los dos solos? No puedo decirle eso; su felicidad es más importante.

—Me alegro, cariño —responde, ajena a mis pensamientos—. ¿Qué tal con tus hermanos? ¿Qué habéis hecho?

Trato de no hacer una mueca ante la palabra «hermanos». Vale que se hayan casado y tal, lo he aceptado por mucho que me fastidie, ¿pero por qué tienen que hacer este paripé de la gran familia feliz? No somos hermanos y nunca lo seremos, y eso es lo que hay.

Pero, por supuesto, eso tampoco puedo decírselo.

—Nada, la verdad —respondo simplemente, encogiéndome de hombros—. Hemos estado cada uno a lo nuestro.

—Os tenéis que relacionar más, ¿vale? Tenéis muchas cosas en común, ya verás que os acabáis llevando genial. Solo tenéis que abriros un poco.

—Supongo —respondo, aunque lo cierto es que lo dudo mucho.

—Esta noche vamos a cenar en familia. Puedes aprovechar para intentar hablar un poco con ellos, conocerles mejor y esas cosas. Seguro que te te sorprenden, ya lo verás.

Tardo un segundo en responder, tratando de asimilar sus palabras.

—¿Qué?

—Pues eso, Fran. Que hagas un esfuerzo… por favor.

—No, lo otro. Lo de la cena. ¿Cómo que cena en familia?

Ella pestañea un par de veces, confusa.

—Pero a ver, ¿qué te esperabas? ¿Que cada uno cenara por su cuenta, o que yo cenara contigo y Antonio con sus hijos? —Lo cierto es que no me lo había planteado, pero ahora que lo dice, la verdad es que me gusta esa idea—. En una casa se cena en familia, cariño.

—Ya, bueno. Supongo.

Cuando se marcha un par de minutos más tarde, no me molesto siquiera en volver a poner el episodio que estaba viendo.

En lugar de eso, me tumbo en la cama y cierro los ojos.

Mi madre tiene razón: ahora que se supone que somos una familia oficialmente, no puedo esperar que cada uno comamos por nuestra cuenta, al menos, no mientras mi madre esté en casa.

Con los desayunos tal vez pueda librarme, pero a partir de ahora voy a tener que comer y cenar con mi nueva familia.

Y, sinceramente, se me ocurren pocas cosas que pudieran apetecerme menos.

Este día en la casa haciendo como que mis supuestos hermanos no existen ha estado bien, pero está claro que todo lo bueno llega a su fin.